22 dic 2019

“Este es el tiempo en que llegas, Esposo, tan de repente”

22 de diciembre 2019

Queridos amigos de la misión.

Ser o no ser… estar o no estar…

Que esté o que no esté… esa es la cuestión…

Y es que, la cuestión es, que a veces uno no sabe bien lo que significa la presencia, ahí, en medio de la selva, perdidos en algún lugar indefinido entre el Congo y Sudan del Sur, de un misionero.

Eso le preguntaron a mí diacono – hoy ya sacerdote – en varias ocasiones. Las multitudes de estas gentes únicamente querían saber que el sacerdote estaba en la vieja casa que los intrépidos misioneros combonianos construyeron con sus propias manos junto a la iglesia de la misión. En medio de una tupida arboleda de teck, gigantescos árboles de mango, caoba, acacias, enredaderas hasta el infinito que apenas si dejas filtrarse el sol en la interminable espesura de la jungla…

La paz en Sudán del Sur es tan frágil y el miedo tan congénito y connatural a estas pobres gentes que lo único que les sosiega, es la certeza de la presencia de su párroco, de su sacerdote. En su manera de entender la vida, si el misionero está en la misión, en su puente de mando, no hay nada que temer…

…Pero si el sacerdote ya no está, es que se acercan los rebeldes y está a punto de estallar la guerra. Si el sacerdote está, él cuidará de nosotros, podremos refugiarnos en la iglesia, no será necesario volver a huir a la salva, aterrorizados ante el peligro inminente.

Tanto me impresionó esta sorprendente reflexión de estas paupérrimas gentes, que hace unas semanas, en los avisos del final de una Misa dominical, pedí a todos que se sentaran porque tenía algo muy importante que decirles… Y les dije:

“Escuchadme bien. Quiero que sepáis que Jesucristo, por la voz del obispo, me ha enviado a pastorearos. 

No tengáis miedo, yo no me voy a ninguna parte. He venido para estar con vosotros, para vivir con vosotros, para sufrir con vosotros, para morir con vosotros. 

Si vienen los rebeldes, si vuelve la guerra, corred a la iglesia, aquí estaremos todos juntos, los que os pase a vosotros me pasará a mí; lo que os hagan a vosotros, que me lo hagan a mí…” 

La gente se puso en pie, en su mayoría aplaudía, otros rompieron a llorar, algunos se abrazaban… Estas gentes han sufrido tanto, tanto, tanto; es tanto el miedo que han pasado, los muertos que sus manos han enterrado, las lágrimas que han derramado…

Estos primeros seis meses han sido un tiempo maravilloso para mí, para la misión, para las gentes. Considero un honor y un privilegio poder pastorear estas gentes, que, viviendo en pobreza extrema, viven su fe, viven con Jesús en el centro de sus vidas. Su fe es una fe rezada, una fe vivida, una fe cantada, una fe bailada.

Nunca había visto nada igual.

Una Iglesia llena de vida y de esperanza, una Iglesia, un pueblo lleno a rebosar de niños y de jóvenes.

Y me vienen a la mente muchas veces a la memoria del corazón, las palabras que dan título a esta carta. Y es que así nos lo recuerda uno de los preciosos himnos de la liturgia: “Este es el tiempo en que llegas, Esposo, tan de repente…” Así es, aquí en las selvas de Sudan del Sur y en los últimos rincones de la tierra. Cristo Esposo viene, viene revestido de nuestra carne, de nuestro polvo y nuestro barro, cargado de nuestras heridas y miserias, dispuesto a compartir nuestro pan amargo…

La venida de Cristo en Navidad, la prepara la Iglesia de muchas maneras. Nosotros en la misión lo queremos hacer sobre todo volcados con los niños de nuestras escuelas. Entre las dos parroquias que me ha confiado el obispo, tenemos cinco escuelas, la escuela de Santa Teresa, – de unos 730 niños y niñas – junto a la parroquia, que, aunque está en condiciones deplorables, al menos está construida con ladrillo; y las otras cuatro, que nos son más que una hilera de troncos en los que se sientan los pobres niños y una pizarra destartalada clavada con un clavo en un árbol…

Las reparaciones de la casa parroquial ya están prácticamente terminadas. Ahora nos hemos lanzado en fe a reparar la escuela de Santa Teresa y a ampliarla, ya que es tal el gentío de niños, que, por ejemplo, en segundo de primaria tenemos ciento tres niños. Así es imposible educar a nadie. Más que un aula parece un depósito de niños, una gigantesca lata de sardinas…

Y en cuanto podamos, quisiéramos iniciar la construcción de las demás escuelas. Son algo más pequeñas en cuanto número de alumnos, pero tienen unos trescientos cincuenta niños en cada una de estas escuelas.

¡Contamos con vosotros para que estos niños tengan una vida más bonita, más digna, más humana, más cristiana! Como siempre, podéis hacer vuestras donaciones en la

cuenta de la Fundación Misión de la Misericordia (tenéis los datos de la cuenta, al final de la carta).

Cada escuela nos cuesta unos setenta mil dólares (70,000$). 

