17 jun 2001

Carta desde la Misión (14) – “Santos en el infierno”

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A quien le pueda parecer absurdo el título de esta carta le invito a visitar un batey. Me refiero a quienes, por los misteriosos designios de Dios han vivido el infierno en la tierra -(y hay tantos hermanos nuestros que viven así!- y es desde ese infierno en la tierra que han vivido, desde donde han marchado finalmente al cielo

Esta es precisamente la historia de la niña de la que os quiero hablar en esta carta, el nombre de esta “santa” es Roberta, su “infierno” el batey de Contador propiedad de la todopoderosa familia Vicini. Roberta murió de SIDA, de enfermedades concomitantes incontables, por fin, según la última médico que la atendió, murió de desnutrición (una manera más elegante de decir que murió lisa y llanamente de hambre).

Conocí a Roberta allá por el verano del ´98. Hacía pocos días que habían llegado los primeros misioneros españoles. Habíamos organizado un sencillo campamento de niños, dos magníficas  chicas sevillanas se dieron cuenta de que entre los cientos y cientos de niños que venían diariamente: salvajes, sucios, alegres, bulliciosos, incontrolables… había una niña que a penas jugaba, ni participaba, no era inquieta, ni pedía nada. Roberta miraba a los otros niños jugar, colorear con las ceras que traían los misioneros, no corría, no era como las demás…. Lo que sí  tenía era una sonrisa muy extraña, mezcla de una dulzura tiernísima y la tristeza amarga del crucificado.

Las dos misioneras me la trajeron una mañana cuando llegué con la camioneta al batey. Llevaba puesto el vestido de siempre, una harapo, sucio, mugriento. Le pregunté: “Roberta ¿por qué llevas siempre el mismo vestido sucio? Se me quedo mirando y me dijo: porque se me ha pegado a la piel… Me quedé atónito. Cuando pude reaccionar me acerqué a ella y con la ayuda de las misioneras fuimos despegándole la ropa, su cuerpo era una pura llaga purulenta. Envolvimos a Roberta en una sábana y la llevamos al hospitalito de Los Llanos. Allí, al vernos llegar con una niña haitiana nos llenaron de improperios, dijeron toda clase de groserías de los haitianos y comprendimos poco a poco el infierno que vivía este pueblo en los bateyes.

No me cabe la menor duda de que Dios permitió el espantoso sufrimiento de esta niña a lo largo de estos años para tocarnos el corazón a todos los que tuvimos el privilegio de reconocer en ella a Cristo abandonado, Cristo crucificado.

En estos tres años han sido tantos los que hemos tenido el privilegio de tocar en ella el cuerpo de Cristo. Pienso en Marina ¡cuántas veces la llevó de hospital en hospital! En los magníficos evangelizadores de la parroquia que la llevaban una y otra vez a las consultas, sobre todo Ñoña que fue como una madre para ella. Pienso en Laura, Cira, Gonzalo, Pedro, Verónica y tantos misioneros que durante los veranos sucesivos le dieron lo mejor del amor de su corazón. Roberta se sabía el nombre de todos los misioneros aunque no sabía muy bien dónde estaba España.

Pronto descubrieron los médicos en análisis sucesivos que padecía el SIDA, como tantos miles de haitianos de nuestros bateyes. A partir de ahí empezó el particular ascenso de Roberta a su Gólgota. No se quejaba de nada, sonreía siempre, se alegraba con un gozo contagioso cada vez que alguno de nosotros llegaba al cuchitril donde malvivía después de vadear charcos de lodo incontables.

Roberta vivió toda su vida en el más repugnante infierno, pasó hambre crónica todos los días de su vida, un puñado de arroz hervido en una olla mugrienta entre cuatro piedras, sobre una pobre lumbre. “¿Qué comes, Roberta, cuando tienes mucha hambre?” Le pregunté una vez, me contestó: “Cuando mis hermanitos y yo tenemos mucha hambre y mi padre no ha traido nada a casa, mi madre nos da agua caliente ¿usted sabía padre que el agua caliente quita el hambre? Cuando no hay comida para todos, mi madre se queda sin comer”.

El cuerpo de Roberta se iba deteriorando de día en día, lo había perdido ya todo, todo menos la sonrisa maravillosa con la que a cualquiera de nosotros recibía en cuanto nos veía aparecer. Como nos dábamos cuenta que su estado empeoraba, decidimos hacer el último intento por llevarla a otros médicos. Mis padres y alguna de las misioneras la llevaron en visitas sucesivas a los hospitales de San Pedro y la Capital. En una ocasión en que el tratamiento había sido doloroso, mis padres prometieron comprarle un juguete al salir de la consulta. Como jamás los había tenido, al entrar en la tienda y ver lo que era un juguete, con angustia en la voz se dio la vuelta y exclamo: “juguetes, no; ¡comida!”.

