08 sep 2016

Carta desde el Desierto (17) Julio 2016

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 “Seguiré en la noche buscando, por si vienes, por fin, a mí encuentro…”

Queridos amigos de la misión,

Aquí tenéis noticias frescas desde las trincheras de la misión, con las que queremos daros las gracias por tanta bondad y generosidad como habéis derrochado en este último tiempo.

Navidad en Kalafo: Aunque han pasado ya unos cuantos meses desde que celebramos la Navidad, no puedo dejar de compartir con todos vosotros las maravillas que hizo el Buen Dios en nuestra pequeña misión.

Además de la Hermana Joachim, Estefanía y Belén, vinieron a pasar la Navidad con nosotros esos días Claudia y Xiomara desde Nueva York. También nos acompañó Tesfae, un magnífico enfermero etíope católico colaborador de las Hermanas de la Madre Teresa.

Todos juntos y en los dos todoterrenos marchamos, cargados de medicinas, a Kalafo. Allí instalamos nuestro campamento y durante diez días -mañana y tarde- convertimos la escuela que, con la ayuda de todos vosotros, habíamos construido en el pueblito de Ma´aruf, en una clínica rural en toda regla. En total, fuero más de 400 pacientes los que recibieron atención médica. Hombres, mujeres y niños, aquejados de toda suerte de enfermedades, recibieron el cuidado y el amor de la Iglesia. Era nuestra manera de evangelizar sin palabras, nuestra manera de proclamar que también aquí el Verbo se había encarnado y nacido para nuestra salvación.

Todas las mañanas celebrábamos la Santa Misa después de más de una hora de adoración del Santísimo Sacramento desde las 5am. De igual manera, al concluir la jornada y cuando el sol tórrido de estos secarrales ya iba de caída, nos volvíamos a congregar junto a Jesús en su hermosura eucarística para dar gracias desde lo más hondo del alma por el honor y el privilegio que era para nosotros haber sido escogidos para ser sus testigos, hasta los confines de la tierra y proclamar que Cristo Vive y es el Señor.

 20151225_171213pClaudia y Belén atienden enfermos que vienen de lejos a nuestra clínica 

Vivimos en condiciones muy pobres y precarias, apenas una colchoneta en el suelo y una mosquitera, la escasa agua de la ducha se asemejaba bastante a una taza de Colacao español y la comida, si bien abundante no dejaba de ser frugal. Sin embrago, daba completamente igual y es que lo que abundaba a raudales en esos días de Navidad africana fue sin duda la alegría de estar juntos, de compartir como hermanos y poder colaborar con Cristo y su bendita Iglesia en el anuncio del Evangelio; no tanto con sermones o discursos, cuanto con obras de amor; esos “signos de credibilidad” que Jesús proclamó a los discípulos de Juan: “Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos son resucitados, y a los pobres es anunciado el evangelio ( Lc 7:22).

20151229_174330pp                                                                               Xiomara, dominicana de Nueva York, en “su salsa” misionera.

Aún conservo en la retina del corazón, las miradas, los rostros, la siluetas, de ese interminable dolor variopinto y multicolor. Asombraba su capacidad de aguante, su estoicismo ante el sufriente, la resignación serena…

El Santísimo Sacramento olvidado: Quien haya recorrido el camino de Gode a Kalafo sabe que cuando se llega finalmente al destino, no sabe uno de qué color era la ropa cuando salido de viaje y al bajarse del vehículo, de tanto bote y tanto bache, a uno le duele hasta el pelo.

Pues bien, no habíamos hecho más que llegar a Kalafo, estoy aún bajándome del coche (era el atardecer del 24 de diciembre), cuando veo que viene hacia mí la hermana, como rostro compungido y me dice: “me acabo de dar cuenta de que nos hemos olvidado en Gode cuatro cajas enormes de medicamentos, sin los cuales estos diez días de campamento médico no van a servir para nada. Pero hay algo peor, se nos olvidó consumir el Santísimo de nuestra capilla y no se puede dejar la Santa Eucaristía sola en esa casa…” Ahí, estaba yo, medio molido mirando a la hermana sin dar crédito…

Temprano al día siguiente, -25 de diciembre, día de Navidad- a las 6am, emprendía el viaje de vuelta a Gode nada más haber terminado la Santa Misa “de la aurora”, para recoger las medicinas de nuestras pobres gentes y proteger el Santísimo que es mi primera misión como sacerdote de Jesucristo.

