03 ene 1998

Carta desde la Misión (05) – Huracán de amor en el Cañaveral

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Al llegar el día de Pentecostés estaban todos reunidos en el mismo lugar. De repente un ruido del cielo como de viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban, y vieron aparecer unas lenguas como de fuego…  (Act 2, 1-4)

Es tanto lo que Dios ha hecho en este último tiempo por estas tierras, que mi mayor dificultad al escribir esta carta es la de no saber bien por dónde empezar.

El don de los amigos:. Desde la última carta nos han visitado muchos y muy buenos amigos tanto sacerdotes como  laicos que nos han dejado el testimonio y el estímulo de su amor. A finales de junio pasó por aquí mi buen amigo el padre Javier Serra que durante su breve estancia con nosotros ayudó inmensamente con la celebración de la Santa Misa por lo diferentes campitos así como en el templo parroquial y la predicación continua a los diferentes grupos y asambleas.

Pasó con nosotros casi todo el mes de julio el padre Ambiorix Rodríguez, sacerdote diocesano de Nueva York, apenas ordenado hace una año. Para mí supuso, sin lugar a dudas, una de las gracias más grandes de la misión. Conocí a Ambbis (como cariñosamente le llamamos) cuando era adolescente, miembro de un grupo juvenil y apenas comenzaba a dar los primeros pasos por los caminos de la vida cristiana. Imaginaos la alegría tan honda que he sentido en mi corazón de sacerdote al poder concelebrar la Santa Misa junto un joven dominicano a quien conocí por las calles de Nueva York, cuando yo mismo daba mis primeros pasos como sacerdote.

El padre Ambbis no tuvo un minuto de descanso mientras estuvo en Los Llanos, celebró Misas en casi todos los campos, visitó cantidades innumerables de enfermos, dio varios retiros tanto en la iglesia parroquial como por las diferentes comunidades rurales. Bautizó a 59 niños en el batey de Copeyito. La mayor alegría fue sobre todo tener un hermano sacerdote con quien orar el Oficio Divino y adorar a Jesús en la Eucaristía por las mañanas y por las noches en nuestra pequeña capilla. Verdaderamente fue un don de Dios tener otro sacerdote por estas tierras de misión, lo cual me confirma que la primera y más urgente necesidad que tenemos es la de que el Buen Dios nos envíe más sacerdotes. Os pido de todo corazón que oréis incesantemente por esta intención.

Otros amigos han pasado por aquí que con su presencia, su ayuda, su testimonio y su entusiasmo, me han ayudado muy eficazmente en la tarea que se me ha encomendado. Para todos y en nombre de todas estas gentes mi más honda acción de gracias. ¡Contamos con vosotros!

También nos visitó el padre Leo Maasburg, íntimo amigo mío desde hace muchos años. Fue verdaderamente un regalo de Dios, puesto que nada le hace mayor bien a la vida interior y al ministerio pastoral de un sacerdote que la honda amistad con otros sacerdotes amigos del alma, con quienes compartir ”nuestras cosas”. Ya lo decía santa Teresa de Jesús: “son estos tiempos recios y es menester que los amigos de Dios se hagan espaldas con espaldas”; y en otro lugar añade: “haceos amigos de los amigos de Dios, que os llevarán a Dios”. El padre Leo trabaja ahora a tiempo completo con Radio María, a través de la cual están llevando a cabo la nueva evangelización tan repetidamente pedida por el Papa Juan Pablo II.

Fin de la visita pastoral: La visita del obispo a nuestra parroquia tuvo dos momentos culminantes: las primeras comuniones de 73 niños el día del Corpus Christi, con su solemnísima procesión con el Santísimo en la custodia que recorrió entre flores, cantos y humildes altares a las puertas de las casas, las calles, barrios y lodazales de nuestro pueblo. Procesión que ni los más viejos del lugar recordaban y que hizo que se echaran a las calles gentes de toda clase y condición bajo el implacable sol que por estas tierras nos alegra la vida.

El otro momento con el que concluyó oficialmente la visita pastoral fueron las confirmaciones. Más de 40 niños recibieron este maravilloso sacramento y quedaron para siempre sellados con el fuego de Dios que les constituía en amigos, discípulos y avanzadilla de la Iglesia en estas duras trincheras. En esta misma Misa instituía el obispo además a dieciséis hombres y mujeres de nuestra parroquia como ministros extraordinarios de la Eucaristía. Por lo que desde ese día todos los enfermos, ancianos e impedidos por una razón u otra de nuestra parroquia, reciben la sagrada comunión inmediatamente después que termina la Misa dominical. Además pueden hacer celebraciones de la Palabra y distribuir la Eucaristía a los diferentes campos y bateyes a los que les envío con regularidad.

