18 nov 2014

Entrevista al padre Christopher en el Hogar de la Madre

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El P. Christopher Hartley Sartorius es un sacerdote diocesano de Toledo (España). Ha dedicado su vida a servir a los demás en distintos lugares.maaruf_obras Desde el Bronx, donde estuvo trece años junto a la M. Teresa, a Calcuta, donde estuvo otra etapa de su vida, o a los bateyes de laRepública Dominicana, donde vivía amenazado de muerte. Desde abril de 2008 el P. Christopher Hartley Sartorius vive en GODE (ETIOPÍA), un poblado donde jamás un sacerdote católico había puesto el pie.

El P. Christopher nació en Londres (Inglaterra) en 1959. Hijo de inglés y española. Cuando tenía cinco años se trasladaron a vivir a España. Y siendo muy joven ingresó en el seminario.

¿Su familia era católica?
Mis padres eran un matrimonio mixto. Mi padre, cuando yo nací, era anglicano y mi madre católica. Somos católicos por la fe y por la religión de mi madre. Crecimos en un ambiente de enorme respeto a la religión. De hecho, recuerdo que siendo niño, mi padre siempre compartió con nosotros, participando en Misa y demás.

¿Cuándo entró en el seminario?
A la edad de 15 años. Fui al seminario de Toledo. Allí terminé el Bachillerato, y luego estudié la carrera eclesiástica que en aquel tiempo consistía en dos años de Filosofía y cuatro de Teología, de tal manera que a la edad de 23 años, sin ni siquiera tener la edad que marcaba en aquel tiempo el derecho canónico, fui ordenado sacerdote.

madre teresa¿Cómo entra en su vida la Madre Teresa de Calcuta?
En navidad de 1976. Mi padre, que como dije no era católico, me regaló un libro que se llamaba “Madre Teresa, su obra y su gente”. Tenía entonces 17 años y llevaba ya dos años en el seminario. Al sentarme debajo del árbol de Navidad y abrir el regalo, ver el libro y las fotos, tuve una sensación, un sentimiento y me dije interiormente: “yo toda mi vida quiero dedicarme a esto”. Creo que en ese instante, ese 25 de diciembre, se definió para siempre mi vocación misionera. Tuve la certeza de que ese iba a ser el diseño, la partitura que Dios había escrito para mí.

¿Cuándo conoció personalmente a Madre Teresa?
Fue en agosto de 1977. Tenía entonces 18 años. Había ido ese verano a Londres para trabajar como voluntario en una de las casas de las Misioneras de la Caridad. A la semana de estar allí, vino Madre Teresa, que iba de paso a Calcuta. Esta fue la primera vez que la vi. Y la última vez fue 20 años más tarde, en 1997, pocas semanas antes de fallecer ella.

¿Cómo fue esta primera experiencia con las Misioneras de la Caridad?
Esta experiencia de alguna manera reforzó muy fuertemente el deseo de participar de su vida, de su carisma, de su entrega a los más pobres de los pobres y la certeza de la presencia real de Jesucristo en los más pobres y en los más necesitados.
Madre Teresa me escribió una tarjeta, en la que me decía: “ama a los pobres y sé santo, sé un santo sacerdote”. Lo conservo hasta el día de hoy. Era como si en dos frases se condensase un programa de vida. Y esto se quedó para siempre tan grabado en mí como proyecto de vida que,  ya todas las vacaciones de verano, Semana Santa, Navidad, mientras fui seminarista hasta el día que me ordené sacerdote, seis años después, las pasé en colaboración con la misión, la tarea misionera, la obra misionera y sobre todo el servicio a los más pobres de los pobres en muchos países del mundo. Incluso antes de mi ordenación, eso era lo que quería hacer y lo que he hecho desde entonces.

¿Cómo ha influido M.Teresa en su vida espiritual?
El encuentro con la Madre Teresa, a mí me puso frente a frente con la presencia real de Jesucristo en el mundo. De tal manera, que así como ella no hubiese podido concebir su vida sin los pobres, como un monje no puede concebir su vida sin las paredes de su celda, a mí me ayudó a descubrir que los pobres son la razón de ser de mi vida y de mi sacerdocio.
M. Teresa me ayudó a mirar, con ojos contemplativos, a descubrir el rostro y la presencia del Señor crucificado en cada uno de los pobres; a descubrir en el mundo del dolor la Pasión continua del Señor hasta que Él venga en su gloria. Y esto me ayudó a definir de una manera muy específica mi vocación misionera y dentro de la vocación misionera el deseo de estar siempre junto a los más pobres de los pobres.