A primera hora de la tarde, estaba ya de vuelta en Gode…

La Unción: Una mañana, mientras salíamos como todos los días hacía el poblado y nuestra pequeña clínica, cuando vimos de repente una carreta tirada por un borrico, que salía de una casucha de barro con una mujer escuálida, esquelética, envuelta en harapos… nos acercamos, nos bajamos del vehículo y preguntamos qué es lo que pasaba. Nos dijeron las gentes que allí miraban que era una mujer cristiana que estaba muriendo de SIDA y tuberculosis a quien el dueño del cuartucho echaba a la calle porque no había pagado la última mensualidad de su cuchitril.

Rápidamente buscamos al dueño de casa y pagamos la pequeña mensualidad adeudada y a la vuelta de una jornada más de trabajo, nos dedicamos en cuerpo y alma a atender a esta pobre mujer que estaba al cuidado de su hija adolescente.

La bañamos, le cambiamos la ropa, le administramos los medicamentos necesarios y tratamos de darle todo el cariño del mundo y el amor que durante toda su vida se le había negado.

Cuando ya anochecía, conseguí conectar una lámpara a la batería del coche y bajo la luz de las linternas, el enfermero y yo tratamos de ponerle una vía en sus fragilísimas arterias. Mientras, los demás, en la adoración a Jesucristo en su hermosura eucarística, daban gracias a Dios por un año más que llegaba a su ocaso; anochecía ese 31 de diciembre…

Pasaban los minutos y bajo la luz de las linternas tratábamos en vano de administrarle los medicamentos por vía intravenosa. No había manera de encontrar la vena y se nos acababan las pocas jeringuillas que teníamos a nuestra disposición.

Finalmente, opté por llamar a la hermana que estaba en la adoración para que viniera a ayudarnos y le pedí que además de más jeringuillas, me trajese el estuche con los Santos Oleos y que – puesto que no disponíamos de reserva de formas pequeñas-, abriera la pequeña custodia con la que adoraban en ese momento y partiera un pequeño fragmento y lo trajera en el porta-viático.

Jamás olvidaré la escena. Era de noche, la mujer postrada, jadeando sus últimas bocanadas de aire entre la vida y la muerte, sobre un mínimo jergón arropada con viejas telas por sábanas.

Mientras, los enfermeros se afanaban por atenderla aguzando la vista bajo la temblorosa luz de las candelas, otros orábamos con ella. ¡Imposible describir la emoción que sentimos todos al escucharla murmurar el “padrenuestro” en amhárico y otras sencillas oraciones! Cuando terminó de orar le explicamos que éramos cristianos, católicos y que, aunque habíamos orado por ella, si quería, podíamos mandar a llamar al sacerdote ortodoxo. Genet -así se llamaba esta mujer- nos miró a todos y nos dijo sencillamente: “No le llamen, que no venga, sólo vosotros os habéis apiadado de mí, me basta con vuestras oraciones”. Le pregunté a continuación que, si quería recibir los sacramentos de la Iglesia, a lo que respondió afirmativamente y se los administré.

Todos oramos con Genet, cantamos canciones y la encomendamos a la Santísima Virgen. Cuidada maravillosamente en cuerpo y alma, la dejamos descansar y regresamos al campamento, con el corazón henchido de gozo por tan inmerecida experiencia de la presencia de Jesucristo en esta bendita mujer. Pensaba en esa última noche del año que despedimos con la celebración de la Santa Misa a media noche, que son tan verdad las palabras de la Sagrada Escritura: “Tú coronas el año con tus bienes…” (Ps 65:11).