El mes de julio: En julio me fallaron todos los planes, los misioneros que esperaba no llegaron y me vi solo con el padre Ambbis así que tuvimos que improvisar una serie de proyectos apostólicos que resultaron una verdadera gracia de Dios para toda la parroquia. Con unos 70 voluntarios de la parroquia entre jóvenes y mayores, organizamos un campamento de verano para todos los niños del pueblo al que se apuntaron más de 340 niños. Hicieron de todo. Todos los días, en los cuatro niveles en que se dividieron según las edades, tenían clases de catecismo y después variaba entre trabajos manuales, bailes populares, curso de primeros auxilios, ¡¡etiqueta y protocolo!! (Que traducido era básicamente: niños, el tenedor no es para sacarle el ojo al que está a tu lado sino para comer). Tenían rato de deportes, se proyectaron algunas películas educativas. Hicimos tres excursiones a la capital que la mayoría de los niños no conocían, al acuario, el zoológico, la zona colonial… Para los niños que nunca habían salido del lodazal era como viajar a otro planeta.

También organizamos un campamento en el batey de Contador, el más grande de todos, para niños haitianos. Asistían unos cien niños diariamente. Este proyecto fue posible gracias a que el padre Antonio me prestó cuatro misioneros que venían con gran sacrificio desde El Puerto. Los niños aprendieron a cantar, a rezar, a hacer la señal de la cruz, a persignarse, los mandamientos, los sacramentos, tenían tiempo para juegos, para pintar… No podían comprender por qué venían estos misioneros, por qué unos blancos pudiesen venir durante un mes todos los días, sencillamente a estar con ellos. Al final los niños lo entendieron cuando los misioneros se lo explicaron: por amor a Jesús y por amor a ellos.

Fue particularmente conmovedor el caso de una niña que estos jóvenes misioneros españoles encontraron en ese batey. Tendría unos nueve años, descalza, sucísima. El cuerpo entero cubierto de llagas y costras a medio cerrar de la cabeza a los pies. No se quejaba, no decía nada. Lo único llamativo es que a diferencia de la alegría bulliciosa de los demás niños, ella no reía nunca. La llevamos al hospitalito (por llamarlo algo) de Los Llanos, donde una antipatiquísima doctora que ni se dignó levantarse de la silla, entre otras cosas porque la niña era haitiana, de mala gana y porque la niña venía conmigo y me había plantado delante de ella, no tuvo más remedio que atenderla. La niña aterrada, se agarraba a la misionera que la traía conmigo. Al quitarle sus ropitas andrajosas se le abrieron las costras y empezó a sangrar incontroladamente. Al ver la doctora y las enfermeras nuestra dedicación y nuestro empeño en que se le tratara dignamente como a cualquier ser humano, no tuvieron más remedio que curarla diligentemente.

Nosotros mismos nos hicimos cargo de las recetas. Si vierais la cara de gratitud de esa niña, completamente abandonada en nuestras manos, gente blanca extraña a quien apenas acababa de conocer y sin embargo transpiraba confianza, la certeza de que la queríamos. Era patético ver a la pobre madre de esta niña, era haitiana, no entendía ni una palabra de español y era su otra hija que también nos acompañaba quien le iba traduciendo a la madre. Hace pocos días he vuelto por la chabolilla donde viven y no le queda rastro de llagas ni de enfermedad. ¡¿Veis lo que puede hacer el amor y unos mínimos cuidados médicos y de higiene?! Y así hay miles y miles de hombres y mujeres a quienes nadie atiende, por quienes nadie se preocupa ¡¡cuanto, Dios mío, cuanto se podría hacer si hubiesen más manos para servir y más corazones para amar!!

Misioneros de corazón inquieto: Aún sopla impetuoso el vendaval de amor que ha pasado durante estos meses de verano por estas tierras abrasadas por el implacable sol del Caribe, inundadas por las lluvias torrenciales del trópico y sobre todo bendecidas y santificadas por el trabajo agotador de un puñado de misioneros laicos jóvenes de espíritu indomable y corazón ardiente.

Jóvenes españoles que se han tomado la vida en serio, gente corriente, católicos de a pie, hombres y mujeres con vidas como los demás, gente con nombre propio, entre ellos tres seminaristas de la Archidiócesis de Madrid a punto de la ordenación. En su mayoría pertenecientes al movimiento de Cursillos de Cristiandad y procedentes de diferentes lugares de la geografía española: Sevilla, Madrid, Toledo…

Vinieron dispuestos a todo, a dejarse la piel y un pedazo enorme de sus jóvenes corazones por los cañaverales y carriles, los bateyes y los campos, las calles y los barrios de esta inmensísima parroquia a la que Cristo Buen Pastor me ha enviado en su nombre y con la fuerza de su Espíritu.

