25 jul 2016

“Si no fuera por vosotros, mi hijo y yo estaríamos muertos”

0 Comment

  • check it out
  • check it out

Más de 20 mujeres han abandonado la prostitución en la ciudad de Gode desde que la Iglesia católica comenzara el proyecto Tamara en junio de 2015. Te contamos algunas de sus historias

 

Hanna (nombre ficticio),  30 años, una hija.

“Hermana, no quiero dedicarme a esto, pero tengo que comer”, le confesó una mañana una escuálida joven a la hermana Mery Joachim, en la puerta de uno de los principales prostíbulos de la ciudad de Gode, en la frontera etíope con Somalia. La voz de Hanna denotaba su estado de embriaguez.

Hanna es una joven etíope trabajadora, generosa, un poco tímida pero buena amiga de sus amigos. Reúne todas las características para disfrutar de una vida feliz, sin embargo, la dicha se truncó muy pronto en su vida. Cuando contaba con apenas ocho años, su padre, que era maquinista, falleció en un accidente de tren debido a una inundación fluvial. Por problemas con la familia de su padre, los hijos no pudieron heredar su propiedad, por lo que la madre comenzó a realizar todo tipo de trabajos para sacar adelante a la familia y Hanna se vio obligada a abandonar el hogar en busca de oportunidades.

Se mudó a la ciudad vecina y comenzó a trabajar como empleada de hogar, ganando tan solo 12 euros al mes. En estas condiciones, pronto se dejó convencer por los soldados que se mueven por toda Etiopía y llegó a Gode, dónde se enamoró de uno de ellos, con quién se casó y tuvo una hija. Comenzaron un negocio juntos, una pequeña tienda, pero el marido se quedaba con todos los ingresos que obtenían. Durante un año, estuvo combatiendo en Somalia, dónde ganó una buena suma de dinero, que tampoco compartió con Hanna. Finalmente la abandonó, por lo que la joven regresó a su ciudad natal y entregó la niña a su madre. Junto con una amiga, comenzó a dedicarse al contrabando, llegando a ganar 100.000 birr en un año (unos 4.000 euros). Pero de nuevo las cosas no le salieron bien, ya que en un solo día perdió todos sus ingresos cuando la policía interceptó la mercancía que transportaba para vender. Le tocaron seis meses de cárcel. Cuenta que cuando salió de prisión, había perdido toda esperanza, estaba cansada de luchar, por lo que volvió a Gode y comenzó a trabajar en los prostíbulos.

Enviaba el dinero que ganaba vendiendo su cuerpo para cubrir los gastos de la educación de su hermano y de su hija. Desde hacía tiempo, masticaba Chad (la droga local) pero además, en el prostíbulo se volvió adicta al alcohol ya que le obligaban a beber para atraer a los clientes. Pronto cayó enferma, contrayendo el virus del Sida y la Tuberculosis. En ese momento conoció a las misioneras de la Iglesia católica, quienes comenzaron a interesarse por su ella y sus problemas de salud. Había bajado drásticamente de peso, constantemente tenía que permanecer en cama… Los médicos le recomendaron que debía abandonar la vida de los prostíbulos, de lo contrario, moriría pronto. Pero ella no tenía medios para hacerlo. Aun así, se lanzó al vacío, pasando varias semanas durmiendo a la intemperie, y comiendo lo que los vecinos le daban por caridad, hasta que, viendo su situación, las misioneras decidieron buscar un padrino en España que pudiera costear sus gastos mientras se reponía de salud y asistía a las clases de costura que la Iglesia había comenzado a ofrecer en su Centro Nutricional y Educativo. Fue gracias a Hanna que surgió el proyecto Tamara.

Desde entonces, Hanna ha dejado de beber y de vender su cuerpo para sobrevivir. En su lugar, con el dinero ahorrado en el proyecto Tamara, ha abierto un nuevo negocio vendiendo carteras que ella misma ha aprendido a confeccionar. Además, ha finalizado con éxito el tratamiento de Tuberculosis y, sobre todo, es una mujer feliz que ha recuperado la autoestima y dignidad.

Tigist, 25 años, dos hijas.

Tigist tiene unos 25 años (en Etiopía la gente no suele conocer su edad exacta), dos hijas, una de 12 años y otra de 5, y un pasado repleto de desdichas que comenzaron ya en el primer momento de su llegada al mundo. Su madre y su hermana gemela murieron en el parto. Solo ella sobrevivió. Cuando contaba con apenas 2 años, se convirtió en huérfana porque su padre también falleció. Desde ese momento, Tigist fue pasando de un familiar a otro, también sus dos abuelas se ocuparon de ella hasta que fallecieron. Ya completamente sola en el mundo, con tan solo 12 años, Tigist comenzó a trabajar como sirvienta de hogar. Un buen día, cuando alcanzó los 14 años, un hombre le empezó a prestar la atención y el cariño que quizás nadie le había brindado antes, y se casó con él. A los 17 tuvo a su primera hija. Pero su suegra la rechazaba por pertenecer a una etnia distinta, y finalmente el matrimonio se separó. Emigró a otra ciudad, donde trabajó comerciando con la droga local, el Chad, y como cocinera para los soldados etíopes. Así fue cómo se quedó embarazada de nuevo, de un soldado que la abandonó por otra mujer. Cansada de luchar, perdida toda esperanza, Fatia llegó a Gode junto con sus hijas y cayó en la prostitución, contrayendo el virus del Sida, que los soldados contagian allá donde van.

