09 feb 2014

Esclavos en el Paraíso. La esclavitud contemporánea en la República Dominicana. Mayo 2007

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Esclavos en el Paraíso

La esclavitud contemporánea en la República Dominicana

Coloquio Internacional

“Azúcar, Sangre y Sudor”

 

Escuela Superior  Nacional de Química de París

Universidad de La Sorbona

16 de Mayo de  2007

PARÍS 

Padre Christopher Hartley Sartorius

 

Soy sacerdote católico y un sacerdote de Jesucristo es para su pueblo: padre, amigo, hermano, cabeza, esposo, y sobre todo y ante todo: pastor.

El sacerdote es por vocación imagen y transparencia de Cristo Buen Pastor, que ama a las gentes, las conoce por su nombre, las carga sobre sus hombros, y las aprieta contra su pecho cuando están cansadas o heridas.

El Buen Pastor da la vida por sus ovejas que son las gentes que Dios Padre le encomienda.

Las ovejas no le pertenecen al pastor, no son de su propiedad, las ovejas pertenecen sólo a Dios, porque juntas forman el Pueblo Santo de Dios. El pastor bueno, el pastor único es Jesucristo, los demás sólo actuamos en su nombre y con su autoridad.

En definitiva, los sacerdotes actuamos en nombre de Alguien que es más grande que nosotros, Alguien más bueno, Alguien mucho más hermoso que nosotros.

He tenido el privilegio como sacerdote de haber sido enviado por Jesucristo a pastorear una porción del rebaño de Dios durante estos últimos diez maravillosos años de mi vida sacerdotal en la República Dominicana, en la Provincia de San Pedro de Macorís, ubicada en la zona más oriental. Una nación que junto a la República de Haití, conforman la isla de La Española. Fue allí donde Dios me confió una pequeña porción de la inmensa grey de la humanidad. Se trataba de una grey abandonada, una grey que no sólo sentía la lejanía de su pastor, sino – peor aún – un rebaño que ni siquiera sabía que tenía pastor. Un rebaño, una porción de la humanidad  que jamás había contemplado la hermosura del rostro de su pastor, ni escuchado su voz.

Era un rebaño disperso entre interminables paisajes verdes de cañaverales de azúcar y blancos pendones de pluma, entre lodazales intransitables y caminos polvorientos y recubiertos del infinito azul del cielo, el cielo más bello que la mano de Dios dibujó desde toda la eternidad.

Cuando llegué a aquellas infernales plantaciones – allá por Septiembre de 1997 – no tenía ni la menor idea de la vida que me aguardaba… Ahora, al volver la vista atrás, sólo me queda en las entrañas del alma una inmensa gratitud a Dios por estos maravillosos años en los que, en nombre de su Hijo Jesús y enviado por la Iglesia, he podido compartir el caminar de mi pueblo: llorar sus lágrimas, consolar sus pesares, comer de su pan amargo, enjugar sus rostros, acariciar sus llagas, reír con sus sonrisas, acompañar sus andares, rezar sus rezos, soñar sus sueños, apaciguar sus llantos, defender sus derechos, alimentar con vida eterna sus almas; gozar de sus cantares; comer de sus pailas y sus anafes…

Al irme adentrando cañaveral adentro, descubrí un mundo totalmente desconocido para mí, un mundo asombros e infame; un mundo que poco o nada comprendía; un mundo que me gritaba en el interior y en el que se me agolpaban mil preguntas para las que nadie – ni siquiera la Iglesia – tenía respuestas (al menos respuestas que yo pudiera entender y que arrojaran luz sobre tan espantoso misterio).

Fue ahí donde por primera vez entendí en toda su grandeza las palabras sabias de nuestro querido Papa Juan Pablo II pronuncio la mañana del 8 de noviembre de 1982, el día de mi ordenación sacerdotal hace ahora 25 años:

Decía él:

“Queridos hijos, comprometeos en todas las causas justas de los trabajadores…”

¡¿Que podía saber yo a mis 23 años y el sacerdocio recién estrenado, lo que habrían de confortarme sus palabras?!

En definitiva, me enfrentaba como sacerdote, como párroco, como pastor, a una situación de vida que exigía una respuesta desde la luz del Evangelio. Y fue el trato diario con estas gentes la que me fue progresivamente y de manera casi imperceptible aportando los datos para un análisis antropológico de la situación a la que había sido enviado a servir. Los datos fundamentales a los que yo como sacerdote y sólo como sacerdote, desde el Evangelio y el magisterio de la Iglesia, tenía que aportar una respuesta y una esperanza de solución:

 

1.- En primer lugar descubrí que todos esos inmensos cañaverales, en su práctica totalidad pertenecían a una sola familia, una familia de origen italiano, asentada en la República Dominicana a finales del siglo XIX. La familia VICINI. Y descubrí que extensiones aún más gigantescas de caña de azúcar que se encontraban ubicadas al este de mi parroquia; eran propiedad del consorcio Centra Romana, pertenecían a otra familia, no menos rica, no menos miserable, cuyos trabajadores vivían en condiciones iguales o peores – tal como, andando el tiempo,  pude constar con mis propios ojos – que las que a continuación pasaré a brevemente describir. Se llamaba la familia FANJUL.

 

2.- Descubrí que mi pueblo (es decir, las gentes que conformaban mi geografía parroquial) vivían en condiciones indignas de la persona humana, en esos infames asentamientos llamados bateyes.

 

3.- Descubrí que la gente pasaba hambre, es más que la gente tenía hambre siempre, hambre congénita, hambre desde que nacieron; hambre que no se les quitaba nunca. Gente que apenas mal comía una vez al día y que los niños jamás bebían leche ni la alimentación adecuada para su desarrollo.

 

4.- Descubrí que miles de hombres mujeres y niños vivían hacinados en espantosos barracones, achicharrados de calor, sin ventilación, sin las mínimas condiciones de higiene, en condiciones de vida más dignas de una pocilga de puercos que para familias que se veían – en su estrechez existencial – arrastrados a una incalificable promiscuidad sexual. Donde padres e hijos – varones y hembras – compartían el único camastro mugriento de la única habitación asignada por la empresa de un interminable barracón.

 

5.- Descubrí que estas gentes no tenían instalaciones sanitarias de ninguna clase, que sus letrinas eran los mismos cañaverales, que sus duchas eran las abrevaderos de los bueyes, que igual que los animales tenían ellos que cocinar y comer los alimentos en el sucio suelo del batey por falta de cocinas y comedores.

 

6.- Descubrí que la enfermedad y la muerte eran la inseparable sombra de los habitantes de los bateyes, siempre al acecho, siempre a la búsqueda de nuevas presas. Me encontré con gente que siempre estaba enferma de mil enfermedades y herida por los múltiples accidentes de la dura vida del corte de la caña. Sin acceso a la salud, a un médico, a un centro médico; a un hospital digno, a los medicamentos adecuados a sus enfermedades.

 

7.- Descubrí que a pesar de ser trabajadores empleados por una de las familias más ricas del país, los obreros y sus dependientes no tenían Seguro Médico; o mejor dicho, les descontaban de sus pírricos sueldos, de cada recibo de viaje de caña picada un tanto por ciento para cotizar a la Seguridad Social, pero que la empresa se quedaba con el dinero, robándoselo al trabajador y no lo tramitaba a la institución del Estado correspondiente. De esta manera, cuando el trabajador acudía en su angustia a los centros de salud a los que tenía derecho, en virtud de haber cotizado a la Seguridad Social, se le rechazaba por no tener la empresa los pagos al día. En el año 2003 la deuda de la Casa Vicini con el Instituto Dominicano de Seguridad Social (IDSS) superaba con creces los diez millones de pesos dominicanos (RD$ 10.000.000).

