21 sep 2016

Un encuentro cara a cara con Jesucristo en Etiopía

0 Comment

Mi intención es describir y contaros: por qué y cómo un voluntariado puede cambiarte la vida o más bien, darte las herramientas para que la vayas cambiando poco a poco.

Andrés con los bebés de la guarderíaPor Andrés Díaz

Desde mi experiencia personal, un voluntariado tiene que empezar desde la mismísima Providencia Divina.

Todo comenzó en una seria reflexión acerca de mi necesidad de dejarlo todo e irme. El ritmo de la universidad, los planes muchas veces insanos (otras veces sanos), el movimiento constante y sobretodo la falta de oración y el poco acercamiento a Dios de alguna manera aceptado… me estaban consumiendo. Necesitaba alejarme. No era una huida, era una solución.

Intenté durante meses poder contactar con las Hermanitas de la Caridad en Calcuta e irme durante el verano a ayudar. Mi única determinación era la de irme lejos y solo. Quería ayudar, pero mi mayor deseo era poder Mirarle cara a cara y decirle “Aquí estoy Señor. Estoy con tus hijos favoritos, los más pobres y necesitados. Dime que quieres, por que yo, desde mi miseria solo quiero que me cambies”. Ese era mi único pensamiento mi mayor ilusión y esperanza. No quería compañía. Solo trabajo, oración y Eucaristía.

Poco a poco los planes se fueron torciendo… Una Hermana de la Caridad me pasaba el contacto de otra, esa otra con otra y esa última digamos que con una amiga suya…y de repente Calcuta pasó a ser África.

África

Me iba solo. No conocía a nadie y todo en mi vida cotidiana “estaba acabando” dando lugar al verano y por lo tanto abriendo la puerta a mi aventura…no había tenido mucho tiempo para pensar en lo que iba a hacer y prácticamente sin pensarlo ahí estaba. Solo, sin conocer a nadie.

Me movía la esperanza de un encuentro cara a cara. 

Decidí irme con un sacerdote y varios voluntarios (muy pocos y de los que sabia poco) a dar clases e impartir una especie de campamento de verano con los niños y, sobretodo, iba a estar con los que solo necesitaban eso, estar.

La aventura empezó, supongo que como Dios quiso… Un caos. Nos tocó esperar a dos chicas y a mí en el medio de África durante dos días un vuelo que no llegaba. Todo lo planeado se iba cayendo poco a poco. Pero es en esa caída de lo que tenemos planeado donde Dios va construyendo (ya que “al pobre” no le damos muchas veces otra elección).Todo empezó a ser un dejarse llevar…¡Hasta para llegar a nuestro destino de voluntariado!

Mujeres mutiladas que no sonríen

Para que os hagáis una idea, el sur de Etiopía y el Norte de Somalia (que hacen frontera), son dos zonas de muchos conflictos y desde luego peligrosas. Lo que más impacta es el miedo que tienen los niños a todo tipo de situaciones “anómalas” y el maltrato físico y psicológico que sufren las mujeres. Como la abolición del clítoris que se practica a día de hoy a casi todas las mujeres en esa zona (y en muchas más). Las mujeres tapadas con velos suelen significar que ya están mutiladas… No sonríen, son maquinas de producir bebés, heridas cosidas con espinas… Torturas deliberadas que te hacen darte cuenta de lo poco que rezamos, pensamos en esto y lo mucho que nos cuesta enterarnos de estos sufrimientos por miedo a nuestro propio dolor. Es algo que me impactó mucho, muchísimo.

Los niños los primeros días no se acercaban a nosotros. Éramos extraños en tierra ajena, en tierra de sufrimiento, injusticia y lágrimas. Éramos y somos personas que tratamos de ayudar cuando ni quiera nosotros estamos sanos. Somos personas débiles que solo sabemos afrontar el dolor de los demás, muchas veces, para esconder el nuestro.

Pero fue allí. Entre esos niños asustados que poco a poco (muy poco a poco) empezaron a saludarnos con abrazos y sonrisas (los abrazos y sonrisas más bonitos que jamás habréis visto…abrazos y sonrisas de verdad), donde me encontré conmigo mismo, o al menos con la punta del iceberg. Y donde poco a poco pude ir Viéndole. Viendo su magia, su poderío….

Las lecturas de las horas, Las Adoraciones, las liturgias, La Palabra, La Eucaristía diaria…todo ???????????????????????????????eso fue dando sentido a la tremenda injusticia que veía fuera de mi, pero también en mi interior. Comprendí que es en nuestra vida diaria donde debemos encontrar Paz. Observé esas sonrisas, besos y eternos gestos de agradecimiento de los distintos niños que atendimos y comencé a pensar que toda esa sinceridad es la que deberíamos llevar a nuestro mundo. Tenemos que llevar África a España. África a todas partes.

