14 nov 1998

Carta de la Misión (06) – Lo que ni lo huracanes pudieron derribar. Navidad después del huracán

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¿Quién es este que hasta el viento y las olas le obedecen?

Queridos amigos de la misión.

A todos aquellos que hayan leído la Carta de la Misión anterior les quisiera asegurar que la escribí antes de que pasara literalmente por encima de San José de Los Llanos el huracán Georges y que el título que llevaba (huracán de amor en el cañaveral) es pura coincidencia con el devastador fenómeno atmosférico que habría de derruir  pocos días después totalmente la República Dominicana y otras islas del Caribe.

Creo que la Carta de la Misión que merecería llevar ese título no era aquella sino esta. Si es verdad que el huracán ha sido algo verdaderamente espantoso para todos los habitantes del país y sobre todo los más pobres, es extraordinario el movimiento (¿huracán?) de amor que esta tempestad ha suscitado entre tantas y tantas personas de todo origen y condición. ¡Cuánto bien y cuanto amor han brotado espontáneamente ante el dolor y el sufrimiento de estos hermanos nuestros! No tengo la menor duda de que hoy – ¡como siempre! – el sufrimiento es cómplice de Dios.

Gracias de todo corazón: Deseo sobre todo con esta Carta dar gracias a tantísimas personas maravillosas que han dado con tanta espontanea generosidad, no de lo que les sobraba sino “de lo que tenían para vivir” por amor a los hermanos más necesitados. Yo lo que deseo desde lo más profundo de mi corazón misionero es que a todos aquellos a quienes el sufrimiento de estas pobres gentes les haya movido a la generosidad que les sirva a ellos  a su vez para acercarse cada vez más a Dios, que les ayude a descubrir existencialmente que hay un Dios que está vivo. El Dios que ha tocado sus corazones para ser generosos y compartir sus bienes y su amor con los pobres es el mismo Dios que un día tocó mi corazón y me dio la gracia de dejar mi casa, mi familia, mis gentes, mis cosas para irme con Él, para marchar sólo con Jesús a tierras lejanas. ¡Qué cierto es lo del Evangelio que quien deja todo por Jesús recibe cien veces más! Lo acabo de ver palpablemente con mis propios ojos estos días que he pasado por Madrid.

Si hermosas han sido las lecciones de amor que tantas personas maravillosas me han dado a lo largo de estos días de mi paso por España, no menos lo han sido las de las gentes de la misión que con el paso del huracán todo lo perdieron. A mí el huracán me sorprendió en Haití, el país vecino con quien República Dominicana comparte la isla de La Española. También allí fueron terribles las consecuencias del vendaval. Estaba en esos días predicándoles Ejercicios Espirituales a todas las superioras de las hermanas de la Madre Teresa de Calcuta de la zona del Caribe. Al saber de los destrozos que había causado el huracán, rápidamente regresé a la misión. Llegué de noche. Era un espectáculo tan desolador que apenas si reconocía la parroquia. Donde había estado la casa de doña Isabel, ya no había nada, así una casa tras otra, una familia tras otra, tan sencillo y tan horroroso. No había ni luz eléctrica, ni teléfono, ni agua corriente, sólo gente que deambulaba por las calles como sombras sin rumbo aparente o que miraba incrédula los escombros de sus casas, los escombros de sus vidas derrumbadas.

Rápidamente me armé de un potente foco que conecté a la batería de mi camioneta y me dediqué a recorrer el pueblo, calle por calle y casa por casa en compañía de algunos jóvenes de la parroquia. Trataba de pensar en la ayuda que tendría que ofrecer cuando mañana amaneciera a los más necesitados en nombre de la Iglesia.

Tempranísimo, rayando el alba fui a la parroquia vecina, El Puerto ya que en esos días su párroco y buen amigo el padre Antonio estaba en España. La situación era parecida, campitos que habían desaparecido o de los que quedaba una sola casita donde antes había más de sesenta.