 

8.- Descubrí que a pesar de que estos pobres trabajadores habían cotizado todos los días al Fondo de Pensiones, al final de su vida no tenían nada, absolutamente nada; como mucho, la caridad de sus pobrísimos vecinos y compañeros de desgracias.

¿¡Dónde estarán esos miles de millones de pesos, defraudados a multitudes de trabajadores de la caña azucarera durante tantas décadas!? ¿¡En qué bolsillos!? Y así, los ancianos, como chatarra humana de la familia Vicini, cual desguace moribundo, quedaban arrinconados en cualquier cuchitril o barracón mugriento hasta que la misericordiosa muerte pusiera punto final a una vida miserable y absurda.

 

9.- Descubrí que la inmensa mayoría de los niños no tenían acceso a ningún tipo de Educación; que las escuelas (por llamar algo a esos habitáculos llenos de sillas rotas) estaban a muchos kilómetros de distancia de los bateyes y que era imposible que niños tan pequeños pudieran caminar a través de un mar de lodo y fango hasta esas casuchas eufemísticamente llamadas “escuelas” por la Compañía Vicini o la Secretaría de Estado de Educación.

Era desolador ver a esos niños caminando en grupos de quince o veinte, desde las seis de la mañana, rumbo a esas miserables habitáculos de escuela, tratando de subirse a cualquier vehículo: un tractor, una carreta reventando de caña; una moto con tres y cuatro pasajeros; un vagón de tren, cualquier cosa que pudiera acercarles un poco a su absurdo destino. Pensaba en la angustia de esas madres al ver a sus chiquitines marchar solos y tan lejos, entre tantos peligros, con sus uniformes escolares comprados a expensas de quedarse sin comer más de un día, reciclado de hermano a hermano, de vecino a vecino; sin saber esos padres los peligros que le depararían esos caminos desolados a sus pequeños.

¡Cuántas veces me encontré con niños y niñas que esperaban a un compañerito de la tanda de la mañana que regresara de la escuelita para ponerse el uniforme asqueroso y sudado o las chancletas rotas que el que llegaba se quitaba para marchar corriendo a la tanda de la tarde!

¡Cuántos padres no habrán sentido encogérseles el corazón de angustia al no saber los peligros que sus hijos habrían de enfrentar! El continuo riesgo de que sus hijos pudieran caer de una carreta de caña o ser arrollados por los gigantescos neumáticos de un tractor; o ser aplastados al caer de cualquier moto; o peor aún caer en las manos de cualquier conductor despiadado, cualquier depredador sexual que pudiera hacerle daño a uno de sus pequeños. Es espantoso pensar la cantidad de niños y niñas que por tratar de llegar heroicamente a una “escuela” han caído en manos de personas infames y sin escrúpulos y han sido brutalmente abusados sexualmente.

Recuerdo de aquellos primeros años a la profe Chea – la maestra del batey Contador  perteneciente a la familia Vicini – Lo recuerdo como si fuera hoy mismo. En una casita diminuta llevaba más de diez años dando clase (intentando dar clase) a setenta y ocho niños (sí, han oído bien, 78 niños y niñas). La pobre mujer, para poder introducirlos a todos en el aula en un destartalado pupitre de dos niños, conseguía sentar hasta a cuatro estudiantes. Para ello tenían que poner cada uno su brazo izquierdo detrás de la espalda para no molestar al compañero. Y recuerdo perfectamente como cuando empezó a llegar algo de desayuno escolar, le daban veinticinco bollitos diminutos que ella con verdadera habilidad quirúrgica dividía en tres o cuatro pedacitos para distribuirlos miga a miga entre sus estudiantes… ¡Cuantas generaciones de niños y niñas habrán creído que iban a la escuela cuando en realidad lo único que se lograba era convertir esos habitáculos espantosos en almacenes infantiles donde nadie aprendía casi nada!

A esto habría que añadir que además era muy frecuente que después de que esos pequeños hubiesen recorrido bajo el implacable sol del Caribe o los torrenciales diluvios del Trópico, el interminable camino hasta “la escuela”… se oía decir a alguien: “Hoy no viene la maestra…” para acto seguido iniciar el camino de vuelta, con el mismo sacrificio, los mismos peligros, el mismo desencanto, la misma sensación de que el esfuerzo no había servido para nada y esa imperceptible convicción de que ellos y sus familias formaban parte del último eslabón social, de la escoria de la humanidad.

Si alguno de ustedes se preguntara sencillamente: “y ¿por qué no venía la maestra?” la respuesta eran sencilla: en la mayoría de los casos, porque no le daba la gana de ir, porque tenía otras cosas que hacer, porque se había tomado el día libre, perfectamente consciente de que nadie les iba a supervisar en esos lugares tan inhóspitos. En otras ocasiones, porque los maestros y maestras se enfrentaban a las mismas dificultades que los estudiantes: los caminos intransitables, la falta de medios de cualquier tipo de locomoción, las inclemencias del tiempo, y sobre todo la falta de motivación laboral ante una tarea a todas luces vista, bastante inútil e improductiva.

Quizá la situación de las escuelas en los bateyes fuese para mí en ese tiempo el más patente y elocuente testimonio de la nula inversión social de la familia Vicini a favor de sus trabajadores y familias. Por lo demás ¿qué interés podría tener esta familia en mejorar el nivel educativo de sus empleados cuando su analfabetismo existencial les había reportado tradicionalmente tan pingues beneficios?

 

10.- Descubrí el espantoso hastío de los bateyes, el ocio congénito, el aburrimiento total de mayores y pequeños. Los bateyes no eran sino núcleos de población dispersos en medio de un mar de cañaverales interminables, lejos de todo entretenimiento sano o diversión; almacenes de seres humanos cuya única finalidad era picar caña hasta el último aliento de su vida. Como si el ser humano no tuviera otras necesidades, como si mejorar o dignificar sus condiciones de vida fuese un despilfarro de dinero innecesario para la empresa.

Sobre todo, después del huracán Georges la mayoría de los bateyes quedaron desprovistos de la única enramada o sombrajo que les diera algo de resguardo ante el implacable sol tropical, lugar de reunión y descanso que fomentara las relaciones humanas y la socialización entre personas.

El ocio y el aburrimiento “madre de todos los vicios”, convertían el batey en un auténtico burdel de todos los vicios más inconfesables. El abuso de las mujeres, de las adolescentes e incluso de los niños, por parte de los jefecillos y los hombres en general, creaba un ambiente de inmoralidad, de degradación humana, de embrutecimiento de la persona. Una especie de lucha por la sobrevivencia, donde el pírrico sueldo de una existencia maldita – único sustento de las familias – se podía malgastar en un rato de placer con cualquier prostituta hambrienta y madre de familia o en una chata de romo que durante unos momentos pudiera hacer olvidar el espantoso rosario de miserias de estos espectros de humanidad.

Todo esto, obviamente exacerbado por el hecho de que en el batey no hay otra ley sino la de la empresa.

 

11.- Descubrí por primera vez en mi vida lo que significa la libertad, el derecho a ser libre o lo terrible que es vivir sin Libertad. Progresivamente fui cayendo en la cuenta que los cañaverales de esta familia y de la industria azucarera en general no eran sino como una gran reserva de animales, un zoológico humano: mientras el monito estuviera tranquilo en la jaula, y se dedicara a hacer las monerías que sus cuidadores le indicaran le daban de comer, y cuidarían, pero… si el mono se escapara de la jaula para ser LIBRE, su vida correría peligro. Nunca tuvo mayor sentido para mí el título del famoso libro de sicología: “El miedo a la libertad”. Eso es lo que descubrí en esas gentes, el terror a ser libres, un precio demasiado alto, algo que a nadie le compensaba.