Los días se hacían largos, larguísimos, tanto que parecía que no se iban a acabar nunca y las noches y los ratos de descanso: cortos y escasos para tanto cansancio. Desde el momento de levantarse, cuando aún era noche cerrada, a eso de las 5:30 de la mañana, hasta que por fin nos íbamos a la cama, no parábamos ni un minuto. Sudamos lo que no habíamos sudado en toda la vida. El calor era agobiante, diluviaba casi todas las tardes, la humedad atenazaba como una manta de agua que todo lo empapaba. Nos levantábamos cansados, seguimos cansados y terminábamos el día tan rendidos que ya apenas si sabíamos cómo nos llamábamos. Había días que te dolía hasta el pelo.

El horario de un día cualquiera consistía en levantarse para estar en la iglesia parroquial a las 6:30am, se exponía el Santísimo Sacramento y se iniciaba la oración de la mañana con Laudes. Se rezaba pausadamente, comentando y ambientando los salmos, sobre todo a cargo de los seminaristas que en esto nos prestaron una ayuda inestimable. Teníamos a continuación un largo rato de silencio con Cristo Eucaristía para concluir a las 7:30 con la bendición y el rezo del Angelus. Seguidamente íbamos a desayunar y a las 8 teníamos la reunión preparatoria de los apostolados del día, a la vez que se comentaban las incidencias de la jornada anterior.

A la 8:30 ya estábamos camino de los diferentes lugares de evangelización. Escogimos para las mañanas seis bateyes de una zona inmensa a la que a lo largo de todo este primer año que he pasado en la misión no había podido llegar por la falta material de tiempo. Lugares con nombre propio: San Ildefonso, San José, Batey Nuevo, Brujuela Norte, San Felipe y Yabacao. Nos acompañaban varios voluntarios cuyo papel tuvo una importancia doble, pues además de la ayuda que nos prestaron, van a ser ellos a partir de ahora quienes continúen a los largo del año el trabajo evangelizador en los bateyes de haitianos.

Jamás misionero sacerdote o laico alguno había llegado a estos rincones de la parroquia según contaban los más viejos del lugar. Nunca nadie había evangelizado, catequizado, preparado a estas gentes para ningún sacramento. Nadie había llegado allí antes para pronunciar la palabra J-E-S-U-S. Nuestro fue el honor, la gracia y el privilegio de ser los primeros en hacer presente a Cristo entre estas gentes. Era extraordinario el entusiasmo de todos. Había tanta alegría, tantísimo gozo en los corazones y en los rostros de esas pobres gentes, curtidas a fuerza de dolor, de hambre, de abandono, de penas, de sudores, de cansancios, de sol y más sol, de enfermedades y olvidos… Había tanta ternura y tanta inocencia en las caritas de los niños. Cada día, a la hora de irnos se nos quedaban mirando como si dijeran: “¿volveréis mañana?” Como si pasárselo tan bien ellos no pudiesen durar tanto, como si todo fuese un sueño del que temieran despertar.

El trabajo se dividía en grupos: mujeres, hombres, niños y se repartía entre los diferentes misioneros. El tiempo se empleaba en enseñarles la señal de la cruz, las oraciones más sencillas, cantos religiosos, juegos para los niños, alfabetización de los adultos… y todo lo que la imaginación de cada misionero diera de sí. No había lugares apropiados para reunirse, según los lugares se aprovechaba la sombra de un árbol, una enramada, el patio de una casa… Llevábamos nuestros materiales escolares, tiza, una pizarra grande que nos donaron y que partimos entres pedazos.. Las mil escenas y momentos inolvidables que seguro a partir de este momento cada misionero lleva inscrito y esculpido para siempre en los más profundo de su corazón, es, sin lugar a dudas, la paga y el tesoro más grande que podía habernos regalado el Señor.

¿Cómo olvidar cuando, en un rato de oración de acción de gracias en uno de los bateyes, una mujer que no había orado en voz alta en su vida dijo: “gracias Jesús porque nosotros siempre hemos vivido como los animales, pero por estos misioneros, ahora sabemos que somos hijos de Dios”?.