Regresé a mi parroquia y empecé a organizar a los refugiados que había dentro del templo parroquial, más de treinta familias que todo lo habían perdido estaban viviendo allí, dormían, cocinaban… la iglesia era su hogar, su único techo, era de verdad su casa. En el comedor infantil que la parroquia tiene en el barrio más pobre y marginal también se habían refugiado allí casi cien personas. Como el comedor infantil Cristo Redentor reunía condiciones para ello lo acondicionamos para que todo el que no tuviese comida, agua potable o techo pudiese encontrar refugio. Con la ayuda de un seminarista de la parroquia me fui a al batey de Cánepa (batey es una población de haitianos que se dedica al corte de la caña de azúcar) donde me habían dicho que todavía funcionaba la bomba de agua, cargué cuatro tanques de casi cien litros cada uno y allá nos fuimos. Habiendo asegurado el agua potable para beber y cocinar para tal gentío llegábamos al final de la mañana y nos dispusimos a encontrar comida para tanta gente.

Con dos misioneras laicas de El Puerto y algunos voluntarios de mi parroquia, nos fuimos a la capital a buscar comida y  llamar por teléfono a nuestras familias y así tranquilizarlas. Afortunadamente un buen amigo dueño de unos grandes supermercados me hizo ir inmediatamente a sus almacenes donde cargamos los camiones de lo más esencial para la población. Así regresamos a la parroquia.

Al día siguiente, domingo, celebré la Santa Misa en Los Llanos y en la parroquia de El Puerto. A medio día llegó el padre Antonio en el primer avión que había podido encontrar, en la cabina del piloto. Yo por la tarde me fui a recorrer los campos. Indescriptible la odisea. Nadie había ido a recorrer las comunidades rurales desde el paso del huracán. Teníamos que sortear inmensos árboles caídos en medio de los caminos, otras había que cruzar auténticas lagunas de fango, durante cientos de metros circulábamos por medio de los cañaverales, hasta que conseguimos llegar a los primeros poblados: La Rufina, El Coquito, Paña Paña, Gaviota, El Guajabo… eran pueblos que ya prácticamente no existían. Allí estaban las gentes, con sus mismos escombros de tablas de palmera y hojas arrugadas de cinc, tratando reconstruir siquiera un pequeño cuchitril donde resguardarse y así comenzar a rehacer sus vidas, sus familias.

Lo que más me asombraba al ir de campo en campo es que nadie se quejaba, nadie protestaba, nadie alzaba un dedo acusador contra Dios. Ninguno me preguntó por qué Dios había hecho o permitido semejante tragedia. Al contrario, para mi sorpresa, daban gracias a Dios porque nada peor les había ocurrido, por haberles salvado milagrosamente la vida. Si de algo se lamentaron en todos los pueblos, lo que de verdad me decían con auténtica pena en la voz y en el rostro era: “padre, se ha caído la iglesita”. De los sesenta pueblos que atiendo solo veinte tenían capilla y las veinte se cayeron.

Testigos de la fe: Los testimonios de estas pobres gentes fueron extraordinarios. En un pueblo, cuando ya me despedía les dije: “no se olviden de rezar” a lo que me respondió una señora: “padre, nunca hemos dejado de rezar. Yo sé que Dios siempre escucha todas nuestras oraciones, lo que pasa es que cuando le pedimos, a veces dice que sí y a veces dice que no”. Oír a una pobre mujer rodeada de niños pequeños dar testimonio de su certeza de que Dios siempre escucha sus oraciones cuando estamos hablando frente a las ruinas y escombros de su casa da mucho que pensar a cualquiera.