¿Valía la pena ser libre a costa del riesgo continuo de ser deportado? ¿De caer en las redadas de la Dirección General de Migración o peor aún del Ejercito Nacional? ¿Valía la pena vivir como un prófugo, sin documentos, sin protección legal, sin estatus jurídico; sin acceso al mercado laboral; sin poder adquisitivo alguno (por falta de trabajo y estar totalmente indocumentados)?

Ellos se preguntaban y me lo preguntaba yo ¿Cuáles eran las ventajas de estos trabajadores, de estos hombres y mujeres confiados a mi cuidado pastoral, de luchar por la libertad? ¿Mejoraba en algo su calidad de vida por el hecho de ser libres? No. Y en ese caso ¿no era mejor  vivir esclavizados en las malditas plantaciones azucareras teniendo al menos un precario techo sobre sus cabezas y un abusivo trabajo que al menos le posibilitara sobrevivir cada día junto a sus hijos?

Al ver padecer a estas pobres gentes me pregunté por primera vez en mi vida:

¿Qué es ser libre?

¿Para qué les servía a los pobres la libertad si por ella su vida se volvía más miserable aún?

Era un espectáculo espantoso. Me resultaba completamente aterrador contemplar a esos prepotentes guardas campestres a lomos de sus caballerías, rifle en mano y la gorra con las siglas “ICC” (Ingenio Cristóbal Colón, el ingenio de la factoría azucarera perteneciente al Consorcio Vicini), patrullando las plantaciones de sus amos. Atentos sobre todo a los posibles intentos de fuga de los braceros reclutados y traídos desde Haití entre engaños, amenazas y falsas promesas.

¡Cuántos pobres muchachos haitianos, aterrados, confundidos, desorientados, muertos de miedo, trataban de fugarse de las plantaciones, al amparo de la noche, escondidos entre cañaverales, sin saber a dónde ir! ¡Cuántos eran atrapados como animales, arrastrados de vuelta al batey, encerrados en la caseta del abono o cualquier otra improvisada mazmorra, durante días y noches, al capricho de los jefezuelos de turno. Sin beber, sin comer sin apenas dormir, durante días interminables… para escarmiento del propio individuo y ejemplo disuasorio de sus compañeros!

¡Cuántos, en su encierro carcelario, eran brutalmente apaleados a planazos de machete, produciéndoles terribles heridas físicas y emocionales! ¡A cuantos, año tras año, se les confiscaban sus humildes mochilas y petates para que a falta de sus pertenencias no sintieran la tentación de escapar de ese “estado dentro de un estado” que era el cañaveral!

Y en ese “estado dentro de un estado” que era y sigue siendo el campo de caña, descubrí que allí no había ni más ley, ni más derechos, ni más código penal o laboral, ni más acceso a la justicia que la palabra caprichosa de una familia, la palabra de la familia Vicini, ejecutada por sus serviles subalternos.

Palabra que únicamente velaba por proteger la avaricia económica y aumentar una fortuna ya de por sí, incalculable.

No dudé desde ese momento en denominar la falta de libertad de los trabajadores: privados de libre tránsito; del derecho a congregarse; de la libertad de culto; privados del derecho a asociarse en sindicatos independientes y a expresar sin temor a las represalias sus propias opiniones (tal como consagran los diversos artículos de la Constitución Dominicana); no dudé en denominarlo: TERRORISMO EMPRESARIAL.

 

12.- Descubrí que nadie tenía derecho a un documento de identidad o laboral y que no era casualidad, tanto por parte de la empresa como de las autoridades del estado. De esta manera, era muy fácil retener al trabajador en la plantación gracias a este limbo legal. Era evidente que las autoridades migratorias jamás llevaban a cabo redadas para deportar haitianos dentro de las plantaciones, ya que dicha perdida de mano de obra barata cuasi esclava afectaría los intereses económicos de estas riquísimas familias. Sobre todo, teniendo en cuenta que a estas familias el Estado las veneraba con terror ante su omnipotente poder. De esta forma, la privación de un documento suponía que el individuo y su familia carecían de estatus legal en el país, por tanto, no existían. Y si no existía legalmente ¿¡cómo podía reclamar sus derechos!?

 

13.-  Descubrí, para mi asombro, que había sido enviado a pastorear una grey que no sólo carecía de la posibilidad de reclamar sus derechos, sino que, mucho peor, aún ni siquiera entendía el concepto “derechos”. Es decir, cuando trataba de explicarle a la gente, de manera individual o colectiva que tenía derechos y que era importante que los reclamaran y exigieran, me miraban como si hubiese venido de otro planeta; no entendían nada; era un lenguaje que les resultaba tan ajeno; algo que en todo caso era para la gente blanca, no para los prietos. Asentían con la cabeza pero no entendían nada, definitivamente, ni la palabra ni el concepto formaba parte de su situación existencial.

Sólo Dios sabe las horas y los días y los años que habremos invertido para explicarles a las gentes la palabra “derecho”. Resultaba tan desesperante decirle a un hombre, por ejemplo: “es que usted tiene derecho a que le paguen en dinero en efectivo, no con vales y recibos” Sencillamente no entendía nada. O a una mujer con su niño gravemente enfermo entre sus brazos: “señora, vaya al hospital, usted tiene derecho a que le atienda gratis porque su marido, que es empleado de esta empresa está pagando un seguro…” Se me quedaba mirando, asentía con la cabeza, pero a continuación me repetía por enésima vez: “no puedo ir porque sin cuartos no me atienden”.

A este respecto, uno de los momentos más importantes de todo este proceso fue la tarde que repartimos cientos de ejemplares de divulgación de la Constitución Dominicana a los trabajadores. En su enfado, los superintendentes y demás jefes nos repetían que para qué tenía la gente que saber esas cosas, que lo único que queríamos lograr era soliviantar al personal.

Y por último, siempre me quedaba la duda de si valía la pena hablarles a estas gentes de cosas que aparentemente eran – al menos en un principio – inalcanzables para ellos. Andando el tiempo habría de descubrir que no sólo había valido la pena, sino que se había convertido en uno de los pilares de toda mi misión pastoral, siguiendo la voz del Evangelio y de manera específica la enseñanzas de la Constitución Pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual del Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes.

 

14.- Descubrí horrorizado gracias a una sería de circunstancias fortuitas que dentro de los límites de mi parroquia y junto al los bateyes de Cayacoa y Dos Hermanos correspondientes a la familia Vicini había un Cementerio clandestino, lleno de enterramientos. Algunos se notaba que eran antiguos; sin embargo, otros eran evidentemente tumbas muy recientes, ya que la tierra estaba removida.

Había tenido noticia de este lugar por uno de los “buscones” o traficantes de braceros al servicio del Consorcio, llamado Darío. Me confío el hecho de que uno de los máximos responsables del tráfico anual de braceros desde la frontera llamado Merité, había golpeado a un hombre al subirse al autobús en el campamento clandestino de la frontera más allá de Duvergé y al llegar a las tres de la mañana al batey de Copeyito de la familia Vicini, estaba muerto. Me contó como los jefes del Consorcio rápidamente, sin orden judicial, ni permiso del Ayuntamiento, ni presencia de médico legista alguno, habían metido el cadáver en una improvisada y destartalada caja, lo habían cargado en una carreta de caña, tirada por un tractor y lo habían trasladado de madrugada a dicho improvisado cementerio, en medio de un cañaveral y, tras previo pago de unas botellas de aguardiente a dos haitianos, lo habían enterrado precipitadamente como si nada hubiese pasado.

