09 feb 2014

Intervención del Padre Christopher Hartley Sartorius. Presentación del libro de Jesús García “Esclavos en el Paraíso”

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Hotel Miguel Ángel, Madrid

12 de noviembre de 2012

Dice maravillosamente Su Eminencia el Cardenal Don Antonio Cañizares en el prólogo del libro, que Dios es el verdadero protagonista de esta historia. Y así lo es, todo lo que allí ocurrió y sigue ocurriendo fue y es obra del poder y la misericordia de Dios.

Pero hay otros pequeños protagonistas, y es que para mí los trabajadores, los picadores de caña, esos seres socialmente insignificantes e irrelevantes, mera chatarra humana de una todopoderosa empresa, siempre han sido y siguen siendo hoy, desde el principio, los verdaderos protagonistas de esta maravillosa aventura:

-aventura de fe y de confianza en Dios.

-aventura de lucha sin cuartel ni descanso.

Y sin embargo, a los ojos de Dios gente maravillosa y preferencialmente amada por Él.

Os quiero mostrar de viva voz el gesto extraordinario que han tenido los trabajadores, al tener conocimiento de la publicación este libro y de la coincidencia con el 30 aniversario de mi ordenación sacerdotal por el Papa Juan Pablo II, el 8 de noviembre de 1982.

Por eso. Antes de intervenir yo esta noche, os hemos preparado una pequeña sorpresa. Sorpresa que servirá seguro para corroborar lo que os acabo de decir sobre esas gentes que aún hoy viven vidas de bestias en los cañaverales de la República Dominicana.

Como todos los picadores de caña tienen conocimiento de que hoy, aquí y ahora, se ha reunido gran cantidad de gente para la presentación de un libro que habla sobre ellos, sobre el drama de su vida, sus penurias, sus esperanzas, sus penas y miserias, sus sueños y sus logros…

Al saber de este acto, se han querido unir a nosotros y nos han enviado un mensaje.

Este testimonio fue grabado hace cuatro días en los cañaverales de San José de Los Llanos. Son los maravillosos hombres y las mujeres de esos cañaverales de la que fue mi parroquia, que se han querido unir a todos vosotros para dar las gracias a todos los que siguen esforzándose en la medida de sus posibilidades para que sus espantosas vidas, cambien.

Como anécdota os diré que no hubo manera de que salieran tal como van vestidos en su día a día en los bateyes, cuando están en el corte, machete en mano, con sus ropas cotidianas.

Al saber que eso se iba a ver en España y que lo iban a ver la familia y los amigos del Padre, hubo que llevarlos a bañar y buscarles ropa limpia.

Literalmente dijeron: No queremos que el padre pase vergüenza por nuestra culpa.

Así de maravillosos son los pobres.

Mirad, por favor, las pantallas que tenéis frente a vosotros. (Proyección de vídeo)

Reconoceréis que las palabras de estas gentes y las imágenes, hablan por sí solas…

Gracias a todos por venir esta noche. Por no hacer oídos sordos al grito de los pobres.

Y es que también vosotros tenéis una misión desde esta noche; la de que nadie se olvide de ellos, de los pobres, para que no vuelvan a sumergirse en el anonimato. Y es que, sin duda, todos podemos hacer algo para que las cosas cambien.

Si es verdad que nadie puede hacerlo todo, también es verdad que no hay uno solo de vosotros que no pueda hacer algo.

Todos podemos, si nos dejamos mover por el soplo del Espíritu de Dios, ser voz y presencia de los que no tienen voz, de quienes no son más que un rostro anónimo e insignificante, invisible, un gemido estridente que nadie escucha.

 

De mí os diré a modo de confidencia que de muy joven, desde que entré en el seminario, sabía que quería no solo ser sacerdote, sino una clase muy especial de sacerdote, un modo de ser sacerdote muy concreto… QUERÍ SER MISIONERO; desde joven ya soñaba con ir a tierras lejanas, a los lugares más inhóspitos; a esas gentes que no conocían a Cristo.

Soñaba con llevar el amor a Dios a quienes no lo habían experimentado; eran lo sueños de aventura de un principiante que aún tenía mucho que aprender y no sabía de la vida, nada de nada.