La muerte de Roberta fue tan triste como su vida. Un día, por la tarde, se sintió mal, tuvo un paro cardiaco y murió. Sólo que la familia no se daba cuenta de que estaba muerta y pensaba que se había desmayado. Su hermana Yolanda (catorce años) la cogió en brazos, salió al camino del batey, paró un motorista y con su hermana en brazos marchó para el hospital. Entró en el cuartucho de urgencias y la puso encima de una camilla. La médico de guardia y la enfermera ni se dignaron mirarla. Yolanda salió corriendo en busca de alguna de las misioneras que al instante se personaron en el hospital, al entrar y ver el cuerpo de Roberta – que Yolanda decía que estaba desmayada – las misioneras interrogaron a la médico que con el más absoluto desdén dijo: “ahí está esa niña que han traido, está enferma, bueno, quizá esté muerta”, la doctora no se había movido de la silla…

Yo no se bien por qué Dios en su misterioso plan de amor para con todos quiso que Roberta naciera y viviera en este mundo en el infierno del batey. No se qué sentido tienen las mil hambres y sufrimientos incontables que soportó. No entiendo por qué el peso de una cruz tan cruel tuvo que caer con tanta saña sobre su pequeñísimo cuerpo. Yo, sacerdote de tantos estudios confieso mi total ignorancia y confusión, pero sí se que lo único bonito que Roberta conoció en este mundo – además de su familia – es el amor y la misericordia de la Iglesia. La única que jamás abandonó a Roberta fue la Iglesia madre, que lucho por ella, la cargó en brazos, le dio todo el amor y la ternura del mundo. A Roberta no le cabía la menor duda de que Dios la quería por lo mucho que la quiso la Iglesia, es decir, nosotros.

Me maravilla pensar que la Iglesia ha sido la única que sin temor alguno, se ha adentrado en el infierno del batey para que una niña pequeña – icono viviente de Cristo crucificado – fuera “del infierno al cielo”.

No entiendo por qué sufrió tanto pero espero con la fe infalible de la Iglesia que el Padre Dios tenga el cielo más hermoso preparado para todas las Robertas de este mundo, cuya única misión en esta vida  parece ser haber nacido para sufrir. Pido al Buen Dios que tenga a esta bendita niña, por la que Él a todos nos ha hablado tan claramente, en el entrecruzar de sus brazos, junto a su corazón de padre, para que Roberta, mirando cara a cara la infinita hermosura del rostro de Dios encuentre la felicidad que en este mundo jamás conoció.

Quiero creer que no son verdad las terribles palabras que pronunció Yolanda, la hermana mayor de Roberta: “padre, en el fondo la más afortunada de todos nosotros ha sido Roberta porque es a la primera que Dios se ha llevado de esta vida miserable en la que tenemos que seguir viviendo mis hermanitos y yo”.

Yo os pido a todos los que con tanto entusiasmo y despilfarro os estáis preparando las opíparas vacaciones que sin duda creéis que os merecéis, que os acordéis de tantas niñas y niños que como Roberta viven unas vidas espantosas. No nos hagamos cómplices de su miseria viviendo como si ellos no existieran, como si la pobreza fuese culpa de otro, como si nosotros no pudiésemos hacer nada. No corrompáis a vuestros hijos haciéndoles crecer en un cuento de hadas, haciéndoles creer que lo importante en la vida es el éxito profesional y divertirse a tope. ¡¡Qué pena dan tantos “aprendices de misionero” que por aquí vienen a “echar una mano”!!. Se ve que lo han tenido todo, que sus padres se lo han dado todo y no saben de la vida nada, son unos perfectos analfabetos religiosos. ¿Cómo pueden pensar unos padres que han educado bien a sus hijos cuando no les han enseñado nada del horror que es la vida para la mayor parte de la humanidad y cuando a penas si saben nada de Cristo? ¿Cuando tanta gente se va a morir este verano de hambre mientras tú tomas el sol es exageración decir que el lujo, la abundancia, el pasarlo bien sin privarse de nada es lo mismo que el homicidio o el asesinato? Si mi pequeña experiencia os sirve de algo, os puedo asegurar que hay gente que a venido a mí y se ha marchado con las manos vacías porque no tenía nada que darles. De vosotros depende si queréis ayudar.