¡Cuántas veces me quedé mirando ese cementerio con sus cientos de promontorios de tierra removida! Siempre pensaba en todas esas tumbas, en esos muertos; gente inocente, enterrada como animales, sin cruz, sin caja, sin lápida, sin nombre, sin fecha, sin responsos… Una industria despiadada para quien sus muertos eran sólo eso: simple chatarra y… abono de la tierra para su maldita caña. Pensaba en todas esas madres, en las esposas y los hijos que ellos pensaban en Haití que estaban vivos y que sencillamente se habían olvidado de su gente y que, sin embargo hacía tiempo que yacían bajo el mismo lodo de la caña que poco a poco les había ido devorando.

 

15.- Descubrí algo para mí hasta entonces totalmente desconocido: que la caña la sembraban niños y niñas pequeños de siete a doce años. Era el Trabajo infantil. Por unos veinte céntimos de euro, un niño podía trabajar toda la mañana al servicio de un ajustero. Era espantoso, te partía el corazón ver esos pequeñines cargados con brazadas imposibles de caña para esparcirlas por los interminables surcos arados para la siembra. Desde las seis de la mañana, vestidos de harapos, medio desnudos, cuando todavía no había amanecido el sol; ya andaban descalzos hacia los sembrados esa turba indigente de chiquillos dispuestos a arañar unas moneditas que aportar a la pírrica economía familiar.

Niños que nada habían sabido de juegos, ni de cuentos, ni de sueños, ni de ropa limpia, ni regalos de cumpleaños… niños para quienes la Navidad no era sino un día más de absurda miseria; niños y más niños para una industria insaciable; niños que manejaban mucho mejor el machete que el lápiz de colores; niños para una nueva generación de vidas arruinadas por la brutalidad de una industria cuyas raíces estaban tan hondamente enterradas y asociadas a la esclavitud para la que fueron arrastrados de las costas africanas sus antepasados.

 

16.- Descubrí que estas pobres gentes ni siquiera eran pagadas por sus labores en dinero contante y sonante, sino que se les entregaban unos vales que únicamente podían ser cambiados en el colmado – la tiendecita de ultramarinos – de la misma compañía, ubicada en el mismo batey y del que el bodeguero se quedaba con hasta un diez por ciento del valor total al realizar la compra de comestibles. Esta práctica ha estado terminantemente prohibida por Organización Internacional del Trabajo (OIT) y por el Código Laboral Dominicano desde hace muchísimos años, pero ¿de qué sirven las leyes y los tratados internacionales si no hay quien vele y exija su cumplimiento con el riesgo de ser sancionados?

 

17.- Descubrí que los miles de empleados de la familia más rica de la República Dominicana y sus dependientes, carecían – y siguen careciendo – de todo acceso a la energía eléctrica, lámparas de aceite o keroseno, unas velitas o los resplandores tenebrosos de una triste fogata a la entrada del barracón, han sido y siguen siendo, toda la iluminación disponible para esas noches fantasmagóricas que abrazaban los bateyes y sus habitantes en un viaje a través de un túnel del tiempo hacia siglos pasados y olvidados.

Todo un espectáculo, la penumbra del batey, que tanto recordaba los tiempos tan gráficamente retratados en “La cabaña del tío Tom”. Como si el tiempo se hubiese detenido en un lejanísimo pasado y nadie más gráficamente que los haitianos para definirlo con su clásica expresión resignada: en el batey siempre “la meme bagay” que decían en su creole natal; lo mismo que decir, en el batey todo es siempre lo mismo En el batey nunca  cambia nada.

 

18.- Aunque ya nos hemos referido a ello anteriormente, quizá uno de los descubrimientos más espantosos de aquellos primeros tiempos fue el infame Tráfico de personas. Cuanto más fui conociendo los mecanismos de toda esa trama cruel, más horrorizado quedaba. Mercancía humana al mejor postor. Traficantes o “buscones” pluriempleados por los consorcios azucareros de otros empleos de la industria, dedicados al comienzo de cada zafa al ir venir del trasiego constante de una masa de hasta treinta mil hombres, además de algunas mujeres, adolescentes, incluso niños. Gentes traídas con engaños a un mundo de sueños, de mesianismos terrenales. Una riada humana que fatalmente siempre, infaliblemente, desembocaba en el infierno del cañaveral.

La visita a los campamentos clandestinos de Puerto Escondido, el puesto militar de El Aguacate; los pingues sobornos a militares y demás autoridades; las semanas de espera en las montañas de la frontera hasta que quedara completado “el viaje” hacía los bateyes de los ingenios privados o los del Consejo Estatal de Azúcar (CEA); las hambres y las enfermedades fermentadas por las deplorables condiciones de alimentación, salubridad e higiene; la bajada de las montañas en camiones de carga al caer la noche; el traslado a las guaguas y autobuses junto al salto de agua y, a eso de las once, con la complicidad de la oscuridad, la procesión mortal de diez, quince y hasta veinte autobuses destartalados, atravesando llanuras y montañas, pueblos, ciudades y descampados, rumbo a esos campos de concentración caribeños de los que no se sale jamás: Así podía comenzar una nueva zafra.

Y en todo ese trayecto, los golpes, las amenazas, las palabras soeces de estos modernos mercaderes de miserias ¡Cuánto miedo, incertidumbres y dudas anidarán en los corazones de tantos miles y miles de seres humanos que desde hace siglos, todos los años, creyendo que al dejar sus familias y sus tierras en la certeza de un trabajo y una vida mejor, sin sospecharlo ellos, iban camino de una vida espantosa de la que no habrían de regresar jamás.

 

19.- Descubrí que igual que decían los judíos del exterminio que de los campos de concentración sólo se sale por las chimeneas de los crematorios; de los campos de caña sólo se salía hecho bagazo del ingenio para abono de los cañaverales.

Si alguien me preguntara que dónde estaría hoy la clave para que la vida de estos picadores cambiara decisivamente, sin dudarlo diría que: en el pesaje de la caña.

Definitivamente, el fraude está en el peso.

De tal manera, que en el fondo, da igual a cuanto se pague la tonelada de caña. Ya que por más que aumente el precio de la tonelada, las compañías tradicionalmente lo compensaban “calzando” los pesos.

En este sentido, algo que ha empeorado sustancialmente en las plantaciones de los Vicini, es que ahora la caña la pesan de noche, para que no pueda estar presente el picador que la picó. De esta manera, el fraude es más simple de llevar a cabo.

 

20.- Descubrí la importancia que tiene para la dignidad y la seguridad de cualquier trabajador y sus dependientes el estar en posesión de un Contrato de Trabajo. Fue esta una de las primeras reivindicaciones que desde el principio exigimos a la industria azucarera, a los ejecutivos del CEA y sobre todo al Consorcio Vicini. La inseguridad laboral dejaba siempre al empleado a merced de los caprichos y humores del patrón. Definitivamente, constaté con evidencia aplastante que el que tiene el dinero tiene el poder; que quien no tiene dinero: ni es nada ni tiene nada en esta vida sino es por la “misericordia” de su amo.

Me sorprendió tremendamente la reticencia y la aversión que los ejecutivos de la empresa mostraban, escabulléndose tras ridículas argucias legales, a otorgarles a sus empleados un instrumento laboral que regulase de manera sencilla y clara los derechos y obligaciones de obreros y patrones.

