01 mar 2013

Carta desde el desierto – Cuaresma-Pascua 2013

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Pasas, Señor, cubierto de harapos…

«Pasas, Señor, por el mundo,
Sucio, cubierto de harapos,
Amoratado de frío,
Sangrientos, los pies descalzos.
Golpeas cerradas puertas,
Tiendes humilde la mano,
Temblorosa voz sumisa
Y llorosos los ojos bajos.
Los tuyos no te conocen,
Y no detienen el paso.
Los tuyos no te conocen,
Yo te conozco y te amo;
Pero sigo su camino
Dentro el corazón llorando.
¡Ay! Quien me diera pararme,
Estrecharte entre mis brazos,
Llevarte, Señor conmigo,
Saciarte en mi mismo plato,
Dormirte sobre mi lecho,
Arrullarte en mi regazo,
Como la Virgen María
En la noche del establo.
O vivir, si no, contigo,
Comer de tu pan amargo,
Dormir junto a ti en el suelo,
Sufrir –gozar- a tu lado.
¡Cómo se me rompe el alma
Cada vez que, firme el paso,
Te dejo solo en tu angustia
De mendigo despreciado,
O te arrojo la limosna
Que me sobra en mi regalo,
En los labios la sonrisa
Y el corazón sollozando!
Yo quisiera… yo no puedo;
No soy dueño, soy esclavo.
Un día, cuando tú quieras…
Un día… Señor, tres años»

 

Siervo de Dios José Rivera,
sacerdote de Toledo, poesía n.20.

Queridos amigos de la misión.

A veces cierro los ojos, cuando la noche en el desierto es más impenetrable y me parece entrever su rostro, la difuminada silueta de esa mujer; está aferrada a la vida, tercamente aferrada y tiene arremolinado a sus pies otro pedazo de vida –de su misma vida-, parido de sus entrañas; y me vuelvo a ver a mí mismo, allí… de pie… y no hago nada, no sé qué hacer, miro fijamente, más que mirar la contemplo, me siento impotente y de repente me veo mirado por ella y en sus ojos oscuros me descubro retratado, y creo adivinar que me está viendo más allá de lo que aparento.

Atardecer hiriente, como lo son siempre en esto secarrales infinitos, cuando la luz del sol tenaz se hunde y un último fogonazo todo lo enciende. Agachado he penetrado en su choza, techada de rastrojos y ramales, emparedada de barro, rodeada de empalizadas; estancia única donde la vida nace y desaparece sin dejar rastro, sin apenas notarse.

Se llama Amina, se palpa su cansancio, una mujer, tan joven y tan agotada,  tan gravemente enferma. Siente que se le escapa la vida, tiene hambre y quizá ya ni siquiera se da cuenta, y a sus pies también se está muriendo su hijo, ¡su pedacito de vida! la choza está atestada de gente, mujeres sobretodo que salen y vuelve a entrar, envueltas de hermosísimas telas multicolores, se lamentan, la miran ahí tirada en el jergón y me miran a mí con la esperanza de que haga algo…¡esperan de mí un milagro!

Pero yo sigo ahí, me he acercado a Amina, me agacho, pongo mi mano sobre su frente, arde en fiebre, la mirada vidriosa y penétrate, como si esperara que por ponerle la mano en la cabeza, Dios realizará el prodigio de la vida.

Y sigo ahí en la oscura noche africana, acurrucado en la solitaria capilla, cierro los ojos y me parece escucharle cantar con el mismo sobrecogimiento de la primera vez… Fue aquella tarde de domingo que unos jovencísimos seminaristas nos habíamos acercado al monasterio de San Bernardo, en el extrarradio de nuestro Toledo del alma; nunca había faltado una guitarra en nuestras correrías, y esa tarde tampoco faltó; sólo que siempre tocaban los mismos… Alfonso, Jesus (nuestro hoy flamante arzobispo ovetense)… pero esa tarde –era comienzo de curso- cogió la guitarra uno… ¡que no era de los nuestros! Uno de los nuevos… no nos hizo cantar, no cantó ninguna de “nuestras” canciones, tenía la voz rara, extraña, atractiva pero áspera y dura; cerraba los ojos cuando cantaba, como si cantara sólo para él, para Otro; todos le mirábamos… no tocaba la guitarra como nosotros. Decía cosas diferentes en el canto… y cuando enmudecieron la voz y la guitarra… nadie decía nada…

Lo que cantó aquella tarde de otoño en el pórtico del monasterio –hace ya más de 35 años- jamás lo he podido olvidar, y ahora sé que sus palabras, las de Gonzalo Mazarrasa, estaban escritas para mí, para Amina –que en esa tarde de otoño toledana, le faltaban aun unos cuantos años por nacer- era balada para todas las Aminas de África.