Cuando estes torrándote al sol, acuérdate de Roberta. Cuando estés haciendo ski acuático, acuérdate de Roberta. Cuando salgas a cenar al restaurante de moda en Marbella o en la mismísima Conchinchina (si es que tienes planes de veranear en tan exótico lugar), acuérdate de Roberta. Cuando ya no te quepa una copa más en el cuerpo y estés diciendo más tonterías de las habituales, acuérdate de Roberta. Cuando estés aburrido de dar vueltas a cualquier isla en el barcazo de fulano y no sepas ya que inventarte para ser feliz, acuérdate de Roberta. Cuando no te quepa otra ración de chanquetes en el cuerpo, acuérdate de Roberta. Cuando…, cuando…, cuando… ¡cuando estés cansado de malgastar la vida! Acuérdate de todas las Robertas que esperan el trabajo de tus manos y el amor de tu corazón.

Amigos, la vida no es una broma, la vida para mucha gente es un drama, un infierno y a aquí nadie puede escaquearse como que la cosa no tuviera nada que ver conmigo. Hay vidas bien vividas, maravillosamente vividas, vidas que han valido la pena vivirse, vidas que dejan huella y hay vidas – lo sabemos todos – vidas irrelevantes, superficiales, huecas, malvividas, desperdiciadas, que cuando nos miramos las manos y nos preguntamos “y estas manos mías, ¿qué han hecho por los demás?”.

Lo que más necesitamos:

Misioneros para siempre: Sin duda lo que más necesitamos son misioneros, pero no cualquier clase de misioneros. En esta última etapa hemos tenido varios que han pasado unos meses con nosotros (demasiado poco tiempo), pero no es eso lo que necesita la misión de Los Llanos, lo que necesito son misioneros sin billete de vuelta, misioneros y misioneras que se vengan para siempre, que vengan no a dar dos meses, sino que vengan a entregar su vida por el Reino y los pobres a quienes – según la primera bienaventuranza de Jesús – pertenece el Reino de Dios.

Necesitamos construir capillas: Hace tres años que el Santísimo Sacramento vive en un cuartucho de tablas y hojalata en el Manguito desde que el huracán Georges devastó la iglesita. Tenemos que construir unas veinte (20) capillas por los bateyes, cada una cuesta 5,000 dólares.

Necesitamos terminar de equipar el Centro Nutricional y Educativo del batey Paloma: Con la ayuda de amigos hemos podido comenzar las obras del comedor y el centro educativo para mujeres. De hecho ya comen allí unos cien niños todos los días. Falta sin embargo la perforación del pozo de agua y su equipamiento (bomba sumergible, depósito, generador de electricidad). Necesitamos comprar las máquinas de costura, hornos para las clases de panadería, etc… en total necesitamos 35000 dólares para terminar el proyecto de este batey. Con este nuevo comedor de Paloma, que se suma al de Gautier y el de la Palma en Los Llanos, son ya 300 niños los que vienen a comer y sobre todo a conocer el amor de Jesús en esta misión de la Iglesia Católica.

Necesitamos las oraciones de todos: Sobre todo necesitamos la oración incesante de todos. De tantas mujeres que desde el claustro y el silencio contemplativo ofrecen su vida calladamente a Dios como una ofrenda por los hombres sus hermanos. Gracias por la oración de tanta gente buena, humilde, que sin hacer ruido pide cada día al Buen Dios por los misioneros. Gracias por la oración de los mayores, de los jóvenes, de los niños, de los enfermos. Gracias, mil veces gracias.

Gracias a todos: Quisiera agradeceros en nombre de todos los que trabajamos en la misión y de los pobres a quienes servimos vuestra inmerecida generosidad. Gracias por los sacrificios que habéis hecho. Gracias por vuestros generosísimos donativos. Gracias a quienes se han domiciliado con una cuota mensual (si alguno más quiere animarse tiene al final de esta carta la información necesaria para hacerlo ¡¡ánimo!!). Gracias a esa lista interminable de gente buena que nos ha ayudado de tantas maneras, que sería imposible enumerar pero cuya generosidad esta ahí ante la mirada de Jesús (“a mí me lo hiciste@ Mt 25).

Le pido a la Santísima Virgen María que nos mire a todos con ojos de misericordia – como le pedimos cada noche en el Salve Regina – para que acoja en su regazo maternal a Roberta, que la acune junto a su corazón para que nunca más tenga miedo, para que no vuelva a llorar, para que no vulva a sentir el punzón del hambre, para que vuelva a sonreír y sea feliz por toda la eternidad. Si pudiera decirle algo a Roberta que me oyera, le diría en nombre de todos: “perdón Roberta por el infierno en el que te hicimos nacer, vivir y morir, perdónanos en tu corazón de niña. Tú que ves el rostro radiante de Dios dile nuestro nombre a Jesús y cuando nuestra vida se acabe, ábrenos tú – aunque no lo merezcamos – las puertas de tú cielo”.

Con mi más cariñosa bendición y la seguridad de nuestra oración ante el Sagrario de la misión.

Firma

Padre Christopher Hartley

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