Gracias por tanta generosidad: Durante mi última visita a España, lanzamos un SOS pidiendo ayuda para la misión. En un abrir y cerrar de ojos, con una generosidad que me conmovió en lo más profundo, nos empezaron a llover cajas de medicinas, material escolar, ropa… ¡un poco más y casi no se podía entrar en casa!

Gracias de corazón a todos sin distinción, pero gracias especiales a mi familia, por todo cuanto ayudaron (sobrinos incluidos); gracias al P. Manuel Vargas que lo almacenó todo en su parroquia y gracias particulares al embajador español en Addis Ababa, Borja Montesino, por ayudarnos con el transporte. Todos hicisteis vuestra parte y por fin la mercancía ha ido llegando a la misión.

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¡Ahora nos queda el trabajazo de clasificarlo todo, pero ¡bendito trabajo!

 

 “Lágrimas por la lluvia”. Refugiados por la sequía:

Desde hace muchos meses, Etiopía sufre una terrible sequía que, como consecuencia ha traído una de las más espantosas hambrunas que se recuerdan desde aquellas de 1984.

Una mañana de hace un par de meses, como todas las mañanas de mi vida en la misión, después del rato largo de rezos y oraciones en mi pequeña capilla, oigo llamar a la puerta de mi casucha con insistencia. No es aún hora de visitas y me alarmo. Algo inusual pasa. Me dice escuetamente y a trompicones un muchacho somalí: “le llama el alcalde”. A mí en nueve años jamás me ha llamado el alcalde y menos cuando apenas rompe aun el claroscuro de la alborada.

 

Me pide que le acompañe a una reunión y en seguida me doy cuenta por la cantidad de gente convocada y por discernir los rostros de los ancianos principales de la ciudad, que se trata de un asunto serio. Soy el único cristiano de una asamblea de más ciento cincuenta hombres y mujeres. Y allí delante de los próceres de la comunidad, con tono solemne se dirige a mí el alcalde: “Padre, sabemos que usted y la Iglesia Católica son los únicos que pueden ayudarnos en esta crisis. Gode se nos ha llenado esta noche de refugiados.

Sin pensarlo dos veces, me dirijo a las afueras de Gode por la carretera que viene de Goba atravesando Dibo y allí los encuentro. Todos se arremolinan alrededor de mi vehículo, son cientos de hombres, mujeres, ancianos y niños de todas las edades. Muchos de ellos exhiben los rasgos propios de la desnutrición y otras enfermedades concomitantes: debilidad de los músculos y fatiga, veo la tristeza en sus rostros, percibo las miradas huecas de los niños sin fuerzas siquiera para llorar, la piel amarillenta, vientres hinchados, el cabello muerto… Sobre todo, percibo el miedo, miedo en sus miradas, miedo en sus palabras… No saben dónde están, hablan el mismo somalí pero el lugar les es extraño. No saben que será de ellos. Tienen que recomenzar la vida en esos secarrales imposibles de arar.

Sin muchos rodeos elegimos los casos más graves y les invitamos a subir en el todoterreno de la misión rumbo a la pequeña clínica. Esta operación se repetirá cada mañana durante casi diez días. Están hambrientos, exhaustos, aterrorizados, son como animalitos asustados que ven peligros y amenazas en todas partes. No se les quita el susto del cuerpo, pensando que en cualquier momento aparecerán hordas de oromos…

Repartimos bidones de plástico de 20 litros para que puedan recoger el agua cuando lleguen los camiones-cisterna que hemos contratado. El ser humano puede llegar a acostumbrarse a vivir con casi nada, pero sin agua a más de 45ºC no puede vivir nadie, ni siquiera unas horas…

Me reúno a continuación con Kofi, director de la oficina del Fondo Mundial para la Alimentación (WFP, en inglés) de Gode y en pocas horas organizamos un enorme convoy de más de veintinueve toneladas métricas de alimentos: arroz, aceite, soja, harina, leche en polvo, maíz…

 

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Por fin, conseguimos que la ONU repartiera alimentos a los refugiados

Y tres semanas más tarde, aseguradas las necesidades más básicas de agua, alimentos y medicinas, se me ocurre empezar a construir una escuelita. Al conversar con los niños, me doy cuenta que ni uno solo de esos chavales ha puesto jamás un pie en una escuela. Movilizamos nuestros escasos recursos y acompañado de Muktar y otros líderes comunitarios, nos ponemos manos a la obra.