Decía mi amigo Gonzalo en su verso:

Quisiera que mi canto no os gustara,
que mi voz fuese ronca, y mi guitarra
llorase… al ver pasar tanta miseria,
en amargo desfile ante sus puertas.

Ésta es la vieja historia, la balada
del que por no tener, no tiene nada.
Sólo tiene el horror de su mirada
que con la mía un buen día cruzara.

Sé que amanecerá pronto y el recuerdo de su rostro se difuminará de nuevo ante la cordura y el raciocinio que anestesia la conciencia y a todos nos amodorra y justifica en nuestra dulce mediocridad sensata… Pero aun es de noche y la veo, presiento a esta mujer por esta intimidad desafiante que el Buen Dios me ha concedido, forma parte de mi vida y de mi historia ¡porque forma parte de mi oración!; encuentros que marcan, vidas que crucifican.

Me giro y miro el gentío somalí multicolor de mujeres y pregunto al fin: “¿Y su marido?” me responden a coro: “es soldado, está en la guerra”… Insisto: “¿Me dan permiso para que me lleve a la madre y al niño a un hospital?”. Estamos a cientos de kilómetros del primer médico, caminos interminables de polvo ancestral, distancia inconcebible para que viajen estas pobres gentes por sus medios… Y al final sentencian con un mazazo fatal: “No puede salir de su casa sin permiso de su marido”; inútilmente insisto: “Y… ¿cuándo volverá?” Y me doy cuenta –torpe de mí- que estoy en África y en África las guerras no tienen fecha de caducidad.

Y le pido a Dios, anegado en lágrimas, en el claroscuro de la ténebre noche que –aún tan oscura- ya amenaza en alborada, que esculpa cincelada el rostro de Amina en lo más hondo de mi alma, para que por amor a Él en ella, tampoco estas letras a vosotros os gustaran, que mi voz –como la de Gonzalo- sea cada vez más ronca y, que si a él en sus brazos le llorara la guitarra, que a mí en los míos me lloraran las Aminas, y me bañaran todas sus lágrimas…

Y te adivino entre las sombras de mi capilla –Tú, mi Dios crucificado- te bendigo y te alabo, Dios infinito en bondades, y sé que ese instante sólo, basta para dar sentido a toda una vida, a mi presencia incomprensible y malgastada en la mirada sensata de los que creyéndose creyentes, piensan que en el fondo… ¡estás gentes no valen nada!, y pienso que pobres de vosotros y es que vosotros… ¡sí que no entendéis nada!

Dice Don José Rivera, el sacerdote más bueno y más santo que haya conocido en mi vida, en la poesía del inicio, en esos versos misteriosos y autobiográficos, cómo sus entrañas gimen y sangran cuando ven a Jesús pasar por el mundo, sucio y cubierto de harapos… y yo sigo en su choza, encarnación de su verso, anegado en melancolía, el rostro del Dios bendito, en el rostro de esta mujer postrada, veo al Cristo de los harapos en los harapos de la pobre Amina. Y, es que, como el Cristo de este soneto, ella pobre, también lleva sangrientos los pies descalzos; pelados los nudillos de golpear cerradas puertas, temblorosa voz inexistente; veo en sus llorosos ojos bajos… los ojos de tantos abandonados.

Y es verdad, Cristo de estos desiertos infernales, donde nunca se había predicado tu Santo Evangelio, que no es aquí donde no te conocen, sino allí, los que pasan de largo “por llegar temprano al templo, seguros y al calor de su dinero”, esos son los que de verdad de ti… no conocen nada Y no detienen el paso.

Anochece, y de pronto, desde todos los minaretes de Kalafo suena la oración del “salat”, pronto se hará noche, más oscura aquí donde no gozamos del lujo de vuestra electricidad, se esconde el sol bruscamente como un pesado telón y… sigo ahí y no sé qué hacer… en el manual de mi formación sacerdotal no había recetas para misioneros perplejos, impotentes que no saben qué hacer… No tengo nada, no sé medicina, no me dejan llevarme a esta mujer… He venido de tan lejos, siguiendo su luz y su estrella, por senderos y vericuetos, y… ¡no sé qué hacer!