Pero esos sueños, por caminos que ya estaban escritos en el corazón de Dios desde toda la eternidad, andando el tiempo, con creces se hicieron realidad y de una manera inimaginable desbordaron todas mis expectativas.

Tengo la inmerecida suerte de poder decir como pocos, que en mi caso, al volver la vista atrás, veo que la vida que me ha tocado vivir, con infinitas a creces ha superado las fantasías y sueños de mi juventud.

Muchas personas buenísimas e inmerecidas me acompañaron a lo largo de mi andadura vocacional misionera. Sin ellos, no se habría ido moldeando mi carácter, mi personalidad, mi vocación, mi fisionomía espiritual.

A lo largo de este camino, de entre todas ellas, tres nombres propios estarán para siempre ante mis ojos:

El papa Juan Pablo II, que me ordenó sacerdote y dijo, entre otras cosas, en la homilía de mi ordenación: “No tengáis miedo a comprometeros en todas las causas justas de los trabajadores”.

Don José Rivera, sacerdote diocesano de Toledo, apóstol de los gitanos y maestro de vida espiritual.

La Madre Teresa de Calcuta

Ellos fueron voz y luz de Dios en mis adentros.

Me siento orgulloso de poder decir que soy sacerdote de la “generación Juan Pablo II”

Cada uno influyó de manera decisiva a forjar mi vocación al sacerdocio, la llamada a ser misionero; y el deseo por encima de todo deseo, de ser santo.

 

Sin embrago, fue un amigo sacerdote, que como la viuda del Evangelio llamaba a mi puerta a tiempo y a destiempo. Sembrando el desasosiego vocacional tras mí regreso de Roma a Nueva York, con mi flamante doctorado debajo del brazo.

Ese hombre providencial, fue el Padre Antonio Diufaín, que hoy está aquí entre nosotros.

No me cabe duda de que entre todos contribuimos a cambiar a mejor, un poquito la República Dominicana; pero es mucho más cierto que a al menos a mí, la República Dominicana me cambió la vida.

Fue mi Rubicón.

Mí antes de Cristo y mí después.

No pretendo haceros esta noche ni siquiera un mínimo resumen de esta extraordinaria historia de  amor y de gracia que el Buen Dios me concedió vivir porque para eso se ha escrito el libro, para que lo leáis.

Esta noche sencillamente quiero dar testimonio de la gracia tan extraordinaria que fue encontrarme con Cristo pobre,

Cristo abandonado;

con el Cristo desconocido;

Con el Cristo de los bateyes y los cañaverales;

Con el Cristo del espantoso Viernes Santo donde hoy Dios llora solo y abandonado;

Al Cristo que sigue gritando desde la cruz: “Tengo sed”.

Sed de amor, sed de dignidad, la de los hijos de Dios; sed de amar y de ser amado, sed de justicia, sed de que se me respeten mis derechos humanos.

Fue allí donde me esperaba Cristo, porque Él no podía ir solo y porque yo sin Él nada tenía que dar.

Todo lo que viví, lo viví en nombre de Cristo, como presencia de Jesucristo; En el Espíritu y poder de Cristo y en nombre de la Iglesia.

Verdaderamente que a mí el encuentro con Cristo en aquellos cañaverales interminables del oriente de la RD, me cambiaron la vida.

Me cambiaron el modo de vivir el sacerdocio, me hicieron entender existencialmente todo lo que en la teoría me habían enseñado en mis años de formación; y lo que había leído en el Evangelio.

Yo, desde entonces, jamás he vuelto a ser la misma persona.

Y es que ya no sé mirar a Dios si no es en el icono de los rostros y las vidas de los hombres mis hermanos, los más pobres de los pobres. Encarnación viviente de Jesucristo que aún sigue presente entre nosotros. Que aún sigue clamando: “Tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber, estaba desnudo y me vestiste, en la cárcel y me visitaste… cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis más pequeños hermanos, A MÍ ME LO HICISTE”.