En cada uno de los bateyes plantamos una cruz grande, en el lugar más visible y transitado, para indicar que había llegado la victoria del crucificado a ese lugar y que estas gentes estaban ahora bañadas por la sangre preciosa de Cristo. Se comenzaba la oración junto a la cruz y terminaba, al final del mañana allí mismo, acercándonos uno a uno a besarla – desde el niño más pequeñito a los más mayores – para despedirnos de Jesús hasta el día siguiente. He vuelto a pasar por allí y en todos los bateyes se siguen reuniendo cada noche a cantar y a rezar las oraciones sencillas que aprendieron durante los días de misión, y yo me pregunto: ¿qué sentirá Dios al oír estos cantos y plegarias? ¿se emocionará, se conmoverá Dios al escuchar a un niño con un calzoncillo mugriento y la cara llena de mocos o a una mujer gastada a fuerza de penalidades y sinsabores, o a un hombre con las manos encalladas, duras como el cuero, cantar con los ojos cerrados y las manos levantadas hacia el cielo: “el amor de Dios es maravilloso… tan grande… tan alto… tan ancho…”. Nuestro Dios ni es ciego, ni tiene el corazón de piedra. Amigos que leéis esta carta en otros lugares de la tierra, ¡¡cuántas sorpresas nos vamos a llevar en el cielo!! ¡¡que cerca de Dios están estas pobres gentes del Reino de los Cielos!!

Un día que paseaba por un batey buscando niños para bautizar se me acercaron unos chiquillos corriendo y al cogerme la mano, un niña le gritó con asombro a otra: “¡mira! Tócale la mano al padre, mira que suave tiene la piel”, me paré y le pregunté: “y tú ¿cómo tienes tú la piel?” me contestó: “la mía es fea porque la tengo dura de hacer tantos oficios en casa y de lavar ropa a puño en el río todos los días con mi madre” la niña tenía seis años…

Tina: Más que una mujer haitiana, Tina era una piltrafa humana que encontraron los misioneros que fueron asignados al batey de San Felipe. La encontraron el primer día que llegaron, estaba postrada en un camastro repugnante, completamente desnuda. Desatendida por todos y mal alimentada. El cuchitril donde vivía con una hija suya y dos extraños estaba indescriptiblemente sucio y mugriento.

Nos enteramos esa tarde en el hospital de Los Llanos que se le había diagnosticado tuberculosis en grado terminal amén de otras enfermedades. Al volver por la tarde, la bautizamos, oramos con ella, le hablamos del amor de Dios de la importancia de arrepentirse y de la esperanza del cielo. Ante el asombro del batey entero que se había arremolinado a la puerta, la envolvimos en una sábana, para lo que habría de ser su último calvario sin saberlo nosotros, calvario que a todos nos abrió los ojos ante el horror y el infierno en que viven los pobres.

Llegamos al “hospital” de Los Llanos y no nos quisieron recibir, nos atendieron de mala manera. La doctora no se dignó acercarse a Tina y mucho menos aceptó que se quedará allí alegando falta de medios. Nosotros veíamos que se nos moría en las manos. Conseguimos la ambulancia del pueblo para la cual nos querían cobrar y a lo que nos negamos en rotundo (esto me ayudó a darme cuenta de que sólo los que tienen suficientes recursos económicos tienen acceso al “lujo” de la ambulancia). Con ella se fueron a la ciudad de San Pedro, al hospital de tuberculosos. No la quisieron admitir, alegando falta de espacio, le administraron los primeros auxilios y la mandaron de vuelta a Los Llanos. Su condición se agravaba más. Aquí, enfermeras y médicos ni siquiera abrieron la puerta, al llegar yo, se acordó que la ambulancia la llevara a Santo Domingo. Otra hora de viaje. Tampoco allí la ingresaron. Pasada la media noche estaban con Tina de vuelta, ya agonizando. Tuvieron que, finalmente, darle un rincón hasta que amaneciera y pudiéramos llevarla de vuelta a morir en su mugriento batey.

Lo peor del caso es que ella era plenamente consciente de lo que pasaba y sólo repetía: “sé que me voy a morir porque no nos quieren recibir en ningún sitio”. Sin embargo, el vínculo de amor que se forjó entre Tina y estos dos misioneros a quienes ella no conocía de nada fue extraordinario. Le dieron todo el amor, el cariño y las atenciones que pudieron, le llevaron un colchón nuevo con sábanas y ropa limpia, para que pudiera morir con un poquito más de dignidad. Al día siguiente murió, después de haber recorrido en una noche media República Dominicana en busca de un poco de alivio y misericordia. Le dieron portazos en todas partes. Por pobre, por negra, por haitiana, por tuberculosa, por ser un miserable andrajo humano. Le dieron portazos como la vida le había dado desde el día que nació. En el fondo murió como había vivido, tratada por esta sociedad como un parasito… una negra… peor aún: una haitiana. Sólo conoció durante un breve instante el incomprensible amor de unos aprendices de misioneros que, sin ninguna preparación médica o profesional, le dieron aquello de lo que su corazón a raudales choreaba y lo único de lo que esta pobre mujer en verdad había tenido necesidad, como vosotros y como yo: AMOR.