El sueño de que un día pueda cada trabajador, por humilde o insignificante que sea su oficio, disponer de un contrato de trabajo, avalado por la Secretaria de Estado de Trabajo, aunque hoy por hoy es, por ahora, sólo eso: un sueño. Y, sin embargo, es una de los logros que con mayor tenacidad perseguimos quienes en nombre de Cristo estamos comprometidos en esta causa.

Y vuelven a resonar en los oídos de mi corazón las palabras de mi querido Papa Juan Pablo II, aquella ya lejana pero inolvidable mañana de mi ordenación sacerdotal:

“Queridos hijos, comprometeos en todas las causas justas de los trabajadores…”

 

21.- Descubrí a lo largo de estos años algo espantoso, algo inimaginable e inaudito, algo imposible de entender para quien no lo ha vivido: el terror.

El miedo como el motor, la gasolina que hacía funcionar esta industria y causa eficiente de todo un sistema productivo. El miedo es algo que no puede ser fotografiado, contabilizado en una estadística; ni puede ser cuantificado; ni es algo que se pone y se quita.

Descubrí que la piedra angular del entramado de estas empresas era el terrorismo industrial. Sin el miedo, todo se desmoronaba. El terror era como el pegamento que mantenía diabólicamente cohesionada toda la cultura de la industria azucarera.

Era un miedo inculcado desde que se nace en el alma de los más pequeños; un terror que se transmite de padres a hijos, de generación en generación, como parte de su desgraciada herencia. Quien no ha vivido aterrorizado toda su vida, es imposible que entienda lo que es de verdad el miedo. Miedo a todo, miedo a todos, miedo porque uno sabe que no es nada ni tiene nada seguro en este mundo, miedo al amo, miedo a los demás, miedo a los jefes. Un miedo que convierte al ser humano en un mentiroso patológico; un miedo que lleva a mentir, por todo y por cualquier cosa; para sobrevivir. Gentes que vivían aterrorizadas todos los días de su vida. Un terror que destruye a la persona moralmente y la convierte en un zombi laboral.

 

22.- Descubrí al entrar por la famosa “puerta de tubo” a las plantaciones azucareras que la vida humana, la vida de estas pobres gentes no valía nada. Descubrí que para estas empresas, para estas familias multimillonarias la vida humana era sólo un instrumento de trabajo y que con ella se había establecido una relación puramente utilitarista, “de usar y tirar”; que los empleados eran “material desechable”; las mujeres y los niños un estorbo necesario como apéndice incómodo del bienestar de sus empleados.

Descubrí horrorizado y escandalizado que los miles de bueyes que arrastraban las carretas de caña hasta las estaciones de pesaje tenían seguro – cada uno, cada buey – su póliza de seguro. Descubrí que si un buey sufría un accidente, inmediatamente se llamaba al veterinario que venía a toda prisa al lugar más recóndito para atender al animal; sin embargo, si un picador de sus mismas plantaciones (no digamos ya una mujer o un niño) sufría un accidente, se enfermaba o requería cualquier atención médica, nadie hacía nada por él, la familia o sus mismos compañeros tenían que pasar un auténtico calvario, una odisea hasta llegar – frecuentemente a muchos kilómetros de distancia – al primer puesto de socorro. Si después de tantas peripecias conseguía llegar a dicho puesto, con frecuencia no había medicinas, o no estaba el médico o lo referían a la ciudad (unos cincuenta kilómetros de distancia). Si conseguía llegar a la ciudad, y si conseguía que allí alguien le atendiera, era frecuente que el pobre hombre no tuviese dinero para pagar el medicamento y mucho menos, dinero para pagarse el pasaje de regreso a su batey.

Mientras estaba herido el picador, lógicamente no podía trabajar, mientras no trabajara, no cobraba, mientras no cobrara no comían ni él ni su familia.

La triste ironía de todo esto es que el buey no pagaba seguro pero estaba asegurado y recibía atención médica; al contrario, el picador sí pagaba su seguro pero no recibía la atención médica a la que tenía derecho.

Luego comprendí que había una macabra lógica de tras de todo esto, era sólo cuestión de números, en definitiva, pura y simplemente de dinero. Un buey le costaba a la empresa cerca de treinta mil pesos, pero traer un haitiano engañando y traficado desde su casa en Haití hasta las plantaciones del Este del país no costaba más de tres o cuatro mil pesos, después de haber pagado transportes y sobornos varios.

Resumiendo, un buey era mucho más valioso a la empresa que un ser humano.

 

23.- Descubrí muchas cosas más pero no les canso con más “descubrimientos”. Sin embargo, en la macabra lógica de la empresa hay dos personajes que sobresalen con nombre propios. No se trata de los dueños, ni de altos ejecutivos, no son los nombres de algún accionista señalado. En realidad me refiero a dos personas, aparentemente pobres, casi siempre mal vestidos; uno es incluso de origen haitiano, el otro dominicano, y no obstante se trata de dos individuos absolutamente claves para el funcionamiento rentable de toda la industria. Dos nombres malditos para todos los trabajadores de los bateyes, sobre todo y ante todo, para los picadores.

Uno se llama Merité y el otro Profeta.

Sólo conocemos sus apodos o pseudónimos, pero les aseguro que los Vicini conocen esos dos nombres muchísimo mejor que el de cualquier ejecutivo o accionista de la empresa. Y les garantizo que con  muchísima más facilidad serían capaces de despedir al mismísimo presidente de la compañía, Campos de Moya, que a cualquiera de ellos dos.

La misión de Profeta son los pesos. Profeta se pasea todos los días sobre todo en tiempo de zafra, de batey en batey, de estación de pesaje en estación de pesaje; sin prisa, en su tractorcito destartalado marca FIAT (todos los tractores y toda la maquinaria agrícola de los Vicini es de esta marca italiana dado que son accionistas importantes de dicha multinacional) y un remolque amarillo que rueda de milagro. Su sola presencia mueve a la compasión: viejito, desaliñado, bajito, “pocacosa”… Nunca las apariencias engañaron tanto como en el caso de este personaje. Su misión en teoría es arreglar las estaciones de pesaje: las cadenas, las poleas, los motores de gasoil que levantan la caña… Sin embargo, en la práctica su trabajo es otro muy diferente. Profeta es el hombre que “calza” los pesos, los truca para que no pesen lo que tienen que pesar. Para que la empresa pueda seguir robando y estafándole a los miles de braceros que para su asombro y pasmo ven que todas las carretas, lleven la cantidad de caña que lleven, siempre, misteriosamente, pesan lo mismo.

Da igual a lo que los Vicini o el CEA o los Fanjul paguen la tonelada de caña cada año. Profeta es el hombre responsable de equilibrar los presupuestos de los Vicini. Personaje, por tanto, mucho más importante que el mismísimo Director Financiero de la corporación.

Profeta no hace todo esto, claro está, por amor a la Compañía. Profeta se mete en el bolsillo miles y miles de pesos cada día del dinero robado a los pobres picadores de caña. Pero Profeta es listo y sabe con qué empleados tiene que repartir los pingues beneficios.

Por eso, si alguna vez vais a los bateyes de los Vicini y os cruzáis en cualquier carril con un tractorcito rojo destartalado con un remolque amarillo, que no os engañen las apariencias, ese tractorista lleva los bolsillos llenos de los fajos de billetes de los Vicini y la sangre, el sudor y las lágrimas del pueblo haitiano.

El otro personaje es Merité.

Es una pieza absolutamente clave, entre otras cosas, porque sin él, Profeta jamás podría hacer lo que hace.