Hace una semana, ciento setenta niños y algunos adultos comenzaron a dar sus primeros pasos en la alfabetización y conocimientos generales ¡cuánta alegría en las dos pequeñas aulas improvisadas de hojas de zinc y maderos toscos de la región! Escucho emocionado sus risas y todos -al unísono- van repitiendo las vocales a pleno pulmón. Luego, en el recreo, a campo abierto veo esos cientos de niños, que juegan y corretean… Me mira Muktar mientras yo sigo embelesado las correrías de los chiquillos tras una pelota de trapo y me dice en somalí: “Abba, mahadsantai” (Padre, muchas gracias).

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¡Un gran día! Llegan los pupitres para nuestra escuelita del campamento de refugiados

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Escuela recién inaugurada ¡Y ya se nos ha quedado pequeña con chicos sentados en el suelo! Fijaos que los pupitres son para dos niños ¡y se sientan cuatro!

 

Y aunque Muktar, no lo sepa ni lo entienda jamás, me hace sentir que han valido la pena todos los sudores y fatigas sufridos en nombre de Cristo y su bendita Iglesia, para ver a estos chiquillos somalíes sonreír y alfabetizarse, haciéndose un poco más personas

Mientras, todos, musulmanes y cristianos, seguimos mirando al cielo suspirando clemencia por este miserable terruño que poco a poco se desangra… y me doy cuenta, mientras todos suspiramos mirando al cielo infinito deshidratado por el bendito “Niño”.

Me encuentro con Amina, una pobre mujer joven somalí, a quien veo deambulando sin rumbo aparente en el improvisado campo de refugiados de Gode; la veo sucia y andrajosa, con el mismo vestido prácticamente adherido a la piel y le pregunto:

 

 “Amina ¿no tienes otra ropa?” Se queda mirando al vacío y como un susurro para sus adentros responde:

 

“No, el que tenía lo usé para enterrar a mi niño que murió cuando veníamos de camino…”

 

Y me doy cuenta que hoy a este pueblo sólo le quedan…

 

… lágrimas por la lluvia.

 

“¿A quién enviaré?” Los misioneros… que no llegan: Dentro de unos meses, hará diez años que vine a Gode por primera vez, ¡cómo pasa el tiempo en un vuelo! (me debo estar haciendo viejo) … En estos años, el Buen Dios nos ha enviado mucha gente, sobre todo jóvenes, que durante un tiempo más o menos breve nos han venido a ayudar con las ingentes e interminables tareas de la misión.

Y en este mismo tiempo hemos recibido las generosísimas ayudas de todos vosotros ¡madre mía, que habría sido de nosotros si a la cuenta de la Fundación no nos hubiesen llegado las aportaciones económicas de todos vosotros!

Sin embargo, con enorme pena comparto con todos vosotros nuestra mayor carencia y lo que de verdad necesitamos. Lo que de verdad llevamos esperando, lo que le hemos pedido tercamente al Buen Dios todos los días en nuestras pobres plegarias y que nunca reciben respuesta. Lo que más necesita esta misión, lo que de verdad necesita esta misión.

Una comunidad de religiosas.

Una comunidad de mujeres consagradas a Dios que, para toda la vida (Y no para unas semanas o meses de su vida, como las decenas de jóvenes que han venido a lo largo de estos años) vengan sin billete de vuelta a entregar la vida en la evangelización de este pueblo.