Cuando me encontré cara a cara con la vergonzosa y grosera injusticia de esas familias todopoderosas, dueñas de la industria azucarera de la RD y en realidad dueñas del país, me vino a la mente todo lo que había aprendido en mis años de formación sobre la DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA. Un cuerpo de doctrina – lamentablemente desconocida para multitudes de católicos.

Descubrí la maravilla que es la enseñanza social y sobre la justicia de los Evangelios, de las Sagradas Escrituras de los Padres de la Iglesia y el depósito del Magisterio Eclesial.

Era tan maravilloso y tan rico el cuerpo de doctrina y pensamiento que me encontré, que nunca tuve que recurrir a pensamientos extraños, ni a doctrinas prestadas de otras ideologías.

Pero esta noche, no sólo es una noche para que yo me regale o me adormezca en los recuerdos más o menos bonitos de un pasado que no volverá. Con todo lo precioso e incluso a veces heroico que haya podido ser. Me estaría aprovechando de la miseria de los pobres para hablar de mí, para ensalzarme a mí mismo a través de la colaboración con el autor de esta obra.

Por eso esta noche es también una noche para la denuncia. Esta noche, yo, sacerdote de Jesucristo, que un día daré estrechas cuentas al Supremo Pastor de cómo ejercí el pastoreo de unas ovejas, de unas gentes, que sólo le pertenecen a Él, denuncio de la manera más explicita a tres familias. Las familias Vicini, Fanjul y Campollo y denuncio a los miembros del gobierno dominicano, que  junto a otros estamentos como son algunos jueces corruptos, la policía nacional, las fuerzas armadas y otros cuerpo de la seguridad del estado, que han sido cómplices desde tiempo inmemorial de estos crímenes que sumen a miles de hombres, mujeres y niños – tanto de origen haitiano como dominicano – a condiciones de vida de cuasi-esclavitud.

Y denuncio la complicidad del gobierno de los Estado Unidos por haber permitido que durante décadas, toda esta caña cosechada con la sangre, el sudor y las lágrimas de estas pobres gentes, se haya exportado en su práctica totalidad a los Estados Unidos, sin darle la menor importancia a las condiciones en que era cosechada, por lo que a la violación de derechos humanos y laborales respecta.

El día que me marché de esos cañaverales, le juré a Dios y le juré a mis amigos los trabajadores de las plantaciones, que me llevara donde me llevara la vida, jamás les olvidaría, y que trabajaría sin descanso hasta el último aliento de mi vida por luchar para que sus vidas cambien y puedan tener una existencia digna de personas humanas e hijos de Dios.

Que pasara lo que pasara, me hagan lo que me hagan, jamás, jamás pararé hasta que esto cambie.

Quiero dar las gracias esta noche a todos los que han hecho posible esta obra, este libro:

-         A Jesús Garcia y Alex Rosal.

 

-         A mi familia que incondicionalmente me ha apoyado, acompañado y ¡sufrido! Tengo esta noche un recuerdo muy particular para mi padre, sé que le hubiese encantado estar aquí. Creo en la fe que desde el cielo me acompaña siempre. Quiera Dios que siempre se sienta orgulloso de mí.

 

-         A mi Arzobispo, Don Braulio Rodríguez Plaza, Arzobispo de Toledo y Primado de España, por su apoyo, su consejo y su cercanía pastoral. Mi vida hoy sería mucho más difícil si no fuese por que él me ha protegido siempre.

 

-         Gracias a Su Eminencia el Cardenal Don Antonio Cañizares, actual Prefecto de la Sagrada Congregación para el Culto Divino y los Sacramentos en el Vaticano. Anterior Cardenal Arzobispo de Toledo. Fue él quien me recibió en Toledo cuando me expulsaron de la RD y me envió  a Etiopía a una nueva misión. Jamás le podré agradecer suficientemente que siendo él una persona tan importante en el gobierno de la Iglesia Universal, se haya dignado poner su firma en el prólogo de esta obra asumiendo con ello las consecuencias que se puedan derivar de la publicación de este libro.

 

-         A la Doctora Noemí Mendez y a su familia, quien a pesar de tantas persecuciones, penalidades, amenazas de muerte y advertencias, sigue luchando como abogada en favor de las gentes de los bateyes. Ella es el mejor exponente de los más puro y más noble del espíritu del pueblo dominicano.