Merité es muchas cosas para la empresa. Oficialmente, en la nómina figura como guarda campestre del batey Contador del Consorcio Vicini. Vive en una casa propiedad de la empresa, de color azul, entrando en el batey a mano izquierda.

Sin embargo, su misión fundamental, la que le hace imprescindible es la de ser el capo de todos los buscones de la empresa. Es el que desde hace muchos años organiza a toda una red inmensa de otros buscones que, tanto en República Dominicana como en Haití  se dedican a reclutar con engaños y falsas promesas a miles y miles de hombres desesperados y hambrientos.

Mientras no esté presente Merité en los campamentos de las montañas en la frontera, no hay viaje. Él lo coordina todo y maneja millones de pesos del Consorcio Vicini: para pagar a sus buscones subalternos; para pagar los camiones y autobuses que transportarán su mercancía humana; para pagar los sobornos de militares, policías y demás autoridades involucradas en tan delictivas actividades.

Merité es en ese momento dueño absoluto de la vida y la suerte de esos seres humanos; siempre va armado y protegido por sus lugartenientes (empleados también de la empresa) y allí se hace lo que diga él y punto.

Al llegar al batey Copeyito – siempre con nocturnidad para que el paso de los vehículos de oeste a este del país no sea percibida por nadie – es él quien coordina con la autoridades del ingenio Cristóbal Colón la distribución de esa masa humana a los diferentes bateyes (antes el administrador se llamaba Ricardo Hernández y en estos momentos se llama Juan Tejada).

Una vez que su cargamento ha sido transportado a los respectivos bateyes de la empresa, en carretas de carga tiradas por tractores; la misión de Merité es más de coacción y vigilancia. A lomos de su caballo, coordina con los demás guarda campestres la supervisión de los trabajadores recién llegados, para que no se escapen de las plantaciones y cumplan con los deseos de sus jefes: superintendentes, mayordomos, etc.…

Merité ha matado gente, ha hecho desaparecer gente, ha mutilado y lesionado gente. Pero Merité no tiene miedo, sabe para quién trabaja y que quienes le amparan – al menos en República Dominicana – son todopoderosos y están por encima de la ley, del gobierno y de toda autoridad. Sabe que sus jefes lo pueden todo y que nadie jamás dirá nada porque todo el mundo en República Dominicana vive aterrado de esta familia.

Recuerdo como si fuera ahora mismo que una noche en el silencio de mi capillita le juré al Cristo que con la fuerza de su gracia lucharía hasta la muerte por las gentes que la Iglesia me había confiado.

Mirándole a Él en la cruz le prometí en una oración sencilla salida de las entrañas de mi alma, que por amor a Él presente en cada uno de estos pobres, que a partir de este momento este cura no tenía marcha atrás; que este cura jamás daría un paso atrás ni para tomar impulso. Le prometí a Dios que por amor y por ayudar a estas gentes a que cambiara su espantosa vida, estaba dispuesto a sufrirlo todo: calumnias, insultos, amenazas, desprecios, seducciones, intimidaciones, peligro para mi vida. Le jure a Dios que estaba dispuesto a todo con la ayuda de su gracia, aunque me costara la sangre, incluso la vida.

Desde ese momento fui un hombre nuevo, radicalmente diferente.

Descubrí de manera existencial que el mismo día de mi ordenación sacerdotal, no sólo fui consagrado por el Espíritu para celebrar los sacramentos en nombre de Cristo; sino que, desde ese mismo instante podía decir que: “el Espíritu del Señor está sobre mí, Él me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres”. En definitiva, que no sólo había sido consagrado sacerdote, sino también profeta para mi pueblo.

No es tarea mía sintetizar, ni siquiera de manera breve, todo lo realizado para que la vida de estas gentes, sometidas a este régimen esclavista, se haya transformado tan profundamente. Otros más cualificados que yo lo harán a lo largo de esta conferencia.

Mi única razón para aceptar la invitación de los organizadores a participar de este evento es la de dar testimonio de Jesucristo, muerto y resucitado. Porque creo firmemente, con cada fibra de mi ser que sólo Él es el Señor de la historia; sólo Él es el Alfa y la Omega; solamente a Él le pertenecen el tiempo y la eternidad ¡¡A Jesucristo únicamente sea la gloria, el poder y el honor por los siglos de los siglos!!

Y no son estas palabras huecas, palabras vacías o simplemente palabras piadosas. Díganme sino ¿Qué otra cosa podría explicar todo lo ocurrido a lo largo de todos estos años apasionantes? ¿Cómo se explica que un grupito de gente tan frágil, con medios tan escasos, sin poder ni prestigio social hayan podido contribuir tan decisivamente a la transformación de toda una industria y sin temor a exagerar, de un país entero?

¿Qué otra explicación sino la de que Jesucristo siempre “escoge lo que no cuenta en este mundo para confundir a lo que cuenta”? ¿Quién sino el Señor, pudo haber realizado esta obra tan extraordinaria en tan brevísimo tiempo?

No hemos tenido otro lema y otras palabras de inspiración a lo largo de todo este proceso que las mismas palabras de Cristo resucitado a sus apóstoles:

“¡Ánimo, no tengan miedo, SOY YO!”

Palabras que, como todos bien recordamos, fueron el primer anuncio del gran Juan Pablo II tras su elección a la barca de Pedro: “No tengáis miedo, abrid las puertas a Cristo”.

¿Por qué fueron tan cruciales estas palabras de Jesucristo? Pues precisamente por todo lo expuesto anteriormente respecto del miedo como cimiento y fundamento de la industria azucarera. Dado que el miedo era el elemento fundamental que mantenía la cohesión de este sistema opresivo y esclavista; era congruente pensar que únicamente en la medida en que un grupo de mujeres y hombres intrépidos y apasionados por una causa se atreviera a vencer el miedo; fuesen valientes y decididos.

No me cabe la menor duda de que la clave del extraordinario éxito que entre todos hemos logrado está en el entramado de gente providencial que el Señor fue llamando a comprometerse en una misma causa; esa gente que fue respondiendo a la llamada de Dios y que iba apareciendo justo en el momento oportuno; gente dispuesta a todo; gente generosa; gente maravillosa; gente de una calidad humana y cristiana que yo no había conocido jamás; gentes que aportando lo mejor de sí mismos, han dejado para siempre una huella imborrable en la historia de este maravilloso país llamado República Dominicana, contribuyendo decisivamente en la transformación de una industria y en las secuelas de un régimen típicamente esclavista. Gentes, por último con las que ha sido un verdadero honor trabajar; gentes por las que siempre habré de dar gracias a Dios por haberlas conocido.

Es verdad que esta apasionante historia ha tenido protagonistas y quiero hacer justicia al señalar claramente quienes son. Sin embargo, permítanme a modo de preámbulo, aclararles quienes definitivamente no son los protagonistas de esta historia.

Que no quede sombra de duda. El que es menos es protagonista de esta historia es el Padre Christopher Hartley Sartorius.

Tampoco son los protagonistas ni mi querido amigo el Padre Pierre Ruquoy; ni la doctora Méndez; ni la Embajada de los Estados Unidos; ni Amnistía Internacional u otra de las organizaciones de Derechos Humanos; ni lo es Sonia Pierre; ni Céline Anaya o los demás magníficos organizadores de este evento.

Los verdaderos protagonistas de esta historia de lucha y sacrificio, coraje y transformación social y humana, son los trabajadores de la industria azucarera.

Sé que todos mis compañeros de esta causa comparten conmigo de todo corazón esta percepción.