Os podría enviar copias de todas las cartas que el Obispo de Harar (nuestro Vicario Apostólico) y yo, hemos enviado a congregación de monjas tras congregación de monjas. Las respuestas que hemos recibido parecen copiadas del mismo manual: “no tenemos vocaciones…”; “somos una congregación demasiado joven y no estamos preparadas…”; “no es nuestro carisma…”; “la misión está en todas partes…”; “Si supiera usted lo mal que está la pobre España…”

La verdad llana y sencilla es que aquí no quiere venir nadie. Las razones, yo creo que son más bien excusas, a mí no me convencen y me parecen el mejor y más elocuente testimonio de lo pobre y decadente que está la vida religiosa en la Iglesia Católica en estos tiempos. Comunidades que se conforman pescan en pecera pececitos de colores que ya están pescados más que pescados hasta el aburrimiento, en vez de salir por los mares de este mundo a lanzar las redes en nombre de Nuestro Señor y su Santa Iglesia, allí donde nunca han llegado esos que son llamados a ser “pesadores de hombres” en tierras de misión.

Y mientras, al Papa Francisco le escuchamos lo que queremos y cuando queremos. En lo que nos gusta le hacemos caso y lo cacareamos por los medios de comunicación, pero cuando dice eso de “ir a las periferias”; eso de salir de nosotros mismos, de nuestro confort pastoral “autoreferencial” de ser “una Iglesia en salida…” maldito el caso que le hacemos al pobre papa.

Pero Dios sigue hablando hoy con el mismo poder de ayer y Él mismo pregunta a las religiosas de hoy:

“[…] Y oí la voz del Señor que decía: ¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros?

¿Habrá alguna congregación religiosa que lea esta palabra de Dios como palabras dichas al corazón de su congregación y se deje mover, no por la prudencia humana, sino por el poder impetuoso del Espíritu Santo y responda con las palabras de Isaías:

Entonces respondí: Heme aquí; envíame a mí.” (Is 6:8)?

¿Cómo pueden las congregaciones religiosas permanecer indiferentes al grito de los misioneros? Comparto con vosotros estas impresionantes palabras que recientemente ha pronunciado el Papa Francisco:

[…]En muchos lugares, la evangelización comienza con la actividad educativa, a la que el trabajo misionero le dedica esfuerzo y tiempo, como el viñador misericordioso del Evangelio (cf. Lc 13.7-9; Jn 15,1), con la paciencia de esperar el fruto después de años de lenta formación; se forman así personas capaces de evangelizar y de llevar el Evangelio a los lugares más insospechados. La Iglesia puede ser definida «madre», también por los que llegarán un día a la fe en Cristo. Espero, pues, que el pueblo santo de Dios realice el servicio materno de la misericordia, que tanto ayuda a que los pueblos que todavía no conocen al Señor lo encuentren y lo amen. En efecto, la fe es un don de Dios y no fruto del proselitismo; crece gracias a la fe y a la caridad de los evangelizadores que son testigos de Cristo. A los discípulos de Jesús, cuando van por los caminos del mundo, se les pide ese amor que no mide, sino que tiende más bien a tratar a todos con la misma medida del Señor; anunciamos el don más hermoso y más grande que él nos ha dado: su vida y su amor.

Todos los pueblos y culturas tienen el derecho a recibir el mensaje de salvación, que es don de Dios para todos. Esto es más necesario todavía si tenemos en cuenta la cantidad de injusticias, guerras, crisis humanitarias que esperan una solución. Los misioneros saben por experiencia que el Evangelio del perdón y de la misericordia puede traer alegría y reconciliación, justicia y paz. El mandato del Evangelio: «Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado» (Mt 28,19-20) no está agotado, es más, nos compromete a todos, en los escenarios y desafíos actuales, a sentirnos llamados a una nueva «salida» misionera, como he señalado también en la Exhortación apostólica Evangelii gaudium: «Cada cristiano y cada comunidad discernirá cuál es el camino que el Señor le pide, pero todos somos invitados a aceptar este llamado: salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio» (20). Mensaje del papa Francisco para la Jornada Mundial de las Misiones 2016

Si alguien lee esta carta y se siente movido a renviarla a alguna comunidad religiosa que viva fielmente lo que la Iglesia enseña sobre la vida religiosa, por favor hacedlo en nombre de estas gentes de la región somalí de Etiopía.