 

-         Al pueblo Dominicano, al que siempre llevaré en mi corazón. Este libro jamás hubiese visto la luz ni yo hubiese vivido lo que viví o logrado lo que logré, si tantos dominicanos no hubiesen luchado hombro con hombro a mi lado.

 

-         A todas las maravillosas gentes de San José de Los Llanos, donde pasé los años más felices de mi vida. Agradezco con todo mi corazón a los dominicanos que se han hecho presentes aquí esta noche para mostrar su cariño y su solidaridad. Y especialísimamente gracias a las gentes de mi parroquia de San José de Los Llanos que están aquí esta noche. Hay llaneros en esta sala que vivieron a mi lado todo lo que yo viví y sufrí y nunca me abandonaron, nunca me dejaron solo. GRACIAS por vuestra valentía y la fidelidad de vuestra amistad.

 

-         Gracias a tanta gente que ha orado por mí y me ha apoyado con su plegaria y sus sacrificios y a todos los que nos habéis ayudado con vuestra colaboración económica; sin vuestra ayuda, todos estos esfuerzos hubiesen sido imposibles.

 

-         Gracias a las autoridades dominicanas que sí me defendieron y cuidaron de mi seguridad personal, sobre todo cuando empecé a recibir amenazas de muerte; a raíz de la campaña que financió y orquestó la familia Vicini para que me expulsaran del país. Hago mención especial de los Generales Pérez Sanchez y Holguín la Paz, de la Policía Nacional.

 

-         Gracias muy especiales a la Embajada de España en Santo Domingo, y de manera particular las Embajadoras María Jesús López Figa y Almudena Mazarrasa, sabe Dios si yo estaría vivo hoy si no fuese por la protección que recibí del gobierno español. Y lo mismo puedo decir del Embajador de la Unión Europea, Miguel Amado y del Embajador de Francia, François-Xavier Deniau.

 

-         Gracias  a los medios de comunicación, a tanta gente que ha puesto su pluma y su voz al servicio de los pobres: en la prensa, en documentales, programas de TV, programas de radio, y ahora en libros. Sin vosotros, mi pequeña voz y el grito ahogado de los pobres no se hubiese escuchado jamás tan lejos y tan elocuentemente como ya se ha hecho gracias a vosotros ¡Seguid hablando sobre los cañaverales; que no os silencie nadie, ni el miedo ni el dinero, nadie!

 

-         Gracias a todos vosotros por venir, por estar al lado de quienes más nos necesitan; de los pobres lázaros que, aun hoy, a gatas se comen las miguitas que caen de las mesas de los ricos egoístas que los explotan.

 

Concluyo con dos comentarios o aclaraciones breves.

La primera: que este libro no es una biografía detallada de la vida del Padre Christopher. Otros libros, en un futuro no muy lejano, quizá se escribirán en esa dirección con el fin de que se conozca lo que allí de verdad pasó y sigue ocurriendo a día de hoy.

La segunda: os pido que miréis el cuadro que nos preside junto al crucifijo. No es un cuadro más. Es una imagen muy especial y muy querida para mí

Nuestra Señora de la Altagracia, patrona de la RD, que desde su Basílica de Higüey acompaña el caminar de ese pueblo dominicano tan querido y añorado para mí. A su santuario peregriné con la grey de mi parroquia en incontables ocasiones; ante Ella me arrodillé y le confié mis más secretas penas y esperanzas. Ella ha estado siempre a mi lado, me ha cobijado bajo su manto; me ha llevado siempre protegido en el entrecruzar de sus brazos. A ti Madre las gracias por enseñarme a caminar junto a tu pueblo, junto a los pequeños y olvidados de la tierra.

A ti te ofrezco todo lo que soy y todo lo que tengo.

Muchas gracias a todos por estar aquí esta noche, gracias con todo mi corazón.

PS:

Ahh!  Y si alguno se está preguntando que qué puede hacer para ayudar, una manera concreta de empezar ya es… ¡comprar el libro y regalar a otros el libro!

 

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