El llegar una nueva Navidad y volver la vista atrás, a un año más que llega a su ocaso, pienso en todo lo que me ha sucedido en este tiempo. Sin duda lo más significativo para mí ha sido la muerte de mi madre que se nos fue al cielo con una sonrisa en el rostro, una palabra última de despedida y consejo para sus tres hijos y una oración sencilla en el corazón. Mis hermanos y yo, junto a tantos cientos de personas más, recibimos su testigo y su herencia de bondad y de amor, para correr con ella y como ella hacia la meta en la que ella nos espera y desde la cual nos ayuda con su poderosa oración de intercesión.

Pienso en lo que ha significado para mí cumplir sesenta años de edad y treinta y siete de ministerio sacerdotal. Van pasando los años inexorablemente y uno va ajustando las cuentas con su Señor y Dueño…

Este año terminó un periodo importante de mi vida misionera. Después de doce años de intensa vida pastoral en los desiertos somalíes del sur de Etiopía, a orillas del rio Wabbi Shebelle; con sus cocodrilos incluidos y a un puñado de kilómetros de Somalia, he llegado, enviado – como siempre – por el arzobispo de Toledo, a la frontera sur del país más nuevo del mundo, Sudán del Sur. Diócesis de Tombura-Yambio.

Gracias a los que en días pasados nos habéis acompañado durante la visita a Madrid del Sr. obispo, Eduardo Hiiboro Kussala. El obispo me ha repetido reiteradamente que ha quedado verdaderamente impactado por la bondad y la generosidad de todos vosotros.

En definitiva, vuelvo la vista atrás y únicamente veo la mano cálida del amor y la bondad de Dios Padre que cada día, a cada instante, cada Navidad, nos regala el tesoro de su Hijo Jesús, en la carne de nuestra carne. En su Hijo -Verbo de vida y de esperanza – Dios nos lo ha dado todo, todo, todo.

Quién tiene a Jesús, lo tiene todo y quien no tiene a Jesús, no tiene nada, absolutamente nada. Quién no le tiene a Él no sabe ni de dónde viene ni a dónde va; no sabe quién es, no sabe para que vive ni para qué se levanta cada mañana. Sólo tiene ante sí el frio umbral de la muerte, la nada, el vacío, el sinsentido más absurdo.

Quién tiene a Jesús, lo tiene todo – aunque no tenga nada, ni bienes de este mundo – ¡SÍ, LO TIENE TODO! Para eso he sido llamado por mi nombre, para eso soy misionero. Para que todos conozcan el amor de Dios, la salvación eterna, el perdón de los pecados. Mientras quede una sola alma que salvar, la tarea continua. El obispo, en esta diócesis repite muchas veces que él quiere que todos sus feligreses vayan al cielo. Pues eso mismo quiero yo para mí, para mis parroquias, para todas las gentes que el Buen Dios ponga en mi camino.

Al terminar un Adviento más, tiempo precioso de gracia y salvación; a las puertas de una nueva Navidad, a todos os damos las gracias en nombre mío propio, en nombre de tantos miles y miles de personas que estamos tratando de ayudar, en nombre de la Fundación Misión de la Misericordia y todos los que la conforman.

GRACIAS CON TODO MI CORAZÓN A TODOS LOS QUE NOS HABÉIS AYUDADO CON VUESTROS DONATIVOS, ORACIONES Y SACRIFICIOS.

A todos os damos las gracias en nombre de tanta gente pobre que no pueden hacerlo por sí mismos. Porque no tienen voz, apenas un gemido estridente y ahogado en la garganta.

Le pido a la Santísima Virgen María, Madre de la Iglesia, Madre de los misioneros y Madre de los pobres, que a todos nos cubra con su manto bendito, junto con su esposo San José, en esta Navidad.

Ante el Sagrario de la misión oramos cada día por todos vosotros.

Firma

Padre Christopher

OS RUEGO, POR FAVOR, QUE RENVIÉIS ESTA CARTA A TODOS VUESTROS AMIGOS, A TODOS VUESTROS CONTACTOS, A TODOS LOS QUE SEPÁIS QUE NOS HAN AYUDADO Y A QUIEN NOSOTROS NO TENEMOS MANERA DE CONTACTAR ¡¡SEGUID AYUDÁNDONOS, OS LO RUEGO EN NOMBRE DE DIOS Y ESTAS POBRES GENTES!!

Para colaborar con la misión de Sudán del Sur, aquí tenéis los datos.

Titular: Fundación Misión de la Misericordia Entidad: BANKINTER Número de Cuenta: 0128-0014-73-0100029293 Iban: ES0801280014730100029293 Código SWIFT o BIC: BKBKESMMXXX 

Visitad por favor nuestras páginas web:

http://www.missionmercy.org

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En el corazón de la selva, visitamos de choza en choza, de comunidad en comunidad. Muchos hacía tres años que no celebraban la Santa Misa o se podían confesar.

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Primera comunión de adultos. ¡Tantos años esperando la llegada de un misionero para recibir a Jesús en la Santa Eucaristía!

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Misas al aire libre en las grandes fiestas porque, a pesar de lo grande que es la iglesia, no cabe tantísima gente que viene caminando por los desfiladeros de la selva. Aquí sí que de verdad la Santa Misa es una fiesta.

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Los maravillosos niños de nuestra escuela católica parroquial de Santa Teresa.

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“Caminante, no hay camino, se hace camino al evangelizar…” 

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Nuestra preciosa capilla de la misión

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