En nuestro recorrido de un campo a otro, llegamos finalmente a El Manguito, es un campo especial porque es la única iglesita que tiene Santísimo Sacramento, al llegar allí confieso que por primera vez me emocioné y me eché a llorar, entré sólo en lo que quedaba de la iglesia, saltando sobre ladrillos, tablas atravesadas, pedazos de bancos… no estaba el Sagrario… No me había dado cuenta que detrás de mí había entrado una señora, la que durante años había cuidado de la iglesia y cuya casa se había derrumbado como todas las demás y sin más saludos me dijo: “no se preocupe, padre, que el Señor está bien. Cuando vimos que se caía la iglesia mi marido salió en medio del huracán y trajo el Sagrario a casa. Se escondió abrazado a él debajo de una cama. No le ha pasado nada al Señor. Le hemos hecho un cuartito lo mejor que hemos podido…”. Yo sencillamente no lo podía creer, allí en un rincón de lo que antes había sido su casa, habían levantado una tablas con una cortina. Me arrodillé un momento a orar, me levanté de nuevo y me quedé mirando. Me dice la señora: “no se lo va a llevar ¿verdad? Porque si se lo lleva sí que nos quedamos sin nada”. Uno se siente a veces tan pequeño, tan poca cosa, tan pecador, ante una fe tan grande, tan pura, tan verdadera. De aquí el título de esta carta. Esta fe, este amor a Dios incondicional, es lo que no pudo arrancar ni destruir el huracán.

El lunes volví a los campos a llevar más comida y ropa que los catequistas de los otros pueblos venían a buscar y distribuir en sus propias comunidades. Por la tarde fui a visitar los bateyes de haitianos para ver en qué condiciones habían quedado. El mismo espectáculo desolador, algunos bateyes eran ahora pueblos fantasma, no quedaba en pie más que las ruinas de las pocas estructuras de ladrillo en medio de una llanuras impresionantes de cañaverales arrancados de cuajo.

Al día siguiente – y quedando el padre Antonio al frente de todo – salía para España donde encontré una respuesta extraordinaria de tantísima gente, que, a veces sin conocerme de nada, me ofrecía su apoyo, su colaboración económica, se ponía a mi disposición para lo que fuese necesario. Sería imposible enumerar a tanta gente que verdaderamente compartió como la viuda del Evangelio. No puedo dejar de mencionar el apoyo incondicional de mi familia (¡creo que mi fugaz paso por casa de mis padres ya ha sido descrito como el paso del huracán Christopher!), la casa de mi hermano y su mujer de repente se convirtió en un almacén con más de cuatro toneladas de ropa usada… La generosidad de las comunidades de clausura fue admirable. La colaboración de los misioneros laicos que habían estado este verano en San José de Los Llanos y tantísimas otros que con su amor discreto y su caridad oculta respondieron dando con dolor, dando con sacrificio, privándose de algo en favor de los que nada tienen.

La generosidad de un pueblo: Capítulo aparte lo merece la participación en el programa de la COPE “El Espejo” gracias al padre Gago que me invitó. Tuve la feliz ocurrencia de dar el número de teléfono de mi casa para que la gente pudiese llamar. Hasta el día de hoy ha estado llamando gente. Gente maravillosa. Gente extraordinaria y de una fibra humana y cristiana impresionante. Gente rica, gente normal, gente muy pobre pero todos con el mismo interés por saber cómo ayudar. Llamaban de toda España, desde un sacerdote de parroquias rurales que había hecho una colecta entre sus feligreses que no me conocía de nada y que había oído el programa por la radio a una asistenta con su marido e hijos en paro que quería ayudar como pudiese. Esta es la buena gente de España de corazón sensible y misionero. Yo la verdad es que tengo que confesar que no me explico cómo la gente, sin conocerme de nada, sin haberme visto jamás la cara, con un número de teléfono de una casa particular ha podido ser tan generosa. ¡Bendito sea Dios que hace tales maravillas entre su pueblo!

Gracias a nuestro buen amigo el padre Ramón Tejero tenemos ya una bomba para sacar agua de los pozos o los ríos con su planta purificadora y un grupo electrógeno. Esto es de vital importancia pues en el pueblo de San José de Los Llanos (y no digamos los campos y bateyes) seguimos – dos meses después del huracán – sin agua corriente (que nunca ha sido potable aun cuando la teníamos), sin luz eléctrica y sin teléfono. Esta donación es extremadamente útil sobre todo para el centro nutricional que dirige la parroquia donde alimentamos y educamos a 120 niños todos los días.