¿Para usted es lo mismo ser sacerdote que ser misionero?
Ser sacerdote es una cosa, pero ser misionero matiza de una manera extraordinaria la identidad sacerdotal de una persona. No es lo mismo ser sacerdote que trabajar en primera evangelización donde nunca se ha evangelizado, que es la tarea que a mí me ha confiado por ahora la Iglesia y en la que estoy comprometido desde hace casi treinta años.

esclavos¿Cuáles han sido sus destinos como sacerdote y misionero?
Fui ordenado por el Papa Juan Pablo II el 8 de noviembre de 1982. Inmediatamente después de la ordenación, el Cardenal don Marcelo González Martín, en cuya diócesis estaba incardinado, la diócesis de Toledo, me envió a unos pueblecitos muy pequeños en los Montes de Toledo. Cuando aún no habían pasado dos años, el Cardenal me dio permiso para irme a Nueva York, al Bronx, a petición de la Madre Teresa, y allí estuve primero 8 años seguidos, trabajando con sus hermanas entre los más pobres de los pobres de esa ciudad. Luego, en la Jornada Mundial de la Juventud de Santiago de Compostela, el Cardenal O’Connor, Arzobispo de Nueva York, me pidió que me hiciera cargo de la oficina de vocaciones de su Archidiócesis. Estuve en esa oficina del 90 al 92. En el 92 el Cardenal O’Connor, me envió a Roma a estudiar. Hice la Licenciatura y el Doctorado en Teología en la Universidad Gregoriana. En el 95 regresé a Nueva York como párroco de la antigua catedral de San Patricio. En el 97 -que fue cuando vi a la Madre Teresa poquito antes de fallecer-, marché como misionero a la República Dominicana y estuve allí en la región oriental, en la diócesis y provincia de San Pedro de Macorís, en la parroquia de San José, casi 10 años, de la cual salí en el 2006. En el 2007, ya con el permiso del nuevo arzobispo de Toledo, el Cardenal Cañizares, marché a Etiopía, África, donde estoy ahora.

¿Cuál es su misión en África?
Estoy en una región donde no se había evangelizado jamás. Celebro la Misa solo todos los días de la semana. Los domingos vienen a Misa 2, 3 ó 4 católicos lo más. Son personas que trabajan en organismos no gubernamentales o en las Naciones Unidas, o algunos católicos etíopes que están destinados allí como empleados del gobierno en la educación o en el desarrollo. En fin, personas que son enviadas de otras partes, porque es una zona 100% musulmana. Hay también una presencia de la Iglesia Ortodoxa, pero yo soy el único sacerdote católico que está allí. El sacerdote católico más cerca de mí, está a más de 700 km. También, como la iglesia etíope está muy necesitada, trato de colaborar con las Misioneras de la Caridad que tienen 18 casas en Etiopía. Son más de 120 hermanas. Les doy retiros, Ejercicios,  cursos de formación y me piden también ir a otros países. Hace poco estuve en Kenia dando Ejercicios a las junioras (religiosas profesas todavía en período de formación). Este año he estado también en Polonia dando Ejercicios, donde me lo han pedido. Y justo antes de Navidad de 2012, me pidieron dar Ejercicios Espirituales a todo el clero italiano y religiosas italianas que están trabajando en Etiopía. Como antigua colonia de Italia hay una presencia de clero y religiosas italianas muy importante. Así que fue la primera vez que prediqué los Ejercicios en italiano. Fue una experiencia maravillosa de grandes testigos misioneros que han dado una vida entera para la obra evangelizadora de la Iglesia en ese país.

padre cristopher¿Ha tenido miedo alguna vez?
Sí, he pasado mucho miedo. Sobre todo en la República Dominicana. Estuve amenazado de muerte. Me han apuntado con una escopeta, he pasado muchos peligros, he pasado muchos momentos de muchísima dificultad. Los últimos dos años de República Dominicana tuve que ir acompañado por un militar para mi seguridad personal, mandado por el gobierno.

Eso me ayudó mucho a descubrir que una cosa son las palabras bonitas que decimos y que predicamos, eso de que el buen pastor da la vida por las ovejas, pero que cuando de verdad se sabe si uno está dispuesto a dar la vida es cuando tu vida está en peligro de muerte, cuando has pasado miedo.

Descubrí que el miedo no lo vence la valentía; que el miedo solamente lo vence el amor y cuando yo me di cuenta cuánto amaba a estas personas con las que trabajaba, ahí sí comprendí que había vencido el miedo, pero solamente por el amor que Dios infunde y por la gracia que da, para poder estar dispuesto a entregarse por ellos.

 ¿De dónde saca la fuerza para mantenerse fiel?   
Lógicamente la vida de un sacerdote, es una vida de amistad y unión esponsal con Jesucristo. Esto es la virginidad consagrada y el celibato sacerdotal.

Sabemos que lo indivisible del corazón le pertenece a Jesucristo y que como dice S. Pablo: ya no vivimos para nosotros, sino para Él, que por nosotros murió y resucitó. Es decir, que la vida le pertenece a Él, que es una vida dada, una vida entregada.

La oración como la relación personal con Jesucristo, es la que hace capaz de permanecer en la trocha, de permanecer en el arado, de seguir remando mar adentro. La oración como encuentro de enamorados, la oración como desposorio.

En las Vísperas del Común de Pastores, el responsorio breve dice: “este es el que ama a sus hermanos, el que ora mucho por su pueblo”.

Es en la oración donde uno descubre que orar es amar, que quien ora ama y quien ama ora y que quien no ora ya ha dejado de amar. Esa capacidad de amar que infunde Jesucristo en la oración, en la oración personal, en la oración litúrgica, en los diferentes modos de manifestación de oración, pero que en definitiva significan estar con Él, mirarle, como dice Sta Teresa, esto es lo que sostiene una existencia que de por sí es incomprensible.

 ©Revista HM º171 Marzo-Abril 2013

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