Como la primera Misa, la última Misa, la única Misa… Sin lugar a dudas que el trabajo de la misión tuvo un claro momento culminante que aglutinó y dio sentido a todas las tareas y esfuerzos. Fue la celebración de la primera Misa en esos seis bateyes. La preparamos a lo largo del mes, cada día se les explicaba algo de los que era la Misa, no tenían ni la menor idea de los que era aquello, en todos los bateyes les enseñamos los mismos cantos y las respuestas a las diferentes partes de la Misa.

Llegó el gran día. Una tarde ya al final de la misión, convocamos a todos en el batey más grande, el de San Felipe. Organizamos el transporte con un tractor y una carreta de transportar la caña además de varios viajes con las camionetas nuestras hasta que pudimos reunirlos a todos bajo la enramada. Indescriptible la alegría las gentes de los diferentes bateyes y más aún, si cabe, la de los jóvenes misioneros al verles llegar. El entusiasmo era desbordante, los cantos se sucedían a ritmo de palmas y guitarra, a pesar del diluvio que estaba cayendo y el lodazal en el que nos encontrábamos inmersos, no había nada que pudiese empañar tanta alegría. Por fin empezó la Misa, la primera Misa, las gentes estaban asombradas, seguían cada rito y cada gesto con asombro, cantaban y cantaban y no había manera de pararles. Cuando decían amen, lo gritaban tan fuerte que parecía perforar las nubes y llegar a los mismísimos cielos. Nadie estaba bautizado excepto un solo hombre que fue el único que pudo comulgar.

Les hablé en la homilía de las cosas más sencillas, las realmente importantes: con un crucifijo en la mano levantado en alto les explicaba el amor de Dios Padre que había dado a su Hijo al mundo, que había muerto Él inocente, por nosotros pecadores. Les hablé de la Iglesia, como todos estamos llamados a ser el Cuerpo de Cristo en el mundo, y sobre todo que en la Iglesia no hay extranjeros. Les hablé de la Virgen María (ya a algunos se les había impuesto el escapulario de la Stma. Virgen del Carmen), de su amor de madre y su presencia continua a nuestro lado…

La Misa terminaba cuando ya oscurecía, y después de cantar, cantar y más cantar finalmente se fueron subiendo todos en las carretas para regresar a los diferentes bateyes. Habían venido todos con sus “mejores galas” volvían ahora con lodo y fango hasta las orejas, pero felices, radiantemente felices. Habían participado todos en su “primera Misa”. Pensaba yo que mi primera Misa había sido, la primera que celebré después de la ordenación, al comenzar el camino de vuelta a Los Llanos tenía la rara sensación de haber celebrado la primera Misa ¡otra vez! Si era la primera para ellos, era también la primera Misa para mí.

Cuando llegamos los misioneros a Los Llanos, reventados de cansancio, sudorosos, con barro por doquier, comprendimos que habíamos vivido algo del todo extraordinario, imposible de explicar con palabras, la alegría nos desbordaba a todos por los poros de la piel. Nunca el agotamiento había valido tanto la pena.

Tiempo para sólo Dios: La misión no fue todo trabajar, hacer y más hacer. Hubo también sus tiempos de soledad y encuentro con Dios. En dos ocasiones nos fuimos de retiro. La primera vez lo hicimos junto a la comunidad de El Puerto con el padre Antonio y el padre Manel a la cabeza. Dos momentos diferentes para renovarse en el Espíritu. Tiempo a solas con Dios para dejarnos amar más por Él, abrirnos a su designio sobre la vida de cada uno y pedir la luz y la gracia necesarias para responderle con la mayor generosidad y radicalidad. Fueron momentos de intensa oración con Cristo en la Eucaristía, momentos de paz y sosiego interior en los que agradecer al Buen Dios el inmerecido don de poder servirle en los hombres nuestros hermanos.

Nos ayudaron a todos estos dos retiros para caer en la cuenta una vez más que orar es amar, que el que no ora no ama y ¿para qué me sirven a mí o a los pobres unos misioneros que no son capaces de amar? Sólo el amor da fruto apostólico. Estas pobres gentes necesitan el amor de Cristo del que quedamos empapados cuando oramos. Sólo cuando nos dejamos introducir en la verdadera escuela de los grandes orantes somos capaces de entender el sentido profundo de la misión. No ha habido en la historia de la Iglesia un solo misionero santo que no haya sido a la vez hombre o mujer de altísima contemplación. Sólo la oración nos constituye en auténticos testigos de la pascua de Cristo y es precisamente de ahí de donde brota la fecundidad apostólica y en el caso de los sacerdotes, la caridad pastoral. El testigo ha visto, conoce personalmente, ha saboreado, habla con la misma autoridad de Cristo.