¡Y siento que sus palabras, las de Don José, en mi interior, estallan, padre de mi alma… ¡Ay! Quien me diera a mí también pararme y estrechar el cuerpo macilento de Cristo en Amina entre mis brazos; llevarte Señor conmigo en ella, y ¡cómo no tengo nada! La saciaría en mi mismo plato, dormiría en mi lecho y la arrullaría en mi regazo… como hizo mi Señora, Santa María, en la noche del establo.

En ese preciso instante, en la epifanía de tu luz y de tu estrella, me doy cuenta que ha valido la pena venir tan, tan lejos para no tener nada que dar; en ese preciso instante se me revela el misterio en el drama de esta mujer postrada, no he sido enviado para grandes milagros, sino para tener credenciales con que decirle a las Aminas que andan perdidas por el mundo, que si bien, no me la puedo llevar hasta que su marido vuelva de otra absurda guerra, yo he venido a vivir con ella, he venido ¡he sido enviado por Cristo, en el poder de su Espíritu!, para comer de su pan amargo, dormir junto a este martirizado pueblo sobre su mismo suelo; que he venido a sufrir y a gozar a su lado.

Siento que ya –y para siempre- su angustia será mi angustia, la de esta mendigo despreciado… Y si otros queréis seguir arrojando limosnas de lo que os sobra en vuestro regalo… Bueno, pues, ya lo dice mi amigo Gonzalo en su canción que…

Ésta es la vieja historia, la balada
del que por no tener, no tiene nada.
Sólo tiene el horror de su mirada
que con la mía un buen día cruzara.

Y mientras aquí los pobres siguen cantando en su cotidianidad la balada del que no tiene nada… ¡la vieja historia de siempre! Me doy cuenta –en medio de este horror- que soy un hombre extraordinariamente, inmerecidamente afortunado, me doy cuenta de la suerte que tuve por el instante en que me penetró Cristo con el fulgor de su mirada, y en la fidelidad de su amistad vocacional, por las muchísimas, las incontables veces en que su mirar –que siempre es amar- con la mía, como dice el canto de mi amigo… “un buen día cruzara”.

Cierro los ojos y el horror de su mirada asustada se vuelve a cruzar con la mía; me perfora y me recuerda que fue para Amina por lo que Cristo me llamó por mi nombre… ella no es cristiana, es musulmana, pero… cuando me consagraron pescador de hombres, no me pusieron a pescar frente a una pecera llena de pececitos católicos de colorines, sino ante el inmenso océano de un mundo que no conoce a Cristo ni el amor de Dios que me llamó por mi nombre. Nos mandaron “ad gentes” a los últimos rincones de la tierra. Y pienso ¿seré acaso yo el primer cristiano que Amina haya conocido? Y si lo fuese ¿Qué vería ella de Cristo… en mí, en los cristianos?

Según escribo, ciento y pico cardenales entran para elegir al hombre que calzará las sandalias del pescador de Galilea… Y doy gracias que en la choza de Amina no hay TV para que yo no pasara vergüenza y ella no quedara escandalizada… Y sí que cierro los ojos y sueño que cuando los abra, los pastores de esta gigantesca y poderosa Iglesia, se hayan leído “Los Memoriales” de San Juan de Ávila al concilio (de Trento) sobre cómo debe ser la vida y las costumbres de obispos y sacerdotes… Sueño que cuando los abra, los pastores ya no se llamen “príncipes” y sus casoplones no se llamen ya “palacios episcopales” o peor aún “palacios apostólicos”… sino humildes moradas donde los pobre se sienten a gusto y cómo en su casa (eso dice San Juan de Ávila, que no era asiduo lector de Gustavo Gutiérrez, precisamente). Sueño que cuando abra los ojos, esos sucesores de Juan, Bartolomé, Pedro y los demás, ya no vayan emperifollados de oro y de grana, de oropeles y de tanta plata… Y ¡qué bien lo decía Don José en una de sus charlas!: “¿Sabéis por qué nosotros no hacemos milagros? Porque tenemos demasiado oro y demasiada plata…”

Te pido perdón, Amina, por la incongruencia de nuestro falso vivir cristiano, porque siendo todos discípulos del Nazareno, en vez de repartir el dinero a los pobres… como en el fondo no queremos ser perfectos ni llegar hasta el final, preferimos vestirnos de Gamarelli en vez de vivir como sencillos pastores junto a ti, el pescado que aún faltas por pescar, el cordero que aún nadie ha cargado sobre sus hombros…