Los son los trabajadores, por muchas razones: porque se fiaron de nosotros; porque han sufrido en su carne y en su vida, desde generaciones y generaciones el peso de esta lacra social y el estigma que sella sus vidas desde que nacen en el batey o llegan a él; lo son porque ellos se lo han jugado todo en este proceso, la vida, el puesto de trabajo, su seguridad personal, la pérdida de su vivienda, las amenazas a ellos y a sus familias, la marginación por parte de la empresa… Son los protagonistas porque son los protagonistas de la misma injusticia que todos combatimos. Son los protagonistas porque nosotros tenemos a donde ir, tenemos otras seguridades y estructuras que nos amparan y protegen.

A todos esos trabajadores que cada día de su vida sufrieron la injusticia, el abuso, el atropello, el golpe, la estafa, el sentimiento de impotencia ante el rico y el poderoso. A todos esos hombres, mujeres y niños; a todos esos ancianos que hoy languidecen a la puerta de un barracón esperando la misericordiosa muerte, como único fin a una vida absurda, irrelevante, de innecesarias penurias, fruto de la avaricia de una industria y la codicia de unas familias. A todos ellos, como pedazos de un Cristo roto, siempre con angustias de Gólgota en el alma; a todos ellos rindo hoy homenaje, porque solamente ellos saben lo pesado que es el yugo que la industria del amargo azúcar les ha impuesto durante siglos.

Beso en cada uno las llagas de un Cristo, crucificado en incontables calvarios; parapetados tras los inmensos muros de los interminables cañaverales de la República Dominicana.

A todos ellos doy las gracias, porque sin conocerme de nada, me acogieron en sus vidas, me abrieron sus corazones, creyeron en mí sin haber hecho nada yo para merecerlo; gracias todos ellos porque mucho más allá de unas reivindicaciones concretas, me ofrecieron su amistad incondicional y la fidelidad a la palabra dada.

¡Y qué bien dice la Palabra de Dios que: “quien encuentra un amigo, encuentra un tesoro”! En esos campos ahora para mí lejanos he dejado cantidad de amigos, amigos fieles, amigos cuyos nombres y rostros me acompañarán siempre y no olvidaré jamás. En esos campos yo he dejado un tesoro, el tesoro más maravilloso, el de los amigos. Amigos haitianos y dominicanos, amigos con quienes he compartido el arroz con habichuelas y el Evangelio. Amigos con nombre y apellidos; amigos estupendos; amigos que me ayudaron a darme cuenta – como radiografía de mi alma – lo pobre que era yo por dentro; amigos que me enseñaron a confiar en Dios cuando no se tiene nada, y que me enseñaron que Dios es Padre y que es bueno y nos ama.

¡Cuánto han enriquecido mi vida los pobres y cuanto han empobrecido mi vida los ricos en todo lo vivido a lo largo de estos diez años!

Quizá, llegado a este punto muchos de ustedes se pregunten, si después de tantos años y tantos esfuerzos, han cambiado las cosas y ha mejorado la vida de estas gentes.

¡Claro que sí ha cambiado!

Todos hemos sido como eslabones de una misma cadena, donde cada uno tuvo un papel imprescindible que jugar. Donde la fidelidad y la perseverancia de unos hicieron posible la de otros. Qué duda cabe que los sacerdotes de esta historia aquí presentes, hemos tenido un papel imprescindible e insustituible, pero ¿de qué habría servido nuestro “ser voz de los sin voz”, si no hubiésemos tenido a nuestro lado, hombro con hombro, el magnífico equipo de periodistas, comunicadores, fotógrafos, realizadores, escritores y gentes del mundo de las comunicaciones para hacerse eco de nuestra voz? Y ¿quién nos hubiese hecho caso sin la colaboración y la presencia en los bateyes como el Embajador de Los Estados Unidos de América, Hans Hertell; la Embajadora de España, María Jesús Figa; el Embajador de la Unión Europea, Miguel Amado; o el Embajador de Francia, François-Xavier Deniau?

Es impresionante, cuando uno piensa que al día siguiente de la visita de estos Embajadores a los bateyes de los Vicini, el 6 de Febrero de 2004 (visita que por todos los medios trató la familia Vicini de impedir); la compañía derrumbó todos los barracones de madera de los bateyes de Cánepa, Brujuela Norte, Cayacoa, Amelia, Peguerito, entre otros. Barracones que habían albergado las miserables vidas de estos braceros durante más de sesenta años. No tenían esos embajadores obligación alguna por su cargo de realizar tan delicada visita ¡pero la hicieron! Y ese, entre otros muchos, fue el fruto de su generosidad y valentía. Nadie iba a derrumbar un barracón sólo porque yo lo visitara.

Repito, todos hemos tenido una misión, limitada en el tiempo y en las realizaciones, pero misión que ha posibilitado la de otros. Ha sido el conjunto de todos los esfuerzos lo que ha hecho posible tantos cambios en tan poco espacio de tiempo.

 

Los cambios más notables que podría enumerar en estos momentos como fruto de nuestros esfuerzos serían:

a.- El pago en efectivo y no en vales.

b.- Ha cesado la violencia física de los jefes.

c.- Ya no se trafica con seres humanos, al menos en las cantidades que se hacía en años pasados.

d.- El respeto a la libre circulación de personas desde y hacia los bateyes sin temor a coacción.

e.- La eliminación de las peores formas de trabajo infantil.

f.- La carnetización de los trabajadores.

g.- El mejoramiento de la estructura escolar con la participación decisiva de de la Secretaría de Estado de Educación.

h.- El mejoramiento del alojamiento de sus trabajadores, con cocinas, duchas, letrinas…

Estos cambios son ciertos y constatables; sin embargo, muchos podrían preguntarse ¿por qué se han producido dichos cambios precisamente en estos últimos tiempos?

Creo sin temor a errar que todo lo vivido ha sido parte de un larguísimo proceso. Una historia que tiene muchos nombres propios de hombres y mujeres que dieron lo mejor de sí mismos a lo largo de estas últimas décadas. No obstante, estoy convencido de que este muro aparentemente inexpugnable comenzó a derrumbarse y se desmoronó completamente, al punto de que ya sería totalmente imposible levantarlo de nuevo tal como existía en el pasado, porque en una época providencial de la historia, el Buen Dios escuchó el grito de su pueblo, tal como lo hizo en otro tiempo con Israel en Egipto, y suscitó colaboradores que se enfrentaron a tres de las familias más poderosas de la República Dominicana, las familias Campollo, Vicini y Fanjul.

Es decir, en la medida que se le puso nombre y apellidos al problema; según la sociedad dominicana (la Iglesia, los políticos, los comunicadores de los diferentes medios y la sociedad dominicana en general) fue cayendo en la cuenta de que no pasaba nada por decir la palabra “Vicini” en voz alta o a publicarla de manera crítica en un periódico sin temor a las represalias.

En la medida en que los dueños de estas empresas, sus ejecutivos y sus jefes a nivel de batey, se fueron dando cuenta que ya no les teníamos miedo y que esta liberación del temor también estaba contagiando hasta el más humilde bracero, en ese mismo momento la industria comprendió que había perdido todo control sobre estas aterrorizas gentes (y por temerosas no me refiero a los pobres picadores haitianos, sino también, políticos, eclesiásticos, miembros eminentes de la sociedad, los medios de comunicación).

Sin duda que de todo lo dicho se deriva una consecuencia muy peligrosa y preocupante respecto a las causas de todas estas transformaciones. Es decir, estas tres familias no han cambiado porque de repente se hayan dado cuenta de que todo el imperio que habían creado era un infierno para sus trabajadores; tampoco ha cambiado sobre todo porque el Estado Dominicano tenga la firme voluntad de hacer ¡por fin! cumplir las leyes e implantar de una vez por todas el estado de derecho en los campos de caña. Las cosas no han cambiado porque estas familias hayan tenido una sincera conversión de su corazón. Lamentablemente no es así.