La oración me ayudó mucho y no sentía miedo. No me daba miedo donde estaba. Me levantaba agotado y feliz y me acostaba más agotado y feliz. Es en la miseria donde se crean relaciones de verdad y es a través de Él donde las relaciones cobran sentido, pureza, humildad y a veces hasta amor por la humillación. Todo se vuelve un reflejo bonito y duro de su Cruz, que en esos momentos puedes ayudar a cargar gracias a las fuerzas y espíritu que te da ese encuentro, lento y agradable, cara a cara. Sincero.

Cara a cara con la pobreza, con la injusticia, con el maltrato, con la soledad, con el hambre…poco a poco te sientes un pobre entre los pobres. Ya no piensas en tu país, no tienes fuerzas. Solo vives por ellos. La soberbia va desapareciendo y te vas olvidando de ti mismo. Es en ese olvido donde te encuentras con el “yo” que Dios puso en cada uno de nosotros.

Estábamos en el desierto: un gran río donde ves como los niños se bañan mientras las mujeres lavan la ropa, grandes árboles, muchas sonrisas, mucho trabajo y mil y una conversaciones. Las conversaciones de personas cansadas, pero que ya no miran por si mismas y solo están volcadas en la ayuda al prójimo. Son esas conversaciones que ahora echo de menos…esas charlas profundas y de verdad mirando el horizonte de África. Ahí es donde empecé a entender que, es olvidándose de uno mismo donde le encontramos ÉL. Él que se despojó de todo para dárselo a los pobres, a nosotros.

“El más pobre era yo”

Entendí que la mano que estaba echando con los niños y mujeres de ese país, era una simple gota en un océano de sufrimiento. Comprendí que Dios me quería allí para que le “ayudase” a realizar su Voluntad. Y poco a poco fueron esos “pobres” los que me hicieron caer en la cuenta de que el más pobre era yo y que eran ellos los que me ayudaban a mí.

Poco a poco trascurren los días y los pequeños detalles son los que te aportan la alegría y felicidad. Hasta los olores te trasmiten sensaciones (en Madrid no hueles, todo pasa rápido y solo buscas el fin de semana para que ocurran cosas “grandes” que te evadan de ese vacío interior del que tanto huyes). Todo va cambiando, ya no hay grandes cosas. Solo pequeñas miradas, alguna sonrisa, paisajes que te sorprenden… Lo cotidiano empieza a hacerte feliz. Dios ya estaba entre nosotros, le habíamos dejado entrar (o al menos lo estábamos intentando). Los pequeños gestos son más importantes que los grandes. Lo cotidiano es lo único que tenemos. Y es en lo cotidiano donde tenemos que aprender a verle.

Las canciones, los bailes, el conocerles poco a poco… Yo ya no era nada pero lo era todo. Empecé a sentir una sensación de plenitud en la oración y en la Eucaristía que no había sentido nunca. Empecé a pensar que irse a África es una manera de conectar con nuestro “yo”, con Él, pero que es en nuestra vida ordinaria donde debemos cuidar esa relación.

Me puso las pilas con la carga necesaria para comprender que mi voluntariado no es en África. El voluntariado lo hicieron conmigo, ahora es donde empieza todo.

Evangelizar en medio del desierto, pero no de Etiopía, sino de Madrid. Comenzar a abandonarme… Pero no en medio de la nada encima de un árbol teniendo el horizonte a mis pies, sino en la universidad. Mi día a día, es ahí donde empieza ese voluntariado que tanto necesitaba en mi vida.

Me fui, desconecté y reenganché, pero ahora es cuando empieza todo.

Llevemos África a Madrid. Aprendamos a sufrir y sobretodo ¡Empecemos a sufrir la carga de la Cruz con Esperanza!

Él nos necesita y nos necesita VACIOS. Dejemos de hablar y empecemos a escuchar, escuchar en los pequeños detalles que nos regala cada día… Un olor, una flor, una persona, una mirada o nuestra propia Cruz. Siendo siempre conscientes de que los demás tienen también cruces que muchas veces no pueden cargar solos. Esa es nuestra mayor Cruz.

En este mes Él me ha enseñado en la escucha del silencio, la paciencia y el hambre, que nuestra cruz muchas veces es la de cargar con la cruz que tienen los demás.

África me ha enseñado una cosa y yo quiero traerla a esta vida, a la nuestra: “Tú vida tiene que ser un combate para llegar a Él. Una peregrinación continua. Una búsqueda incesable para su eterna satisfacción”.

Todo comienza ahora y no acaba nunca.

???????????????????????????????

[top]

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>