Y curiosamente me viene a la memoria, que no fueron una ni dos las veces que le oímos a la gran Beata Teresa de Calcuta, decir, como si no dijese nada, mientras entraba por “il portone di bronzo” del Vaticano camino de una Misa o una audiencia privada con el sucesor de Pedro, al entrar en esos mismos palacios apostólicos y quedarse anonadada ante la grandeza y el lujo de esos gigantescos edificios de mármoles, frescos y escalinatas: “how many, many poor people we could bring to live here!” (¡“cuantos, cuantos pobres podríamos traer a vivir aquí!); pero la mayoría de los católicos piadosos no quieren recordar a esta bendita mujer por esas cosas que tanto nos hieren e incomodan…

Hace tiempo que perdí la cuenta, ¡son tantas las veces! que la mirada de Cristo se ha cruzado con la mía en los más miserables de la tierra… y que al verme ahí tan pobre, tan impotente ante tanta desgracia, tanta innecesaria miseria, que lo único que quisiera es poder caer de rodillas anonadado por la insobornable convicción de que no tenía otro lugar a donde ir u otra cosa que hacer; y en mi pequeñez y mi impotencia dejarme invadir por la convicción íntima de que pase lo que pase, venga lo que venga, vaya donde vaya en esta vida, Jesús me promete –hoy como ayer- que Él siempre estará ahí, conmigo y junto a mí, para acariciar mis penas, consolar mis pesares y alejar de mí y de las Aminas de este mundo todos nuestros miedos. Creo, desde lo más hondo de mi alma, que Él nos ha prometido a todos, que jamás habría en nuestra vida una noche tan oscura tras la cual no vuelva a amanecer el sol y el alba; y que todas esas lágrimas que lloramos en nuestras horas más oscuras, quedarán enjugadas cuando llegue la bendita mañana.

Creo en ti Jesús, que nos conoces y nos amas, creo que nos envías en tu nombre y que siempre vas a nuestro lado en nuestra barca; creo que amas a la pobre Amina con amor infinito en el poder de tu gracia, creo que amas a su diminuto hijo, ese pábilo vacilante de vida que se escapa; creo que el cielo de Amina y el mío es el mismo, aunque ella –sin culpa alguna- no haya conocido tu nombre, tu rostro o tu gracia; creo en la fe que un día su cielo y mi cielo se fundirán en una misma alabanza y que quienes no te abandonaron en este mundo, abandonado en tu desgracia, reinarán contigo no vestidos de harapos sino con la gloria de los coros celestiales.

Pero hoy como la voz de Gonzalo, mi carta y mi letra es ronca y quisiera que no os gustara… Así como termina él su canto, termino yo esta carta, donde su verso y el mío se funden en tantos años de amistades y gracias…

Por ahora nada más… ¡y nada menos!
Y que cada cual atienda a su juego.
Las reglas, ciertamente, están muy claras,
pero aún así, ¡es fácil olvidarlas!

Sí, mis amigos, las reglas están ciertamente muy claras ¡el santo Evangelio y la memoria de sus santos! Y es que el Cristo de San Damiano sigue hablándonos hoy como ayer lo hiciera al pobre fraile de Asís: “Francisco, reconstruye mi Iglesia que amenaza ruina”.

¿En qué es diferente esta Iglesia de la de ayer…?

Ya ha oscurecido en la choza de Amina, van cayendo las sombras, me acerco a ella y pongo mis labios muy cerca a de su rostro, le sonrío y le susurro: “Ebbe hakubarakeyu” (“Dios te bendiga” en somalí), me mira con inexplicable dulzura y apenas si alcanzo a escucharle decir: “Amin”, el “Amén” que es igual en todas las religiones… Pongo mi mano sobre su cabeza, cierro los ojos y le pido a Dios con toda la fe de mi alma que, si es para su gloria, pase su mano sanadora por el cuerpo y el alma de esta hija suya; mi mano sacerdotal, ungida para el cotidiano milagro de la Eucaristía, no tiene nada que darle, mis manos están vacías, pero aun así, sé que de una mano vacía puedo transmitirle los más grande que hay en el corazón humano, el amor hecho locura una tarde de viernes santo; la mano y la mirada, el amor y la ternura… Así sabrá Amina que Dios me ha enviado de tan lejos para decirle: “Amina, YO TE AMO”.

Ante el Sagrario de la misión os recordamos a todos; por todos vosotros oramos y damos gracias.

Os bendice de todo corazón.

Firma

Padre Christopher Hartley

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