Las cosas han cambiado (¡¡y esta es la más grande de todas las ironías!!) porque estas tres familias tienen miedo, porque el Estado Dominicano tiene miedo.

Tienen miedo a ver su imagen dañada a nivel internacional; tienen miedo a que se vean dañados sus intereses económicos; tienen temor a que quede perjudicadamente la industria del turismo; tienen miedo a perder la cuota preferencial americana y que no se les abra el mercado de la Unión Europea; tienen miedo a que por el deterioro de su imagen y el nombre de su familia se produzca un “efecto dominó” hacia sus otros negocios y empresas; tiene miedo a perder los préstamos internacionales con créditos blandos. Tienen muchos miedos inconfesables.

Los ricos también tienen miedo. Otros miedos diferentes a los que puedan atenazar el corazón de un pobre picador de caña, pero miedo al fin.

Y como lamentablemente, el mundo lo mueve el dinero y el poder. El Estado Dominicano y estas tres familias, en definitiva, sólo han cambiado: POR DINERO. O mejor dicho, por temor a que se vean afectados sus intereses económicos.

Por ello, para que no nos engañemos y no nos confiemos con la ya logrado, es bueno recordar que únicamente en la medida en que se mantenga un presión creativa (es decir, adaptable a diferentes escenarios y cambios en la situación de cada momento, con los cambios de estrategia necesarios adaptados a cada nueva situación), una presión constante y tenaz; podremos lograr la transformación de una industria esclavista a una actividad laboral, en la que los derechos y obligaciones de obreros y patronos sean respetados y exigidos por el Estado. Siendo el mismo Estado el primero en cumplir la ley, para luego poder así exigir su cumplimiento a los demás.

Doy por bien empleados todos los sufrimientos a los que me ha sometido y sigue sometiendo la familia Vicini: las campañas de difamación; las huelgas que han financiado en San José de Los Llanos; las amenazas de muerte con las que pretendieron en vano aterrorizarme; las calumnias que han difundido de mi por la radio, la TV, la prensa escrita; la presión a la que han sometido a la jerarquía de la Iglesia dominicana, la Nunciatura y la Santa Sede; el dinero que le han dado y le siguen dando a los nuevos sacerdotes de San José de Los Llanos (incluido el nuevo y flamante vehículo que les acaban de comprar) y al obispo de San Pedro; la financiación del periodicucho “El Llanero” que aún hoy sigue repartiendo infamias sobre mí y sobre tantas personas buenas que siguen dando – mal que le pese a los Vicini – lo mejor de sí mismos en los bateyes, por todo el país, a la sombra de la impunidad legal que los Vicini les proveen; la contratación de la famosa Anita Parlow y su inseparable lacaya, Carmen Ogando, para manipular a los trabajadores con falsas promesas y restañar la maltrecha imagen de esta todopoderosa y omnipresente familia en la República Dominicana y en el extranjero.

¡¡Cuánto dinero mal gastado!! ¡¡Cuánto dinero que no sirve para nada!! ¡¡Cuánto dinero derrochado para no tener que confesar su impotencia y frustración!! ¡¡Cuanta torpeza para no tener que humillarse ante la evidencia de los hechos de la historia!!

Le ofrecí a Dios mi vida y todos los sufrimientos que la entrega conllevara comprometerme, lo digo una vez más en palabras del Santo Padre: “comprometeos en esta justa causa de los trabajadores”. Jamás he dado un paso atrás “ni para tomar impulso”; tampoco con la ayuda de Dios quiero darlo ahora. La cobardía separó en el espacio a un pastor de su rebaño; sin embargo, nadie podrá arrancar las ovejas de mi corazón. A todas las recuerdo por su nombre, a todas las llevo sobre mis pobres hombros, a pesar de la injusta distancia que la cobardía de otros me ha impuesto. Por todos oro a Dios, y a todos les digo desde la distancia: “nos veremos, nos veremos de nuevo, en la tierra ¡o en el cielo! Que para todos espero con fe teologal.

Un misionero – porque dice el Maestro que “el siervo no es más que su señor” – no puede correr otra suerte que la de Cristo; por eso ni he esperado ni he merecido, ni he querido otro premio que no fuera el madero de la cruz. ¿Mi mayor honor? ¿Mi más grande alegría? Haber sufrido junto a Cristo y por amor a Jesús.

Sé que Santa María siempre ha estado a mi lado, como lo está al pie de cada Calvario donde – aún hoy – los ricos y los poderosos siguen crucificando a su Hijo Jesús en los pequeños y en los pobres; en los que no son nada ni nadie en este mundo.

Santa María de la Altagracia o Nuestra Señora de Perpetuo Socorro, como la invocan los pueblos dominicano y haitiano. Ella es la Madre que ha consolado nuestros pesares; limpiado nuestras muchas lágrimas; animado en los momentos de desaliento; confortado cuando caímos bajo el peso de mil cruces, cuando las piedras de los esbirros de los Vicini caían sobre las planchas de cinc de pobres familias llaneras indefensas por el único delito de permanecer firmes junto a su párroco.

¡Gracias Madre, por permanecer junto a nuestras cruces! ¡Y ven con nosotros al caminar – hoy una vez más – para que siempre permanezcamos junto a tu Hijo! Tú, que has saboreado el amargo sabor de la caña y todas las amarguras de tu pueblo ¡alienta nuestra fe para que esta apasionante misión sea para tu pueblo la aurora de una vida mejor!

Por último, gracias desde lo más hondo de mi corazón a todos los que me han ayudado, inspirado y alentado en esta apasionante aventura, en estos apasionantes años de ministerio sacerdotal vividos para santificar y pastorear al pueblo que me fue encomendado, junto a tantas buenas gentes.

Gracias a mi familia que desde el silencio y la distancia con el consejo y la oración, nunca me han dejado solo a lo largo de estos veinticinco años de sacerdocio junto a Cristo.

Gracias al pueblo de San José de Los Llanos, que conmigo han trabajado sin desfallecer por el Reino; pueblo de gentes laboriosas, buenos dominicanos, honrados y humildes, a quienes considero verdaderos amigos y como mi auténtica familia.

Gracias a tantos amigos dominicanos de los cuatro puntos cardinales de esa bendita tierra quisqueyana con quienes he podido caminar “tras las huellas de los braceros.”

Gracias a Cristo y a la Iglesia: “que se fió de mí y me confió este ministerio”.

Gracias al Padre Antonio Diufain, amigo bueno y fiel, que me llevó a la República Dominicana y siempre estuvo a mi lado, junto a sus fieles de su parroquia de San Antonio de Padua de El Puerto.

Pocas cosas hay más genuinamente cristinas que el perdón. Pues perdón pido por todo lo que no supe hacer mejor, por mis torpezas y cobardías. Perdón pido por no haber amado más; por no haber sido más valiente; por no haber vivido con mayor coherencia el radicalismo evangélico; por no haber servido con mayor generosidad hasta el agotamiento y la extenuación. Perdón pido a cada pobre, por no haber logrado para ellos la vida que Dios, como Padre, para ellos siempre soñó.

Gracias a toda esta gente maravillosa de París, que con tanta tenacidad, a pesar de los reveses y contratiempos, han sacado a delante este ciclo de actividades, a pesar de tantas dificultades.

Gracias todos en el corazón de Dios.

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