La falta de celo misionero y el generalizado aburguesamiento eclesial en el que viven tantas Iglesias nuestras de vieja cristiandad, no es algo nuevo; eso mismo indignaba al gran san Francisco Javier respecto de las gentes de su tiempo. Si mis expresiones de arriba pudieran parecer duras en exceso, yo la verdad no veo que difieran mucho de las de este famoso párrafo de una carta de San Francisco Javier escrita desde la India en 1542, a su padre San Ignacio de Loyola:

Muchos cristianos se dejan de hacer, en estas partes, por no haber personas que en tan pías y santas cosas se ocupen. Muchas veces me mueven pensamientos de ir a los estudios de esas partes, dando voces, como hombre que tiene perdido el juicio, y principalmente a la universidad de París, diciendo en Sorbona a los que tienen más letras que voluntad, para disponerse a fructificar con ellas: “¡Cuántas ánimas dejan de ir a la gloria y van al infierno por la negligencia de ellos!”

Y así como van estudiando en letras, si estudiasen en la cuenta que Dios, nuestro Señor, les demandará de ellas, y del talento que les tiene dado, muchos de ellos se moverían, tomando medios y ejercicios espirituales para conocer y sentir dentro de sus ánimas la voluntad divina, conformándose más con ella que con sus propias afecciones, diciendo: “Aquí estoy, Señor, ¿qué debo hacer? Envíame adonde quieras; y, si conviene, aun a los indios.”

La Iglesia se va muriendo porque no hay quien avente las ascuas del fuego de Espíritu en los consagrados, que, dejando sus comodidades, quieran responder a la llamada a ir a jugarse la vida en lugares peligrosos por Cristo y el Evangelio.

Pienso en las cuentas que darán a Dios muchos obispos que tercamente impiden u obstaculizan que sus sacerdotes se ofrezcan para marchar a tierras de misión. ¿Qué han hecho tantos obispos del mandato del Papa Pio XII con el que urgía en 1950 a los obispos españoles a dar el 10% de lo mejor de su clero para las misiones? No entiendo como algunos obispos no caen en la cuenta que tener sacerdotes de su diócesis en misiones, es un honor y una riqueza.

Pienso en tantos sacerdotes y seminaristas diocesanos que ni siquiera se plantean la posibilidad de la vocación misionera y, sin embargo, andan preocupadísimos por la pulcritud de sus roquetes de ganchillo, los bordados de sus casullas de guitarra o alguna norma puntillosa e irrelevante de la liturgia latina.

Mientras, masas ingentes de humanidad viven en las tinieblas de la ignorancia más espantosa, que no es la de no saber leer y escribir, sino la de no conocer a Jesucristo; no haber recibido la proclamación del Evangelio de la gracia, o tener quien les celebre los sacramentos.

 

 

 

Este cuadro no está vacío porque se me haya olvidado poner la foto.

Está vacío porque no hay foto que poner. Cuando lleguen las monjas a la misión, aquí pondremos su foto.

 

 

 

Doy gracias con toda mi alma por mi Archidiócesis de Toledo, y a ella rindo homenaje en esta carta, por su celo misionero, por todo cuanto nos ayudan a quienes ya estamos desde hace tantos años en tierras de misión. Siempre llevaré gravado en lo hondo del corazón las palabras que tantas veces le oí bramar al gran Arzobispo de Toledo, Don Marcelo González Martín, con fuego en la voz y en la mirada: “me tengo prohibido pensar sólo en mi Diócesis, (cuando Toledo apenas resurgía de entre los escombros), recordad que no os ordenáis sólo para la Diócesis, sino para la Iglesia Universal”.

Dice san Pablo: “¡Ay de mí, si no anuncio el Evangelio!” y yo me atrevo respetuosamente a parafrasear: “¡Ay de la Iglesia si no anuncia el Evangelio!”

¿Pero, cómo va a anunciar la Iglesia en estas tierras somalíes el Evangelio si no hay sacerdotes ni religiosas que quieran jugárselo todo y estar dispuestos a perder la vida por el Reino entre estas pobres gentes?

Ante el Sagrario de la misión por todos oramos y con Nuestra Señora Reina de la Misiones pedimos que a todos nos acoja bajo su bendito manto.

Os bendigo a todos.

Padre Christopher

 

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