17 dic 1999

Carta desde la Misión (09) – La historia de Bubona: la otra cara de la Navidad del año 2000

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Íbamos al batey de Yabacao, en su inmensa mayoría habitada de haitianos. Es el último de una lista interminable de bateyes. El acceso por motivo de las incesantes lluvias está imposible. Allí llegamos de manera fortuita una mañana, estábamos haciendo un pequeño censo entre los bateyes de alrededor. Repentinamente entramos en una casucha de aspecto repugnante, sucísima. Había un número grande de niños que chapoteaban en el lodazal que rodeaba la chabola. Sólo llevaban harapos.

De repente, al asomarnos, allí la vimos, en el interior de la casucha. Estaba tirada en el suelo, totalmente desnuda. Es la espantosa historia de una mujer, una madre, una familia que se prepara – como el resto de la humanidad – a entrar en el año 2000 de la redención (creo que celebrar no es palabra apropiada en este caso).

Se llama Bubona, tiene 34 años, es madre de siete niños, es epiléptica. Estaba tirada en el suelo porque había sufrido uno de sus frecuentes ataques y se había caído en la lumbre y se había abrasado todo el cuerpo con el fuego y el agua hirviendo de la olla. No sabemos cuánto tiempo llevaba así. Todo el cuerpo era una llaga viva, se le caía la piel a pedazos, sufría quemaduras de tercer grado. Sobre todo llamaba la atención los dedos de una mano, parecía que estaban colgando.

Pedro, uno de los misioneros que está con nosotros para todo este año la recogió con ayuda de otras voluntarias que le acompañaban, la envolvieron en una sábana e iniciaron el interminable y tortuoso camino de regreso, entre charcos de agua, lagunas de lodo, baches incontables entre un desfiladero estrecho de un mar interminable de caña.

Llegaron con esta pobre mujer al pequeño y rudimentario hospitalito de Los Llanos, allí, providencialmente estaba el cirujano que al verla no se lo pensó dos veces y la llevo a la pequeña habitación donde hace sus operaciones (llamarlo quirófano sería una tomadura de pelo a tan noble profesión). Le amputó casi todos los dedos de la mano, las enfermeras le aplicaron curas a las llagas inmensas del resto del cuerpo, allí quedó internada.

Durante varios días fuimos mañana y tarde a visitar a Bubona al hospital, pude llevarle la comunión, recibía a Jesús Pan de Vida con gran alegría, algunas evangelizadoras del pueblo iban a visitarla con regularidad, socorrían sus necesidades, oraban por ella, se ocupaban de los siete niños que había dejado Bubona en el batey.

Tan grande fue el cambio de su corazón que ella empezó a levantarse y a visitar a los demás enfermos de otras habitaciones. Bubona rezaba hermosísimamente en creole y comenzó un verdadero apostolado con las demás enfermos haitianos. Con el muñón de los dedos amputados envueltos en una venda y con las demás heridas y quemaduras del cuerpo envueltos en gasas iba de cama en cama, rezando con los otros, animándoles y hablándoles del amor de Dios.

Una mañana, al ir a visitarla descubrimos que no estaba en el hospital. Preguntamos a las enfermeras y nos dijeron que la noche anterior había tenido otro ataque de epilepsia y se le había desencajado la mandíbula. La buscamos por los hospitales de San Pedro de Macorís, hasta que dimos con ella. Allí estaba, abandonada, supuestamente ¿dada de alta?, es decir, que nadie hacía nada por ella. Tenía aun el rostro desfigurado. El muñón sin dedos supuraba, era un Cristo viviente, era Cristo abandonado. Lo único que pedía era que la llevaran de vuelta a su repugnante batey, lo único que pedía era estar con sus siete hijos y su marido. Después de preparar una bolsas de comida para ella y los niños, allí la llevamos y con el corazón encogido la dejamos de nuevo en su batey.

Bubona, hermanos sigue allí en el batey de Yabacao, en un rinconcito perdido entre un inmenso mar de caña. Un pequeño infierno a las puertas de año 2000 de la redención. Bubona, su marido, sus niños y los demás haitianos que comparten ese miserable batey, también son hijos de Dios, también por ellos se ha encarnado el Verbo, Jesucristo, de una Madre Virgen. También en Yabacao quiere nacer Jesús. ¿Sería muy diferente la cueva de Belén, un establo de animales, donde nació por primera vez el Hijo de Dios? Quizá hoy también Dios Padre escogería la miseria del batey de Yabacao para hacer venir a su Hijo al mundo.

¿Sabéis? Es un honor para mí, sacerdote, convivir, compartir el dolor, la cruz, el cansancio, las humillaciones, las enfermedades, las penas, las discriminaciones. Soy su padre, son mis hijos, les amo con todo el amor de mi corazón. Bubona y todas las Bubonas de estas tierras son mis hijos. Dios en mí les ama a cada uno de todos. Decidme ¿de qué sirve que Dios les ame si ellos no lo saben? Y ¿cómo pueden creer en este amor de Dios si no va nadie en nombre de Cristo a dar signos visibles de credibilidad? Esta, hermanos es la apasionante tarea de la Iglesia, es decir, vuestra tarea y la mía.

La mayor parte de vosotros nunca tendrá el privilegio de venir a conocer Yabacao, yo sí tengo ese privilegio, pero de nada me sirve si vosotros no me ayudáis. Necesitamos urgentemente vuestras oraciones y vuestra ayuda económica. Dad, por favor, con generosidad que los pobres no pueden esperar a mañana.

Algunas noticias: Alegraos conmigo porque ya está prácticamente terminada la iglesia de Gautier que se llama Santa María de la Misericordia. Alegraos también porque ya hemos comenzado la construcción de la casa de los misioneros aquí en San José de Los Llanos. Se llamará Casa Santa María de Galilea. Quiera Dios que sea la primera de muchas otras “galileas”, es decir, lugares donde los hombres nuestros hermanos puedan encontrarse personalmente con Cristo Resucitado. ¡¡Por favor, sed generosos con vuestros donativos!!

Sin lugar a dudas, el más grande regalo de Navidad para esta misión es la llegada de Marina Pena, que viene de Toledo como misionera para estar un año con nosotros. También la llegada de mi familia es un regalo del todo inmerecido ¡Gracias Señor!

Os deseamos los pobres y yo la Navidad del 2000 más Santa y Feliz del mundo. Os aseguro que en la Misa de media noche rezaremos por todos vosotros ante el pesebre y el nacimiento de la misión. Gracias a quienes tanto nos habéis ayudado a lo largo de todo este tiempo, sin vosotros yo no hubiese podido nada.

Con mi más cariñosa bendición para todos y encomendándome a vuestras oraciones.

Firma

Padre Christopher Hartley

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