La oración enamora al alma, apasiona al orante con el ideal del Evangelio, nos abre el corazón al amor de Dios y nos impulsa a querer dar la vida con Cristo y como Cristo por cualquiera. Orar fusiona al amante con el amado. Cuando oramos nos damos cuenta de que desde toda la eternidad fuimos creados por Dios para ser buscados y encontrados por Él. Dios nos busca, de día y de noche Dios nos busca siempre. Que Dios nos quiera tanto y nosotros nos demos tan poca cuenta es terrible. La vocación misionera, en este sentido, brota de la contemplación. Cuanto más contempla el misionero más le quema lo visto en lo hondo de las entrañas y más desea correr, volar hasta los confines del universo para ser testigo viviente. El verdadero misionero es aquel que, fruto de su contemplación, le ocurre lo mismo que a Moisés a quíen le brillaba el rostro al bajar de la montaña y aunque se había quedado mudo de estupor ante la visión del misterio, todos sabían que había visto a Dios.

El misionero es un verdadero contemplativo, produce fruto abundante no por la elocuencia de sus palabras o sus otros dones naturales, sino porque tiene el espíritu del Dios vivo, lleva el fuego de Dios en el alma.

El verdadero fruto de la misión para estos jóvenes misioneros no está en la cantidad de cosas que hicieron en favor de los demás sino en la docilidad con que se dejaron encender en el fuego de Dios. Ese fuego no se apagará nunca y lo llevarán dentro donde quiera que vayan. Estos tiempos de misión con los días de retiro incluidos están llamados a impulsar a los jóvenes a tener experiencia madura del amor de Dios. De esta manera, también ellos serán capaces de decir con san Juan: “Nosotros somos los que hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en Él” (1 Jn). El que ha conocido el amor de Dios puede a continuación proclamar: “…lo que oímos, lo que vieron nuestros ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos… eso que vimos y oímos os lo anunciamos ahora…” (1 Jn 1, 1.3).

La misión del verano y en particular estos días de retiro han servido también para el discernimiento vocacional. Ha sido un tiempo para plantearse las preguntas que de verdad importan: ¿qué quieres de mí, Señor? ¿a dónde me envías? ¿Cuándo, Señor?… Estos momentos ayudan  inmensamente a plantearse la seriedad de la vida y las consecuencias de nuestras decisiones, por eso la misión sirve para replantearse a la luz de Dios en la oración el curso de nuestra vida. Hacer de la vida algo que valga la pena y no vivir, sólo por vivir. En definitiva, se trata de discernir a quién le pertenece lo indivisible del corazón. Eso que cuando lo entregamos, nos hemos entregado para siempre, eso que a quien se lo entregamos le pertenecemos totalmente y para toda la vida. Es esta una magnífica oportunidad para descubrir a quién le pertenece lo indivisible del corazón.

Por las tardes: Después de comer y tras un breve descanso comenzaban las actividades de la tarde. Nos dividimos en tres grupos a los que se unía un buen grupo de voluntarios de Los Llanos. Un grupo trabajó en La Palma. Quizá el barrio más pobre y olvidado del pueblo de Los Llanos. Los misioneros realizaron un trabajo durísimo que no se había hecho todavía. Visitaron casa por casa a las cientos de familia que en esa zona mal viven. La gente se asombraba que unos jóvenes blancos pudiesen pasarse la tarde con ellos, que se les acercasen y les trataran como a iguales. Estas visitas son importantes para la gente porque les ayuda a darse cuenta de que la Iglesia no les ha olvidado, que Dios ha venido a visitarles y a mostrarles que su rostro es rostro de misericordia. La tarea de la visita domiciliaria fue especialmente importante y exigió de los misioneros una fe adulta, que era capaz de seguir actuando con entusiasmo, incluso aunque no se viesen frutos concretos como fruto de su esfuerzo.

Este grupo también organizó un campamento de niños al que asistía casi un centenar. Eran niños muy pobres, de padres diferentes, algunos con sus madres en otras religiones, de hogares donde los padres están completamente alcoholizados. Hogares donde no hay amor y sí mucha violencia doméstica, donde la madre cambia de marido como de camisa. Con estos niños se oraba, cantaba, se les enseñaban manualidades, se hacían juegos, se representaban pequeñas obras sobre escenas evangélicas. El trabajo con estos niños ha sido especialmente importante porque tenemos la esperanza que todos ellos podrán incorporarse al curso de catecismo que ahora empieza en la parroquia.

Otro grupo trabajó en la comunidad de Gautier, de la que la mayoría ya habéis oído hablar. También allí se hizo la visita domiciliaria, cosa inaudita para aquellas gentes. Fruto de esas visitas ha nacido un grupo de casi cuarenta jóvenes. Casi ninguno está bautizado y no tienen gran formación, sin embargo, desborda entusiasmo y deseos de conocer a Jesús. Este grupo de jóvenes participó en un retiro con todos los demás jóvenes de la parroquia que concluyó con una Misa celebrada por nuestro obispo Mons. Ozoria.