Cuando las misioneras conocieron a Tigist era una mujer uraña, en su rostro llevaba siempre el ceño fruncido, estaba escuálida y muy enferma. Sus hijas vivían con ella durmiendo en un mugriento colchón en el suelo, en un pequeño cuarto oscuro y sin ventilación del prostíbulo.

Debido a su precario estado de salud, Tigist se vio obligada a dejar de ejercer la prostitución, y gracias a eso, comenzó a dejarse ayudar por la Iglesia. Los misioneros cuidaron de ella y de sus hijas cuando estuvo ingresada en estado grave en el hospital. En un punto, pensando ella misma que le quedaba poco tiempo de vida, pidió a los misioneros que se hiciera cargo de sus hijas tras su muerte. Pero se recuperó, y, gracias al programa de apadrinamiento y a la venta de estuches y carteras que ha aprendido a confeccionar en la misión, Tigist se ha podido mudar a vivir a una zona más segura y saludable para sus hijas. Gracias al amor que recibe por parte de los misioneros, su carácter ha cambiado radicalmente, ahora sonríe, es cariñosa y atenta con sus hijas y se preocupa por su educación. Además, está siempre pendiente de aquellos que la puedan necesitar y cuida de otras mujeres de la ciudad cuando caen enfermas. No sabemos el tiempo que le queda de vida, ya que inevitablemente el virus del Sida le va destruyendo por dentro, pero lo que es cierto es que gracias a la Iglesia, Tigist habrá podido vivir los últimos años de su vida con dignidad, sintiéndose amada y valorada.


Maskara, unos 28 años, un hijo.

Conocimos a Maskara porque una de las mujeres que participan en el programa nos habló de ella y de lo necesitaba que estaba. Maskara era una pobre mujer, viviendo en un mísero lugar que pronto perdió, llegando a pasar noches a la intemperie con su bebé de 6 meses.

Con esta situación, no dudamos en admitirla en el programa de costura del proyecto Tamara. Cada mañana la recogemos en la ciudad como al resto de mujeres para traerlas a la misión, dónde aprenden a hacer bolsos mientras cuidamos de sus bebés en la guardería. Los primeros días, madre e hijo venían tan sucios que las misioneras y el resto de mujeres la intentábamos convencer de que se duchara, pero ella se resistía. El niño parecía estar muerto, no sonreía, estaba siempre adormilado en la espalda de su madre, mal alimentado…

El padre de Maskara, portador del VIH, contagió el virus a toda la familia, por lo que tanto sus padres como hermanos fallecieron cuando ella era una niña. A pesar de ello, ella pudo acudir a la escuela hasta que su tío se la llevó a un lugar cerca de la frontera con Sudán. Los caminos de la vida, a menudo muy tortuosos para una joven pobre de Etiopía, la condujeron a trabajar a un campo militar, dónde fue violada. Huyó del campo y llegó a Gode. Esta traumática experiencia le protegió de no caer en la prostitución, como le ocurre a un gran número de jóvenes que aterrizan en esta ciudad del Cuerno de África.

Durante los primeros meses de su participación en el programa de costura Maskara era una mujer muy inestable emocionalmente, sus vecinos comentaban que estaba loca, que pegaba con mucha frecuencia a su hijo, que no le daba de comer… Pero poco a poco, hablando con ella, aconsejándola, tratándola con paciencia y cariño, se ha estabilizado, se ha convertido en una mujer alegre, ha aprendido a tratar con amor a su hijo, incluso se enorgullece de que el niño ha ganado peso desde que se preocupa por su alimentación. Y no solo eso, ahora se ríe, está mucho más despierto, juega con los otros niños… Maskara tiene Sida pero su hijo ha salido negativo. Recientemente, en el primer cumpleaños del niño, Maskara dijo con gratitud a las misioneras: “Si no llega a ser por vosotras, hoy mi hijo y yo estaríamos muertos”.

Observándola, nos cuesta creer que sea la misma mujer que hace tan solo tres meses decía que quería arrojar a su hijo al río… No tiene a nadie, está sola con su hijo, pero ha encontrado en la Iglesia a su familia.

*Si quieres ver más fotos del proyecto Tamara y saber más sobre la labor de la Iglesia católica en Gode, haz click en este vídeo.

  • check it out
  •  

    [top]

    Leave a Reply

    Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

    Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>