Un S.O.S. para lo más urgente: Con la ayuda que ya se ha recogido y con la que esperamos que siga llegando, tenemos una serie de proyectos concretos:

a) Ante todo estamos dando de comer y vistiendo a la población. Después del huracán, con la ayuda de dos religiosas y un buen número de seglares realizamos un censo detallado para hacernos una idea lo más precisa posible de las necesidades de la gente. Conseguimos llegar a 27 de los campos, sobre todo los más alejados, donde no ha llegado nadie más que la Iglesia Católica para ofrecer siquiera una mínima ayuda a estas personas.

En estos momentos tenemos censadas 1.300 familias, es decir, más de 5.500 personas están recibiendo ayuda de la parroquia. Se les entregó después de realizado el censo una tarjeta preparada por el padre Antonio, donde se indica el número de miembros de familia y sus necesidades más urgentes. Se les reparten unas bolsitas con unas libras de arroz, de habichuelas, unas latas de sardinas, pasta de tomate, leche concentrada, pasta, chocolate, aceite y todo lo demás que podamos conseguir. También, cuando tenemos, les repartimos ropa.

Imaginaos una camioneta repleta de estos víveres, recorriendo carriles de lodo, de un pueblo a otro, de un batey al otro, bajo el implacable sol o las torrenciales lluvias, unas veces tragando polvo y otras con barro hasta en el pelo. El grito unánime de estas gentes es invariablemente el mismo: sólo la Iglesia se ha acordado de nosotros. Los alimentos que repartimos a la población en su mayor parte vienen de vosotros, que tan generosamente nos habéis ayudado con vuestros donativos. La mayor parte de los fondos recogidos en octubre a mi paso por España están siendo convertidos en alimento para estas gentes. También nos han llegado alimentos de Caritas dominicana y de algunos donantes particulares del país.

Una de las más importantes lecciones que he aprendido en este tiempo me la han dado las Misioneras de la Caridad de la Madre Teresa, a fin de cuentas, pocos son más expertos que ellas en este asunto de la ayuda a los pobres y es que nada más ocurrir el huracán, todos querían socorrer a los damnificados, pero los entusiasmos se les pasaron pronto y por eso ahora nuestra tarea es más urgente que nunca. La hambruna empieza ahora. La desnutrición en la población en general, las enfermedades…

Ya han muerto bastantes niños de cosas tan simples como la diarrea. Las cosechas están destruidas casi nadie tiene un mínimo ingreso fijo y al paso de los días la situación se va haciendo cada vez más insoportable para estas gentes. Tampoco nosotros sabemos cuánto van a durarnos los recursos de que disponemos ni hasta cuándo podremos soportar este ritmo de vida. Desde que nos levantamos a las 5 am de la mañana hasta que termina el día, no paramos un minuto de un lado a otro. Son incontables las idas y venidas a Santo Domingo en busca de los alimentos que nos escasean o porque nos avisan de una donación que tenemos que pasar a recoger.

Hemos facilitado abundante material de construcción a las personas más necesitadas tal como planchas de cinc, clavos y listones de madera para que puedan mínimamente techar sus viviendas. Incluso les he autorizado a coger los restos de los materiales de las capillas que se derrumbaron para que puedan usarlos en la reparación de sus casas. Por eso la ayuda más importante es de dinero. Aquí las cosas se pueden ir consiguiendo, lo que ocurre es que no tenemos los medios económicos para socorrer las necesidades más básicas. El dinero es la ayuda más urgente y útil para estas personas que tanto están sufriendo. Para que os hagáis una idea, unos amigos de la capital se llevaron muestras del agua que beben el los pueblitos y los análisis de laboratorio dieron como resultado que el agua tenía tantas bacterias que por tener tenía hasta restos de heces.