Este grupo también organizó un campamento de niños, aparecieron tantos que nos vimos en la obligación de solicitar el uso de las aulas de la escuela ya que no había un local suficientemente grande para meter a tantos niños. Este trabajo con niños y jóvenes a mí me enseñó una gran lección dado que era como el complemento perfecto al trabajo de la declaración del nacimiento de los niños que habían realizado los jóvenes que habían estado viniendo de esa parroquia en Santo Domingo capital de quienes os hablé en la carta anterior.

Otra parte de la misión consistió en la preparación de un grupo grandísimo de niños y adolescentes para bautizar. Los primeros bautismos que se hacían en esa comunidad en muchísimos años.  Se dio el cursillo a los padres y padrinos y se prepararon las actas correspondientes. En total bautizamos 82 niños. 82 nuevos hijos de Dios, piedras vivas en el cuerpo de Cristo que es la Iglesia. Fue uno de los días más hermosos de mi tiempo en la misión. La alegría nos embargaba a todos. También se trabajó con los adultos a quienes también se les reunía para catequizarlos, alfabetizarlos, rezar con ellos, enseñarles cantos e incluso animarles a prepararse a recibir el sacramento del matrimonio.

El último grupo trabajó en la comunidad de La Victorina. Un campo mezcla de dominicanos y haitianos que escogimos por ser punto de encuentro para muchos otros campos. Lo heroico del trabajo aquí empezaba por conseguir llegar. Los caminos eran auténticos barrizales, un mar de fango que desafiaba al conductor más diestro. Varias veces nos “enchivamos” (quedamos atrapados en el lodo) y tuvieron que venir los tractores a rescatarnos.

Era maravilloso ver llegar cada tarde a niños, jóvenes y mayores entre la caña y el lodo desde campitos como Los Santana, Jengibre, La Rinconada, El Guayabal, Paña Paña, El Coco… parecía una página arrancada de los Hechos de los Apóstoles, lloviera a mares o les abrasara el sol, ahí estaban para escuchar la Palabra de Dios, aprender las primeras letras, cantar a pleno pulmón, aprender sencillos juegos didácticos… En todo ello buscaban el amor de Dios y eso a los misioneros les desbordaba el corazón.

Al final del día regresaban los misioneros a Los Llanos con el tiempo justo para bañarse, cambiarse de ropa, hacer algo de colada a mano y salir para la iglesia parroquial para la Misa de la tarde. Verdaderamente que la Eucaristía así vivida tenía otro sabor, otro sentido, las palabras y los ritos litúrgicos, todo tenía un valor diferente. Cuando en el ofertorio decía el celebrante: “Bendito seas Señor Dios del universo por este pan fruto de la tierra y del trabajo del hombre, que recibimos de tu generosidad y ahora te presentamos, él será para nosotros pan de vida…”. Escuchar esas palabras misteriosas cuando al final de jornada nos sentíamos reventados de cansancio le daban un sentido y una hondura a nuestra vida cristiana del todo desconocida y nueva para nosotros. Esas palabras nos hacían comprender la grandeza de nuestra vocación y misión. Nos hacían descubrir que había valido la pena entregarse hasta el agotamiento sin una queja, con una sonrisa en los labios. Pensar que mi cansancio, mi sudor, mis pobres esfuerzos ahora puestos sobre el altar y ofrecidos por manos del sacerdote se iban a convertir nada menos que en cuerpo y sangre de Cristo: pan de vida para el mundo y cáliz de salvación para todos los hombres.

Después marchábamos a cenar donde, como en las demás comidas, el tono general era de jolgorio desbordante, humor sano que buscaba resaltar lo gracioso de las mil incidencias curiosas de cada jornada, todo ello mezclado con la habilidad para compartir con los hermanos tantas y tantas cosas bellísimas que a cada uno nos habían pasado a lo largo del día.

Por sevillanas: Os parecerá raro que en una carta de este tono os hable nada menos que de las sevillanas. Resulta que tanto en la misión de El Puerto como en la nuestra, hubo un grupo muy numeroso de hermanos de Sevilla y ya os imagináis lo demás, cualquier excusa era más que buena para ponerse a bailar. Por bailar, bailaron en los lugares más pintorescos e insospechados, por ejemplo bailaron en un locutorio de Carmelitas Descalzas, en el convento de la Misioneras de la Caridad de la Madre Teresa, en Los Llanos por doquier, pero sin lugar a dudas lo más pintoresco fue que llegaron a bailar en medio de una autopista subidos a la cama abierta de mi camioneta. Resulta que día que salíamos todos de Santo Domingo de vuelta a Los Llanos con la mala suerte que nos vimos dentro de un espectacular tapón de tráfico pues era el momento en que Fidel Castro llegaba a República Dominicana, como sin duda visteis