b) Ante todo construir las capillas, tanto las que se han caído como la de tantos otros pueblos que no las tienen. La gente necesita a Dios antes que ningún otro bien o servicio que la Iglesia pudiera ofrecerles. Además de que la capilla o iglesita sería el único edificio de ladrillo y cemento de los pueblos y serviría para las reuniones de la comunidad, la catequesis de los niños y por supuesto como refugio para la población cuando vuelva a soplar el siguiente huracán. Ya daré un presupuesto preciso en cuanto me ponga en contacto con los arquitectos e ingenieros, de modo que todos los que deseen patrocinar una capilla puedan hacerlo.

c) Necesitamos otro vehículo todoterreno a modo de microbús para uso de los misioneros voluntarios y para los evangelizadores de la misma parroquia, con el fin de que puedan llegar a los poblados más lejanos. Estamos teniendo muchos problemas de transporte en la obra de la evangelización y asistencia a estas gentes. Los jóvenes y adultos de la parroquia tienen un extraordinario entusiasmo por ir a evangelizar sobre todo a los bateyes de haitianos pero nos las vemos y deseamos para llegar a los sitios. Para que os hagáis una idea del empeño que tienen en una ocasión cuando yo estaba todavía en España, como no tenían modo de llegar, solicitaron ¡el camión de la basura del Ayuntamiento, lo limpiaron y para allá se fueron!

Para aquellos que quieran colaborar económicamente lo pueden hacer a la cuenta corriente abierta en Madrid para este propósito:

Padre Christopher Hartley
Banco Spirito Santo
Calle Velázquez, n.
Madrid
Cuenta Número: 30-1172-90

Para más información sobre los proyectos de la misión, por favor, poneos en contacto con Teresa Parladé en Madrid: (91) 447-2349 también: (909) 171-197.

En nombre de todas estas gentes os doy una vez más y de todo corazón las gracias. No os podéis imaginar lo que es estar en la trinchera de cada día solo en la misión y darte cuenta que detrás de ti hay tanta gente que reza por ti, que se acuerda de tus gentes, que quiere compartir lo que tiene con los que no tienen nada. Sobre todo le pido a Dios que el que dé, que lo haga por amor a Dios, como signo de conversión del corazón, que se prive de algo recordando que es a Jesús a quien estamos socorriendo en la persona de los pobres. No me interesa cuanto dé la gente con todo lo urgente que es la ayuda, lo que me interesa de verdad como sacerdote misionero es que la gente, los de aquí y los de allá se encuentren con el amor de Cristo en sus vidas por medio de la misión de la Iglesia.

Navidad después del huracán: Hemos estado tan preocupados y lo seguimos estando, por repartir alimentos y medicinas que sin darnos cuenta tenemos la Navidad encima. La reflexión que se me ocurre es muy sencilla. Por ser todos este año más pobres, aquí en esta bendita isla, seguro que se nos concederá una mayor abundancia y presencia del Dios que se hizo un niño pequeño, frágil, necesitado, indigente, a merced de los avatares de la historia ¡y de la climatología!

Las navidades no serán aquí muy diferentes a la de otros años para pequeños y mayores a pesar del paso del huracán. Aquí nunca han tenido regalos de reyes los pobres ni fiestas especiales. Me contaba la señora que trabaja en casa que cuando era pequeña y se creía lo de los reyes, su padre le decía la noche del 5 de enero que pusiera la chancleta a la puerta de casa con las otras de sus hermanos. Por la mañana las encontraban vacías y les decía su padre que ese año los reyes eran pobres (él mismo, claro está) y que quizá al año siguiente les dieran algo. Así transcurrieron todas las navidades de su vida. Nunca jamás encontró regalo alguno en su pobre zapatilla.

Este niño nacido en pobreza “es el señor del cosmos y de la historia” (RH 1). Jesucristo, realmente presente en cada pobre sigue siendo señor de la historia, por lo tanto, para poder experimentar su señorío, es indispensable acoger en nuestras vidas las coordenadas de la encarnación del Verbo. Es esencial volver a leer con ojos simples y mirada inocente las páginas de la infancia de Cristo. Desconocido de todos, perseguido, sin un lugar para nacer más que el de los animales, amenazado de muerte desde sus primeros días de vida, rechazado por casi todos antes de haber pronunciado una sola palabra, que tuvo que huir y vivir como extranjero y emigrante en Egipto. Desconocido incluso de sus paisanos la mayor parte de su vida.

Por el misterio de la encarnación Dios se ha unido en cierto modo a cada hombre (cf. GS) haciéndose solidario del destino y la suerte de cada uno de nosotros. De este modo en un sentido real todos pasamos a formar parte del cuerpo de Cristo. Aquí en Los Llanos esto no puede ser en estos momentos más verdadero y más dramático. Aquí Cristo en los pobres lo ha perdido todo. Él se ha hecho solidario de estas gentes, sufriendo en ellas y con ellas. Estas pobres gentes a quienes tanto he llegado a amar, verdaderamente no tienen nada, absolutamente nada y a la vez pienso en las navidades de otras gentes, quizá las vuestras, las de aquellos que tan generosamente me habéis ayudado. Pienso ¿no nos deberíamos plantear vivir la navidad de manera más coherente, más evangélica? ¿Acaso no somos responsables de la suerte de nuestros hermanos? ¿No seremos homicidas por comisión u omisión cuando tenemos a nuestro alcance socorrer a los más necesitados con los bienes de naturaleza y de gracia?

Dios nace hecho hombre en el corazón pobre de todos aquellos que le quieren acoger con amor. Recibirle con amor significa acogerle con amor en los hombres nuestros hermanos, nuestros hermanos de República Dominicana, de Honduras, de Guatemala o los que tenemos todos los días delante de nuestros ojos, nuestros portales, nuestras vidas si es que queremos verlos. ¿Por qué estas navidades no os planteáis como familia renunciar a tanto folclore profano como le hemos pegado a la navidad y no le hacéis un verdadero regalo de reyes a los pobres? Quizá algunos de vosotros escribáis listas de regalos a los reyes, yo como padre de los pobres que la Iglesia madre me ha confiado también tengo la lista de regalos de estos hijos pobres.

Necesitamos: Placas solares (de 75 a 125 voltios) para producir luz y sacar agua, plantas purificadoras de agua, con bomba y grupo electrógeno, ya que muchos pueblitos no tienen agua o está totalmente contaminada. Estamos tratando de conseguir un pequeño camión para el transporte de los alimentos ya que las camionetas que tenemos nos resultan del todo insuficientes. También nos ayudaría mucho conseguir alimentos que no perezcan o en conserva ya que cuando se nos acaban las raciones para las gentes más necesitadas estamos gastando mucho dinero en comprarla en la capital aunque sea regateando en los mayoristas.

Mi regalo de navidad: también a mí el Señor me ha hecho un regalo en este tiempo inmediatamente anterior a la navidad. Hace unos días – aunque aún no estamos seguros del diagnóstico definitivo – encontramos a la primera leprosa en uno de los bateyes a los que estamos llevando alimentos y ropa. Es haitiana, el hombre con el que vivía falleció hace dos meses, y está hacinada en un cuchitril diminuto dentro del cual vive una familia entera con varios niños pequeños. Nadie sabe que puede tener esta enfermedad, si lo supieran sería arrojada del lugar como maldita de Dios. ¡Cuántas veces se acercó Jesús a los leprosos! ¡Cuántas veces es identificó con ellos! Para mí en esta navidad el rostro de Jesús tendrá infinitos matices de pobreza, pero sobre todo Jesús nacerá, ¡ha nacido ya! con rostro de leproso. Jesús leproso.

Con mi más cariñosa bendición y asegurándoos una oración muy especial ante el belén y el Sagrario de la misión.

Firma

Padre Christopher Hartley

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