en las noticias de esos días. Entre que aburridos por la espera y cocidos de calor por el sol de justicia que nos estaba cayendo a plomo a media tarde y con eso de que “a mal tiempo buena cara”, unos se pusieron a dar palmas y otros a cantar por bulerías y en un abrir y cerrar de ojos estaba la primera pareja subida a vista del gentío de conductores y pasajeros que no daban crédito a sus ojos: un cura y una pandilla de vete-tú-a-saber qué clase de gente, dando el espectáculo…. A veces se pasaba de misioneros a peregrinos camino del Rocío o de la feria de Sevilla con una facilidad y una soltura preocupantes. No os extrañe que os cuente esto. El humor, la alegría sana, la broma, el chiste, la anécdota… eran la mejor medicina para el cansancio del día, el momento de mal humor o enfado que podía surgir y ¡dio magnífico resultado!

Bautismos y más bautismos: Como fruto del esfuerzo y la labor apostólica de todos este año en Gautier y más aún durante este mes de misión bauticé a 82 niños, adolescentes y jóvenes. Fue una tarde memorable. No se recordaba cosa igual en la historia de esa comunidad, víctima de tantos años de abandono. Imposible describir con palabras la alegría de esas gentes. Todo era un ir y venir de madrinas con sus mejores ropas, padres y padrinos orgullosos como pavos reales. No hubo nadie que no ayudara o tratara de poner de su parte lo mejor.

Como no teníamos templo donde celebrarlo, los jóvenes montaron una lona en medio de un camino de tierra. Empezó a diluviar y tuvimos que salir todos corriendo a la escuela pública, allí nos metimos como pudimos. Todo el equipo de misioneros participó ayudando todos de mil maneras diferentes. El Señor nos ha regalado 82 piedras vivas para este templo suyo “no levantado por mano de hombre y que tiene duración eterna en los cielos”. Quiera el Buen Dios que no se malogre tanto don, tanto amor, tantas gracias del todo inmerecidas.

Gracias a todos: Si no hubiera sido por todos vosotros que tanto me habéis ayudado económicamente a lo largo de mi primer año de vida misionera hubiese sido imposible llevar a cabo todas estas tareas apostólicas. La casa en la que vivían las chicas se rehabilitó a un precio de dos millones de pesetas. El todo terreno que hizo posible trasladarnos a estos remotísimos bateyes costó más de tres millones de pesetas. Para poneros algunos ejemplos de cómo vuestra ayuda ha sido imprescindible en favor de esta misión.

Seguimos necesitando vuestra ayuda: Hay muchos proyectos que están parados porque no tenemos dinero, así de sencillo y de triste. Esta carta quiere ser un grito en favor de los pobres que han puesto toda su confianza en la Iglesia. No podemos defraudarles. Os ruego y os suplico que ayudéis cuanto podáis.

Para aquellos para quienes queráis ayudar, recordad que lo podéis hacer en las siguientes cuentas de banco:

En Nueva York: Banco Chase Manhattan.
Señas del Banco: 401 Madison Avenue
New York, New York 10017
Cuenta # 021000021:1134073491565
En Madrid: Banco Spirito Santo
Señas del Banco: calle Velázquez
Madrid
Cuenta # 30-1172-90 (pesetas)
# 30-8201060-46 (dólares)
En República Dominicana: Banco Nacional de Crédito
Señas: Avenida Sabana Larga esq. Costa Rica
Ensanche Ozama, Santo Domingo
Cuenta # 101011407: 0084303007

 

Para cualquier consulta os podéis poner en contacto con mi hermano Billy en el número de teléfono de Madrid: (91) 448-5162. También os podéis comunicar directamente conmigo para cualquier pregunta.

Mi más sincera gratitud para todos aquellos que nos han ayudado con sus donativos en este último tiempo. Habéis sido generosísimos, no os canséis de ayudar que Cristo en los pobres se lo merece todo.

Cuando venía a República Dominicana le pedí a la Santísima Virgen que viniese conmigo y en cuanto pude fui como un peregrino más a postrarme a los pies de Santa María de la Altagracia. Le confesé mi pobreza, le dije que venía sólo, dejándolo todo atrás una vez más y le supliqué que me enviase compañeros para el camino. No hay nada que estas gentes necesiten más que otros hombres y mujeres que quieran consagrarse con el corazón indiviso a Cristo su Hijo en favor de los pobres. Para ser pobres con ellos y en medio de ellos, mostrándoles así el rostro misericordioso del Padre.

No hay un día que pase sin que os recuerde a todos ante el Sagrario de la misión. No me olvidéis vosotros a mí en vuestra oración al Señor.

Con mi más cariñosa y agradecida bendición.

Firma

Padre Christopher Hartley

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